La frase de molde diría: «Una rueda para el olvido». Aunque deberá ser recordada por los indeseados mentores, de una fecha como la mostrada en nuestro recinto.
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Partiendo de un contexto internacional con muy marcados altibajos y pasajes cambiantes, al compás de cada vez más complicaciones en la economía rectora, el Dow Jones conseguía un magro saldo de 0,85 por ciento en baja (que pudo ser peor) y con el Bovespa pudiendo dar vuelta lo suyo, hasta culminar en nivel de 0,84 por ciento, positivo. Por allí había amanecido el mercado chino, con impactante desplome de 3,5 por ciento y demostrando que nada está funcionando bien en la actualidad de los mercados. Al Merval no le quedaba otra posibilidad que recoger las velas, rogar por un mar medianamente sereno y tratar de saltar por encima de una jornada nacional que acentuaba el principio de una gran incertidumbre: por cómo seguirá una historia, que está mellando hasta a los espíritus más optimistas. Lo primero que emerge de una rueda tan reducida en sus alcances es que existió el principio «vendedor». Y que, a pesar de un volumen que se contrajo todo lo que pudo, debió dejar la huella bajista en los precios. Un mínimo del índice que se hizo en 1.869, máximo de 1.922 y cierre de debilidad, con 1.878 y 2,24 por ciento de caída.
El mercado se movió apenas con $ 42 millones de efectivo y haciendo un reflejo bien negativo, en lo bursátil, de lo que se podía ver en la Ciudad. Diferencias contundentes, con solamente 24 alzas por 77 papeles con mermas, mostraron la hora de color, curiosa: con tan escasos negocios, llegar a poder abrir 112 plazas distintas. Puede verse la rueda de ayer como se desee, pero no debe quedar «para el olvido», por aquello que le dio origen y la condenó a tanta mediocridad. Y la Bolsa, absorta.
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