Admirable relato vestido de historia sentimental

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William Trevor, «Verano y amor» (Barcelona, Salamandra, 2011, 224 págs.) 

Aparenta ser una historia sentimental típica, pero en la pluma de Willliam Trevor, el escritor irlandés constantemente postulado al Premio Nobel, la historia de amor pasa a ser una chejoviana visión de relaciones que ocultan en sus engañosa displicencia, en su constante contención, una amortiguada intensidad apenas dicha. Una remanida historia de amor le permite a Trevor alcanzar aquel desafío plateado por Vladimir Nabokov de poner en acción un pueblo contando la intimidad de las personas, deteniéndose en detalles en hechos triviales. Si en algún momento el contenido recuerda a la novela «Los puentes de Madison» de Robert James Waller, el estilo, la estrategia de contar pequeños hechos cotidianos como si fueran vitales, y cierta malicia moral final, hacen que esta versión de un viejo romance mítico resulte incomparable.

Todo ocurre en Rathymoye, uno de esos «pueblo chico infierno grande», aunque el infierno ses apenas un amago del correr los chismes entre amas de casa, campesinos, pequeños comerciantes, grandes y chicos. Allí vive el granjero Dillan, un buen tipo al que se le murió la esposa y el hijo en un accidente del que se siente culpable, y que luego se casó con Ellie, una huérfana que le mandaron las monjas para que lo ayudara en su casa. Y todo es apacible hasta que aparece el veinteañero Florian Kilkerry, un fotógrafo aficionado, hijo de una pareja de artistas plásticos que vivieron allí, y que ahora viene a vender la casa de sus padres, ya muertos, para como enseñara James Joyce «ya que no podemos cambiar de conversación, cambiemos de país», y poder irse lo más lejos posible. Cuando Ellie y Florian se cruzan se produce el flechazo irremediable, y donde «nunca ocurre nada» empiezan a pasar cosas, en realidad meras conjeturas, sospechas, insinuaciones. Y Trevor se dedica pacientemente a desarticular a través del estilo un cliché narrativo (ese que instala como un guiño desde el título), a hacer protagonista la tensa atmósfera que provoca el triángulo sentimental, sin dejar de hacer apasionante como una película los quince capítulos finales.

A los 80 años William Trevor parte de una estructura clásica, casi como un ejercicio de estilo, para establecer una vez más que los modelos, apenas renovándolos, permiten construir obras admirables.

M.S.

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