El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Sumidos en este vértigo de la desesperación institucional que provoca ver un desfile de presidentes de la Nación en pocos días, muchos rumores, aunque ninguna voz, dijeron que esta vez hay que dejar atrás la convertibilidad, ese corsé rígido que no nos deja crecer. Pero sucede que el país está absolutamente dolarizado, no sólo en las contabilidades de empresas, estados y familias sino, lo que es más determinante, en la mente de cada uno de los argentinos que trabaja y planifica sus actividades económicas. Contra esa realidad no hay flotación, pesificación, pataconización ni argentinización que valga. Cualquier experimento terminará en una dolarización de facto. La diferencia estará en los costos que haya que pagar en el ínterin.
Hay que salir de la convertibilidad. Pero, ¿por qué? Por falta de competitividad. Pero, ¿alguien puede sostener que el principal problema de la Argentina radica en su falta de competitividad comercial cuando sus exportaciones crecen a un ritmo de 8% real anual y marcarán este año un récord histórico cercano a los u$s 27.000 millones, que no será muy superior porque los precios internacionales de nuestros productos están cayendo 4%? ¿O cuando nos encaminamos a un superávit comercial también histórico de alrededor de u$s 6.000 millones, más de 2% del PBI?
Habrá que decirlo con franqueza: agotado el financiamiento público voluntario comenzó la expropiación de todo lo fácilmente expropiable. Primero fueron los depósitos de los ahorristas y ahora serán las reservas del Banco Central. Es por eso y por ninguna otra cosa que se abandona la convertibilidad que tantas satisfacciones nos trajo a millones de argentinos en términos de previsibilidad y capacidad de ahorro. Tampoco es cierto que no se pueda rehabilitarla, aprovechando una parte muy menor de los recursos que deja el default para regresar al BCRA y esterilizar los pesos que utilizó el Tesoro indebidamente, volviendo a recomponer un respaldo del orden de 90%, suficiente para quebrar expectativas devaluatorias.
La sociedad difícilmente pueda creer que la salida de la convertibilidad la beneficiará. La vuelta a las remarcaciones de precios, de todos ellos, no sólo de los importados, ya ha despertado más de una memoria dormida. Estamos otra vez en el país de antaño, con las mismas consignas y con la misma falta de capacidad directiva y de respeto por las reglas de juego. Vuelven a ser los burócratas los que deciden cuánto habrá de pagar cada cual en este reparto de miserias. Vuelven esas imágenes que permitieron -con cierta justicia- acuñar posteriormente la frase «Argentina del Primer Mundo», por simple contraste con esto que retorna: la intromisión del Estado en nuestras vidas.
Dejá tu comentario