12 de octubre 2012 - 12:51

ADOLESCENTES: Cuando la ambigüedad atrae

Hijos de otra época, los adolescentes navegan cada vez más en la diversidad sexual. No todo es un lecho de rosas ni todo está permitido, pero en algunos sectores, los vaivenes en cuanto a opciones sexuales, lejos de restar, suman diversión y seducción.

ADOLESCENTES: Cuando la ambigüedad atrae
Agustina, de 18 y estudiante en un colegio de Recoleta, explica con suma espontaneidad. "Desde hace unos años comparto salidas con un par de amigos gays y son lo más. Siempre hacemos 'previas' escuchando a Rihanna, Lady Gaga y bailando en el 'depto'. Nos prestamos desodorantes y perfumes para joder".

Mientras juguetea con uno de los collares que tomó prestado de uno de sus amigos, Agustina destaca con picardía: "Para nosotros es como un juego, aunque sabemos que hay pibes y pibas a los que les copa ver eso en los boliches. Si se da y, de paso, levantamos, mejor todavía".

Sensaciones parecidas atraviesan a Santiago, de 17 y alumno de un instituto en Palermo. Para este amante empedernido de Lady Gaga, sus salidas con amigos y amigas desde temprana edad le facilitaron su vida sexual. "Empecé chapando con chicas, por inercia, pero después me di cuenta de que también me calentaban los chicos. Para mí la posta es 'comerte' lo que te surja en ese momento". Consultado sobre las tácticas que más le redituaron para levantar, revela: "Depende del lugar donde vayamos a bailar. A veces exagerar un poco lo femenino rinde y a veces, no".

La sanción de leyes como la de Matrimonio Igualitario y la de Identidad de Género no sólo contribuyeron a mejorar la vida de las minorías sexuales, sino también generaron un clic en la sociedad. Concretamente, en el caso de los adolescentes, los empujó a repensar ciertas conductas discriminatorias, que no muchos años atrás eran avaladas por ellos mismos y que comenzaron a ser cada vez peor vistas. "Casi que no usamos la palabra 'puto'. En el colegio nos hablan mucho sobre aceptar al otro tal cual es y sobre no agredirnos con cosas íntimas", afirma Catalina, de 17 años y estudiante en una escuela evangélica en Ituzaingó, dando cuenta de que el cambio también viene de arriba. Más aún, señala que entre los mismos compañeros suelen reprocharse cuando hacen algún comentario malicioso. "Está muy mal visto juzgar y criticar a alguno por estar con alguien del mismo sexo. ¿Qué te importa a vos con quién se relaciona el otro?", apunta.

Experiencias por el estilo atraviesan territorios y barrios. Ignacio, de 16 y alumno de una escuela pública en Castelar, aporta matices. "Entre nosotros es común llamarnos 'puto'. Pero no lo decimos pensando en el significado de la palabra o agresivamente, sino como algo natural, como 'boludo'", aclara.

De todos modos, reconoce que entre los varones se dificulta hablar sobre homosexualidad: "Es raro que un compañero venga a hablarme del tema. Discriminar no lo discriminaría, pero me llamaría la atención porque no es común". En sintonía, Juan, de 17 y estudiante de un instituto católico en Morón, también nota más reticencia en los varones y más tolerancia en las mujeres a la hora de vivir la sexualidad. "Cuando salimos a bailar ellas suelen darse un beso como un gesto de cariño o a modo de juego. En cambio, nosotros ni a palos nos besaríamos. A lo sumo nos abrazamos o bailamos entre nosotros", grafica, con precisión, una escena predominante en los boliches.

mundo impensado

Si retrocedemos unos diez años, el testimonio de estos adolescentes habría resultado aislado, poco representativo del modo de pensar dominante. Hoy ese discurso está más instalado, puntualmente en un amplio grupo de jóvenes, hijos de una época en la que la discriminación es castigada con mayor severidad tanto por el Estado como por, incluso, los medios de comunicación. En el momento de explorar los motivos de este giro, Pablo Aguirre, médico especialista en sexualidad integral y docente en escuelas del conurbano bonaerense, arguye que la presencia más fuerte del Estado fue clave sobre todo tras la sanción de las leyes. "Vivimos una etapa en la que el marco de los derechos sexuales y reproductivos es muy amplio. Si uno se retrotrae diez años, no existía prácticamente nada."

Estos chicos crecieron escuchando otro lenguaje, mucho más proclive a la reivindicación y a la defensa de los derechos. Vieron cómo la gente se apropió de ellos y reclamó lo que le correspondía, echando luz sobre temas que antes se asociaban al tabú o al oscurantismo", amplía Aguirre. E ilustra con un ejemplo este nuevo escenario. "Hace cinco años participé en un taller con adolescentes en Moreno sobre diversidad sexual, en el que escuchaba discursos fuertemente homofóbicos, que vinculaban la homosexualidad con enfermedad. Indagaba a esos chicos para desmentirlos, se generaban debates entre ellos, pero eran muy pocos los que se animaban a participar. Ahora, cada vez que intervengo en este tipo de charlas se multiplican las voces a favor de las libertades sexuales", ejemplifica el docente.

No obstante, este nuevo vínculo entre sexualidad y Estado no se manifiesta de la misma manera en toda la Argentina. Provincias como Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba, por citar sólo algunas, están en la vanguardia en derechos sexuales si se las compara con otras, mucho más atrasadas, como Salta, Jujuy y Tucumán. "En los lugares más pequeños hay códigos más rígidos, difíciles de romper. No sólo en violencia por orientación sexual, sino también por cuestiones de género, vinculadas a cuestiones más patriarcales. Ahí es más cuesta arriba poner en ejecución los derechos. La gran diferencia respecto de otra época es que ahora existe una ley nacional que ampara a quienes se sienten vulnerados y el Estado no puede hacerse el distraído", aclara Aguirre.

Escuchar a jóvenes y adolescentes ahorra explicaciones acerca de lo permitido y lo mal visto. Acaso sin darse cuenta, por que crecieron en una época distinta, las nuevas generaciones han llevado a sus discursos un viejo axioma ideado por el escritor argentino Manuel Puig: "Existen personas que practican actos sexuales con sujetos de su mismo sexo, pero este hecho no debería definirlas porque carece de significado. Lo que es trascendente, y moralmente significativo, en cambio, es la actividad afectiva".

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