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4,30: el número mágico de la “Venezuela saudita”
Durante más de 20 años, Venezuela disfrutó, apoyada en su petróleo, de un tipo de cambio fijo entre el bolívar, la moneda local, y el dólar. Ese tipo de cambio era de 4,30 bolívares por dólar. Pero la fiesta no podía durar para siempre. Acosado por la inflación, la fuga de divisas y una recesión mundial, el presidente Luis Herrera Campins anunció el 18 de febrero de 1983 que devaluaba el bolívar y establecía tres tipos de cambio con el dólar: dos preferenciales -para deudas e importaciones esenciales- y uno libre. A partir de entonces, ese día se recuerda como el «viernes negro» y marca el inicio de una crisis que el país no ha logrado superar. De hecho, un año después del primer ajuste, Herrera Campins ya había devaluado hasta 14,30 bolívares por dólar, un 237,21%.
Herramienta política
El tipo de cambio dual generó todo tipo de corruptelas, especialmente bajo el Gobierno de Jaime Lusinchi, que creó un organismo -RECADI- que se encargaba de distribuir las divisas. El método más simple de hacerse rico era conseguir que RECADI te asignara dólares preferenciales y convertirlos en dólares libres, que costaban varias veces más.
El control del tipo de cambio en Venezuela ha sido una herramienta de dominación política y económica desde 1945. El sistema ha permitido distribuir el ingreso nacional de una manera pasmosa, concentrando una enorme riqueza en pocas manos. Las devaluaciones, además, han sido la medida de la incompetencia económica de los líderes del país, puesto que generaban ingresos ficticios para equilibrar las mal gestionadas cuentas públicas. Lusinchi terminó devaluando un 132% durante su quinquenio. Carlos Andrés Pérez, un 133,98%; Rafael Caldera (en su segundo mandato), un 268%. Y Hugo Chávez, que ya lleva la friolera de once años en el poder, ha devaluado la moneda un 609,92% si incluimos el ajuste del viernes.
Viernes negro
Chávez y Alí Rodríguez, titular de Economía y Finanzas, aseguran que a diferencia de las devaluaciones del pasado, la suya no tiene motivos fiscales. Una explicación que nadie cree. De un saque, en un año electoral que se afrontaba con una reducción de los ingresos por la caída del petróleo, la contribución de la principal fuente de divisas se duplicará en términos de la moneda local. Con ese dinero Chávez podrá pagar a los trabajadores y proveedores del Estado los 10.000 millones de dólares que les adeuda. También los 5.000 millones de dólares que la Comisión de Administración de Divisas (CADIVI, la heredera de la RECADI) no ha distribuido entre las multinacionales y los exportadores. Y los subsidios a sectores en extrema pobreza, que no lo reciben desde hace ocho meses.
El precio que tendrá que pagar Venezuela nos retrotrae al fatídico «viernes negro» de 1983: una inflación galopante y un desequilibrio fiscal que lastra su capacidad productiva. Ya en 2009, la inflación fue de un 25%. Y con una devaluación del 100%, el efecto no será «de tres o cuatro décimas», como asegura el ministro Rodríguez. A nadie se le escapa, además, que a mitad de camino entre la burla y el exorcismo, Chávez ha querido invocar el número de los buenos tiempos: 4,30.
Todo me hace recordar lo que una vez me dijo un buen amigo caraqueño: «Si Franz Kafka hubiera sido venezolano, habría sido un simple escritor costumbrista».


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