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Apasionante cruce a Chile en cuatro ruedas
Eugenio Paz y Carolina Muscillo tienen mucho en común. Son pareja, ambos diseñadores industriales y comparten, entre otras pasiones, el amor por los viajes. En el mes de marzo cruzaron en auto a Chile. Aquí relatan la experiencia.
Eugenio y Carolina posan para la foto en un punto estratégico del viaje a Chile.
El primer cruce al país trasandino fue por el Paso Mamuil Malal que une Junín de los Andes con Pucón. Todo el camino cerca del Lanín sirve para acostumbrar la vista a los volcanes. Apenas a 170 km del paso llegamos a Villarrica, una villa turística para disfrutar todo el año, aunque logra su esplendor en los meses de otoño e invierno por estar cerca de pistas de esquí.
Como nuestro viaje fue en marzo, el alojamiento no fue una preocupación. En verano la oferta es generosa y el turismo no es tan avasallante. Se consigue hospedaje a precios accesibles y en lugares confortables.
UN PASEO POR VILLARRICA
Villarrica es una ciudad pequeña. Excursiones hay de todo y para todos. Los Ojos de Caburgua son un ejemplo. Se trata de un circuito corto, por el cual se accede hasta un lago rodeado de cascadas. También hay itinerarios más largos, como una caminata por la cima del volcán (activo) que lleva el nombre de la villa. Es un buen lugar para hacer base, ya que es más barato que Pucón.
Nuestro viaje siguió con rumbo al sur pasando por Panguipulli, rodeando su lago. Gracias al asesoramiento recibido en el centro de información turística pudimos conocer uno de los lugares más impactantes del viaje: El Desagüe, un apéndice donde desembocan varios lagos incluyendo el Lacar. Por rutas estrechas se llega a un hotel (Riñimapu) al que permiten la entrada para acceder a la costa del lago más transparente y calmo. Previa ronda de mates, nos llevamos una gran postal en la retina mientras continuamos el rumbo hasta la base del volcán Choshuenco. Tras una breve parada, seguimos hasta la reserva Huilo Huilo.
En Huilo Huilo uno se siente inmerso en un cuento. Árboles gigantes, saltos de agua altos, bajos, entre caminos oscuros por la gran cantidad de ramas. De pronto, y en medio de la nada misma, nos chocamos con el hotel Magic Mountain. Dos montañas construidas por el hombre, una de ellas invertida, en donde se puede alojar con todas las comodidades de un resort 5 estrellas.
Sin conocer nuestro destino final seguimos por camino de montaña hasta encontrar el lago Pirihueicu. Una salida inesperada que invita a cruzar en barcaza para llegar a San Martín de los Andes. Después de una noche en esa ciudad neuquina nos embarcamos al día siguiente en el mismo vehículo con destino a Valdivia.
Llegando a Valdivia uno ya se olvida de la Cordillera y prepara el ojo para el mar, que se encuentra muy cerca. Alojarse sigue siendo fácil, esta vez fue un dúplex construido en el patio delantero de una casa que nos sirvió de base para conocer el hermoso mercado municipal, donde se pueden comprar hasta erizos por precios que nos hacen sonreír.
Después de dos días en la costa Sur partimos hasta Santiago. Un tiro largo, pero que por la Autopista Nº 5 se hace de un tramo, largo pero uno. Santiago es una ciudad cosmopolita, para quien no conoce no es fácil moverse. Nos alojamos en la casa de unos amigos. Amanecimos temprano y recorrimos el barrio de Providencia, el hermano trasandino del porteño Puerto Madero, con altos edificios y buenos restoranes, aunque a diferencia de la capital argentina, en Santiago se puede disfrutar de la buena gastronomía a precios aceptables.
La visita de Santiago no excluyó lo que lleva a muchos argentinos a Chile: compras, sobre todo tecnología. Valores irrisorios y promociones a la orden del día. La parada en la capital fue corta, pero divertida, con amigos y brindando con pisco.
Seguimos viaje. Menos de dos horas de auto bastaron para llegar a Valparaíso. Allí, y gracias a datos de amigos, paramos en el centro antiguo, no sin antes transitar las calles empinadas con curvas que ponen a prueba los nervios del conductor y, en este caso, de la acompañante. De noche, Valpo (como le dicen ellos) tiene los mejores restoranes del tipo bistró o tradicionales. Al estar sobre el cerro, la vista siempre impacta: de noche, luces y reflejos sobre el mar; de día, incontables casas y, en el horizonte, la bellísima Viña del Mar.
EL REFUGIO DE NERUDA
Al día siguiente encaramos hasta La Sebastiana, el refugio de Neruda. Es una hermosa casa museo con una vista imponente.
En cuestión de minutos, 10 para ser exactos, se accede de Valparaíso a Viña, una ciudad más preparada para el turismo no tan melancólico y más playero. Costas de arena clara al igual que el agua, pero con una temperatura helada y rugidos furiosos de olas. Cuesta acostumbrarse.
Ese rugir del mar fue el último recuerdo que tenemos de Chile. Lamentablemente, a la mañana siguiente madrugamos, pero esta vez para cruzar la Cordillera por el Cristo Redentor. Es el trayecto más complicado para el manejo. Curvas cerradas, 3.200 m de altura. Aun así, la experiencia previa justifica la aventura. Más que pensar en llegar a la Argentina, en nuestras cabezas estaba ya instalada la idea de volver.


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