Valentía cara
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Reservas: el déficit de servicios cayó más de 20% en febrero y da alivio al frente externo
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Demanda de pesos en niveles preocupantes: en marzo marcó mínimos desde la salida de la convertibilidad
Néstor Kirchner
Uno se pone del otro lado y piensa: ¿qué sería de este gobierno en los dos siguientes años de mandato, poselección de octubre, si no saliera bien plebiscitado en octubre con tantos odios que sembró, con tantos enemigos que acumuló la iracundia presidencial, con tantos gobernadores que lo siguen por necesidad financiera, pero apretándose la nariz con el pulgar y con el índice? Porque convengamos que, sin uso de dineros públicos y conveniente reparto con compromiso atado, ni Kirchner y menos Eduardo Duhalde ganarían elecciones por carisma, que no poseen. Ni por sus ideas de desarrollo económico y social expuestas en obras que nunca escribieron. No pueden por adhesión espontánea hacer «una plaza» nutrida en gente, como Juan Carlos Blumberg, por ejemplo. Activistas pagos y piqueteros endulzados pueden hacerle una encerrona a una estación de Shell, pero no mucho más. El bonaerense sin fondos públicos para repartir apenas rodearía de gente la estatua de San Martín de una plaza.
Vivimos en la estabilidad económica sustentada en el rebote, previsible tras una crisis económica de fondo, y en la coyuntura de afuera. Pero no está asegurada la prosperidad de la Argentina encaminada. No hay futuro cuando un país expone un dato como el reciente de recaudación: el tercer ingreso para los gastos excesivos y subsidios del Estado es por los altos impuestos a las importaciones -aportan más para las arcas fiscales que las retenciones al agro y petróleo- porque eso desactualiza el equipamiento industrial y encarece la producción, sumándose a los factores inflacionarios.
Recordemos aquella sorprendente frase en «Página/12» de un hombre gravitante hoy en la Casa Rosada y en ministerios, como Horacio Verbitsky. «Este gobierno -dijo- llegó al poder por casualidad.» Fue así, pero, ya en el poder, no hubo la suficiente visión ni la audacia, como tuvo Lula da Silva en Brasil y tiene desde hace años la coalición social-cristiana en Chile, de entender que el manejo racional de la economía, la planificación de crecimiento a futuro, la fuerza de la iniciativa privada no son propiedad de la derecha sino un postulado de la lógica comparativa tras la caída del Muro de Berlín. Es bienvenida en la Argentina la alternancia democrática de centroizquierda y centroderecha en el poder, terminando con los retrógrados populismos clientelistas de décadas, pero si la primera es racional, comparable a las del resto del mundo.
Pensemos que en la Argentina la democracia chancletea, pero es definitiva. El presidente se renueva en 2007. Basta de alfonsinismo y chachismo Alvarez renunciantes.
Planteada esta necesidad política frente a la economía acosada por vencimientos costosos de deuda, el panorama que hoy se avizora sería éste: sí o sí, por su enfoque tan particular del manejo de la economía y de la política, el gobierno no puede hacer ajustes antes -por ejemplo, de gasto público o cortar subsidios- de la elección de octubre. No cree tener soga de popularidad como para arriesgar asemejarse al audaz Lula, aunque no hacerlo le asegure el escaso progresismo y el resto tiene que venirle beneficiando con los grifos estatales abiertos. Posiblemente, entonces, la reapertura del canje a bonistas que quedaron afuera se hará poscomicios. El gobierno parece creer que la Argentina quiere a la izquierda mayoritariamente. Por eso, no va al sepelio del Papa y recibe a Hebe de Bonafini. Rodrigo de Rato y el Fondo aprovecharán el apremio político del kirchnerismo para achicar exposición con la Argentina. El país, inevitablemente, se endeudará para pagar; no tiene otra, pero así hará vivir más o menos dulce a los argentinos hasta el 24 de octubre (día poscomicios del 23), aunque el año 2006 será de contracción para llegar -en esta visión especial de Néstor Kirchner y su entorno- a poder aflojar de nuevo en vísperas de la renovación presidencial de 2007.
Debe ser así porque tener los grifos abiertos tres años seguidos técnicamente es imposible, salvo que arriesgáramos otro estallido como el de diciembre de 2001. Habrá un proselitismo oficial sustentado en dinero público o desde sectores necesitados de resoluciones públicas. Se hizo en Santiago del Estero y no funcionó, que es la esperanza del centroderecha y de la población moderada, en general. Pero las chances hoy favorecen al gobierno, porque la oposición es pálida y no asimiló que la crítica a un gobierno con plata y dispuesto a endeudarse no puede ser frontal sino explicando cómo se pueden hacer las cosas con menos vaivenes y más futuro.
Hoy aparece seguro que el gobierno se esforzará al máximo por combatir la inflación -así tenga que imponer precios hasta octubre-, porque todo el reparto oficial en proyecto pierde efecto si se reduce más el salario o si se llega a los comicios con tensión y conflictos sociales. Para el ciudadano común, se presentan seis meses pasables. Luego...



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