Cuatro
actrices
rebosantes de
encanto
animan «Las
chicas de la
lencería»,
simpática
comedia suiza
cuya trama no
será muy
verosímil, pero
tiene ingenio y
contagia
alegría.
«Las chicas de la lencería» (Die herbstzeitlosen, Suiza, 2006, habl. en suizo alemán y alemán). Dir. y Guión: B. Oberli. Int.: S. Glaser, A. Dueringer, H.M. Gloessner, M. Gubser, H. Muller-Drossaart, M. Niggeler, M. Liechti.
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Esta agradable película suiza evoca a otros «volver a vivir» cinematográficos. Sin ir muy lejos, los de las protagonistas de dos comedias inglesas: «El jardín de la alegría», donde una reciente viuda decide pagar las deudas que le legó el difunto cultivando marihuana, y «Chicas de calendario», donde un grupo de mujeres de su casa, ya grandes, escandalizan a su pequeña comunidad fotografiándose desnudas para un almanaque por razones humanitarias. Con ésta, la suiza comparte también la palabra «chicas» en su título local, aunque el original -más metafórico pero indudablemente difícil de traducir con propiedad-, es el nombre de una planta que florece en los Alpes sólo en otoño. De eso se trata «Las chicas de la lencería». En un cantón alemán de los Alpes suizos detenido en el tiempo, tras meses de agónica viudez, y ya que todo el mundo le dice que busque algo para «distraerse», Martha, 80 años, no trafica cannabis ni se desviste, pero decide volver a confeccionar lencería íntima femenina como en sus tiempos de soltera, aunque modernizándose, naturalmente. La audaz idea y su concreción en satenes, encajes y transparencias, no le gustan nada a su hijo párroco ni al reaccionario politiquito del pueblo, dos cerebros influyentes sobre el resto de la población (por más que se trate de dos hipócritas formidables).
Por otras razones -convicciones, estilo de vida y otros corsets que las moldearon durante más o menos ocho décadas- tampoco aprueban la ocurrencia dos de las tres mejores amigas de Martha: la sometida Hanni y la aristocrática Frieda. Pero fascina a Lisi, que es algo más joven que las otras, y también mucho más intrépida y liberal, desde que vivió un novelesco romance en « Arizona, América». Son todos estereotipos, claro, pero construidos y sostenidos gozosamente por cuatro actrices que rebosan encanto, empezando por Stephanie Glaser, una Martha adorable.
Como se comprenderá, y aún con el optimismo incondicional de Lisi. las cosas no le van a resultar fáciles a Martha. Para compensar la multiplicidadde obstáculos (entre ellos, la muerte más inesperada), su ejemplo surte efectos milagrosos no sólo en Hanni y en Frieda, y salvo una escena digna de Hollywood hacia el final, más ciertas declaraciones innecesarias, todo lo que pasa no será verosímil, pero tiene ingenio y contagia alegría.
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