Que el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, pueda perder el plebiscito del próximo domingo sobre su continuidad no sólo sería una sorpresa política. Sería una hazaña de la oposición. Con el barril de petróleo a 45 dólares, en principio, no se podría vencer en un acto electoral ni a Chávez ni a ningún populismo. Calcúlese que hace 4 años, cuando el presidente venezolano comenzó su actual mandato, el barril de crudo estaba a 17 dólares. La escalada actual es una falla estratégica de Estados Unidos, que desprecia a Chávez y podría haber influido en la OPEP para evitarla. Un triunfo de éste aliviará la economía de Cuba y agudizará su falta de libertad; además, alentará nacionalismos y populismos en Latinoamérica. Si este proceso no hubiera coincidido con la campaña para la elección presidencial el 2 de noviembre en Estados Unidos, se podría haber prevenido la situación en Venezuela. Ahora ya es tarde. ¿De qué le sirve a EE.UU. haber limitado a 100 dólares mensuales y únicamente a parientes cercanos las remesas desde Miami hacia Cuba si al comprarle 15% del crudo que consume a Chávez subsidia los envíos de éste al castrismo?
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Cuando son gobierno, los populismos -de izquierda, derecha o nacionalistas-, si son beneficiados por alguna sorpresiva riqueza, ganan elecciones, hasta en forma democrática. Donde hay pobreza todo reparto genera incondicionalidad. Pero esa forma populista de gobernar no es capaz de generar futuro a las naciones. Al contrario, agudizará dolores cuando cese la circunstancial abundancia sin haberla aprovechado para mejorar la base económica y hacer que la riqueza se reproduzca. No la aprovechan para bajar impuestos y alentar así a invertir, ni para favorecer con crédito la ampliación de empresas y tentar la radicación de otras. Simplemente usan el temporal cuerno de la abundancia para repartir, crear efímeras ilusiones de bienestar sin asegurar el futuro, subsidiar todo, inclusive la desocupación, pero no crear nuevas fuentes de trabajo que no sean en la forma más simple, como lo es forzar obra pública. Hasta suelen usarlo en estatizar, algo que es peor.
El alto ingreso que le significó a Chávez en esta época preplebiscito el empinamiento del precio del petróleo -a raíz de la crisis de Irak y del conflicto en Rusia con empresas petroleras apropiadas por la mafia-no fue usado para hacer una Venezuela futura más sólida. Destinó, por caso, 3.200 millones de dólares al reparto entre pobres temporariamente felices. Es una cifra enorme para un país de 25 millones de habitantes. Venezuela sigue con más de 70% de la población en la extrema pobreza. Tiene, además, un serio problema fiscal, dado que el gasto público creció 97% en un año, representando ya un tercio del PBI. Y la economía se retrajo 8,9% en 2002 y 9,4% en 2003, repuntando recién este año gracias al boom del precio del crudo.
•Tradición
El reparto sin futuro de Chávez no es nuevo sino que se incrusta en la tradición populista latinoamericana. Juan Perón recibió en 1946, finalizada la Segunda Guerra Mundial, una Argentina que había alimentado a Europa durante 6 años de conflicto bélico con «los pasillos del Banco Central donde no se puede caminar de tanto oro acumulado». Hizo un reparto apresurado. Creó una industria liviana sin la base, primero, de una industria pesada. Compró ferrocarriles obsoletos, compró los tanques y jeeps de la guerra concluida, nacionalizó los vetustos teléfonos. Efectuó tal despilfarro de esa riqueza en divisas acumuladas que en 1950 tuvo que mandar a pedir el primer préstamo argentino al Eximbank. En 1952, también para zafar del ahogo en divisas, exportó casi todo el trigo e hizo comer pan de centeno a los argentinos.
La Argentina, desde los dos últimos años de Carlos Menem, o sea desde 1997, viene repartiendo riqueza. No alcanzaba y por ello el país estalló en diciembre de 2001. Desde entonces, un momento de mejora dado desde el sector externo alentó nuevos repartos populistas, de derecha con Eduardo Duhalde y de izquierda con Néstor Kirchner. Pero seguimos teniendo, es lógico, un alto nivel de pobreza, 47%, que con Menem y su apoyo a la libre empresa, cuando se fue, estaba en 25,9%. Aparte, repartimos mucho, pero seguimos con casi 20% de desocupación.
•Inflación
Eso sí, tenemos precios máximos para taponar la inflación real, miles de millones en subsidios -desde planes asistenciales hasta costos de transporte, de ferrocarriles, de peaje, y de colegios privados desde ayer-. También nos dimos el gusto de pelearnos con el Fondo Monetario Internacional enhorquetados en ese excepcional precio internacional de la soja, que se derrumbaba y ayer repuntó. Pero el problema es que se frenó económicamente China y su demanda.
Tenemos mejor pasar que en la crisis pasada, pero no un futuro consolidado. No hay inversiones, no hay renovación adecuada de bienes de capital, funcionan las industrias menos competitivas basadas en protección arancelaria alta.
Aplicamos retenciones a todo para no afrontar reducir el gasto público. Se nos están yendo (a Brasil) hasta las mejores y más auténticas fábricas de un país esencialmente agrícolaganadero: las de maquinaria para el campo. Es la última triste novedad. Aquí las agobian de impuestos, no les dan crédito.
Pero hay todavía suficiente dinero en la Argentina como para ganar cualquier elección con populismo, aun cuando haya caído la imagen del gobierno y de sus adláteres, como el duhaldismo o el alfonsinismo. Ganarlas sobre todo si no fueran lejanas, porque los próximos meses son de grave acechanza y lo es todo 2005 en obligaciones de pagos.
El populismo repartidor de Chávez, entonces, también puede ganar el domingo. La rareza estará en eso, en que no gane con tremendo gasto forzado en un espejismo de bienestar, sin soluciones de fondo. Con éstas los países suben escalones sólidos. Lo otro es un salto para cabecear.
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