A las andanzas de Goldman les seguirán otros

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Dos herencias pesan sobre la espalda de los bancos. Se sabe del lastre de los activos tóxicos, pero también tallan los pasivos venenosos. La buena noticia es que, por fin, cede la fiebre de los activos en problemas. Los balances de JPMorgan, Bank of America y GE Capital y los informes de las compañías emisoras de tarjetas de crédito abonan la tesis de una mejoría. Pese a ello, sobrevino el baldazo de agua fría. La Comisión de Valores de los EE.UU. (SEC) se presentó ante la Justicia para querellar a Goldman Sachs -y a un joven vicepresidente del banco, aunque no a sus superiores- por fraude en la venta de productos estructurados. Sólo la merma en la cotización de Goldman -12,8% el viernes- hundió más de diez mil millones de dólares el valor de mercado de la firma. Setecientas veces la comisión que embolsó por la operación. Diez veces más que el daño que sufrieron los perjudicados directos. ¿Exageración? ¿Paranoia? ¿O cola de paja?

Todas las acciones bancarias (-3,5%) sufrieron el sacudón. ¿Quién puede afirmar que no bebió de aguas turbulentas?

El eje de la controversia se llama Abacus 2007-AC1. Es una obligación -un CDO sintético- atada al comportamiento de activos hipotecarios residenciales (RMBS), de mala calidad, pero, a la sazón, evaluados como «BBB». Goldman lo construyó y comercializó entre sus clientes a instancias de un hedge fund -Paulson & Co.- que, con la visión preclara de que el mundo subprime se derretiría, necesitaba contrapartes que ocuparan el otro lado de una apuesta agresiva a la baja. El CDO era el vehículo ideal y Paulson participó en la selección de los instrumentos de la cartera de referencia -un aspecto clave ya que cuanto peores, mejor para su estrategia-, aunque el administrador formal del CDO era la firma ACA Management. Para lucrar con el deterioro esperado, Paulson le compró a Goldman abundante cobertura por incumplimiento sobre los créditos específicos que había elegido, vía credit default swaps (CDS). La transacción se cerró en abril de 2007. El ojo clínico de John Paulson (sin conexión con el ex secretario del Tesoro) se probó certero. A fines de enero de 2008, la calificación del 99% de los RMBS de la cartera subyacente ya había sido rebajada. Paulson ganó mil millones de dólares; los inversores de Abacus perdieron algo más. El hedge fund le pagó a Goldman 15 millones de dólares por sus esfuerzos. La SEC acusa a Goldman de omitir toda referencia al rol que jugó Paulson y de falsear información vital para los inversores. ACA, el administrador que aceptó las sugerencias de Paulson, habría sido inducido a creer que el hedge fund era un inversor (y lo era, ya que tomó el equity del CDO y absorbió el primer tramo de los quebrantos), ignorando que su posición neta era antagónica al buen desempeño de los créditos. Goldman Sachs rechazó las imputaciones (alega que perdió 90 millones de dólares). No se presentaron cargos contra Paulson.

En definitiva, según la SEC, con las armas del siglo XXI se cometió un delito del medioevo. La falta de transparencia encubrió el engaño y el conflicto de intereses. Por fortuna, no hubo aquí abuso de menores. Las víctimas no son ni viudas ni huérfanos. El banco holandés ABN AMRO (adquirido luego por RBS) perdió 840 millones de dólares. El banco alemán IKB (uno de los primeros que hubo que rescatar) evaporó otros 150 millones. Ambos podrán accionar contra Goldman para resarcirse, pero como inversores calificados no les será fácil alegar la incapacidad para evaluar, por sus propios medios, los méritos de la transacción.

Bear Stearns. Lehman Brothers. ¿Habrá un efecto Goldman? La respuesta rápida es no. Pero se entienden la exageración, la paranoia y la cola de paja. Quien repase algunas de las 2.200 páginas del informe Valukas que examina la caída de Lehman, encontrará toneladas de material potencialmente judiciable. Lo que Valukas llama «colorable claims». Se dice allí, por ejemplo, que Citi y JPMorgan contribuyeron al colapso del banco, pero no se afirma (ni se niega) que hayan violado la ley. Esa franja gris que creó la crisis hace del sistema financiero un rico yacimiento de contenciosos. Viene pues a cuento la distinción -usual en la minería- entre reservas probadas y probables. No son lo mismo (tampoco son independientes). Casi a cielo abierto, se pueden identificar situaciones de conflicto de interés y opacidad de información. Si la SEC detectó una veta (que deberá probar), basta con rastrear agendas para saber adónde llega. En el libro sobre John Paulson de Gregory Zuckerman se relatan sus negociaciones con otros bancos como Deutsche Bank o Bear Stearns para lanzar CDO (Bear Stearns rechazó el convite). Si se escarba, aquí y allá, se encontrará material sensible. Nadie piense que este caso será el último pleito ante la Justicia. De hecho, es el primero de una flamante división de la SEC que hurga en los vericuetos de los productos estructurados y de innovación. Se sabe que no hay crisis financiera sin una estela de litigios.

A los paranoicos, a veces, alguien los persigue. Goldman ve que las balas le pican cerca en demasiados frentes a la vez. La SEC arrima evidencia escandalosa que la opinión pública no precisa: ya está convencida de antemano de la perversidad del sistema. La política se suma cuando Larry Summers, la cabeza del Consejo Económico Nacional que asesora al presidente Obama, agita la reforma financiera -a la par de la decisión de la SEC- y presagia su veloz aprobación en el Congreso (quizás en junio). El mismo viernes, Obama avisa que vetará toda reforma que no regule a los derivados. El rally de los bancos tropezó, pero debe continuar, con o sin Goldman. Son los negocios de la banca los que encontrarán freno en un corsé de controles. Es inevitable después de la crisis. Es más fácil cuando se ventilan estas cabronadas.

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