Raúl de la Torre indagó pioneramente en la crisis de la clase media y media alta de fines de los 60. El olvido al que fue relegado en los últimos años fue por completo injusto.
El pasado viernes por la mañana murió a los 72 años en Zárate, su ciudad natal, el cineasta Raúl de la Torre, cuya carrera estuvo estrechamente unida durante sus años de mayor esplendor a Garciela Borges. De la Torre la dirigió en «Crónica de una señora» (1971), «Heroína» (1972, sobre la historia psicoanalítica de Emilio Rodrigué), «La revolución» (1973), «Sola» (1976), «El infierno tan temido» (1980, sobre Juan Carlos Onetti), «Pubis angelical» (1982, sobre la novela de Manuel Puig entonces todavía prohibida en la Argentina), «Pobre mariposa» (1986) y «Funes, un gran amor» (1993). Su cine de indagación en la clase media alta urbana, dominada por la cultura psicoanalítica y la crisis del modelo familiar tradicional, fue indudablemente rupturista. De la Torre, sobre todo en su obra de los 70 -anticipada por «Juan Lamaglia y señora» con Pepe Soriano-, influyó en el cine de varios discípulos, confesos o no. Sus inicios fueron vanguardistas (codirector de «The Players vs. ángeles caídos» de Alberto Fischerman) aunque más tarde se apartó de allí para llegar, mediante un lenguaje más llano, a públicos más vastos. Algunos no se lo perdonaron. Cuando volvió a intentar ciertos experimentos («Peperina», con Andrea del Boca, o la fallida película sin palabras «El color escondido», con Carola Reyna) los resultados fueron poco recordables. Sin embargo, más allá de estas máculas, su lugar en la historia del cine argentino moderno es insoslayable, pese al injusto olvido al que fue relegado en estos tiempos de consagraciones tan rápidas y perecederas.
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