27 de agosto 2010 - 00:00

Apoteótica despedida de la orquesta de Barenboim

Bajo la dirección de Daniel Barenboim, su West Eastern Divan Orchestra, el Coro Estable de Colón y las solistas, entre los que se destacó la soprano Marina Poplavskaya, brindaron una «Novena» inolvidable.
Bajo la dirección de Daniel Barenboim, su West Eastern Divan Orchestra, el Coro Estable de Colón y las solistas, entre los que se destacó la soprano Marina Poplavskaya, brindaron una «Novena» inolvidable.
Tercer concierto del Abono Bicentenario. West Eastern Divan Orchestra. Dir.: D. Barenboim. Coro Estable del Teatro Colón (Dir.: J.L. Basso). «Sinfonía en Re menor» número 9 opus 125, «Coral» (Teatro Colón, 25 de agosto). 

La integral de las sinfonías de Beethoven que venían ofreciendo la West-Eastern Divan Orchestra y su fundador y director Daniel Barenboim había ido, como tituló este diario oportunamente, subiendo en temperatura, y debía tener por fuerza un final apoteótico. Y lo tuvo.

Como en los cuatro conciertos anteriores en los que se interpretaron las sinfonías 1 a 8, en esta «Novena» el milagro consiguió que los espectadores pudieran olvidar todas las versiones escuchadas en vivo y en registros discográficos (desde las históricas hasta las historicistas) de la obra más popular del repertorio sinfónico. Desde esas pulsaciones iniciales completamente insólitas para el año de su estreno (1824), Barenboim y una orquesta que se amolda como arcilla a sus más mínimos gestos crearon de inmediato un clima de misterio, que el primer «fortissimo» transformó en sobresalto.

El «Scherzo» sumó ligereza y potencia, con lucimiento especial del oboe y un final para cortar el aliento sobre el compás vacío tres antes de la barra. Las sutilezas y los contrastes no daban respiro a la sensibilidad, y se tenía la sensación, a medida de que iba desarrollándose la ejecución, de estar avanzando por un camino cotidiano de la mano de quien tiene la capacidad de hacer levantar la mirada y sorprender con los nuevos elementos que revela.

Inolvidable fue el trabajo «declamatorio» que el director realizó con las cuerdas graves en el recitativo con el que da comienzo el cuarto movimiento, anticipando la intervención del cuarteto solista y el Coro Estable, con varios refuerzos en sus filas. En varias oportunidades el volumen alcanzado por el conjunto fue tan atronador que pareció provenir no del escenario sino de toda la sala. El nivel de los solistas (sabiamente ubicados entre el coro y la orquesta) tuvo su punto más destacado en la soprano Marina Poplavskaya, en cuya voz los incantables melismas de Beethoven casi por primera vez no sonaron estridentes.

Una sala absolutamente colmada desde la platea hasta el paraíso ovacionó durante 20 minutos al hombre que dedica su vida a que los ideales de fraternidad exaltados por Beethoven y Schiller sean una realidad. Como siempre, no con palabras sino con un gesto, el de saludar uno por uno a los integrantes de la West Eastern Divan, Daniel Barenboim subrayó el mensaje y cerró un ciclo extraordinario que conmovió a Buenos Aires y que hace palidecer todos los calificativos.

«Todos los hombres serán hermanos / donde tu ala plácida se pose», dice el texto de Friedrich Schiller. Si no supiéramos que se trata de la «Oda a la Alegría» cabría pensar escuchando a esta orquesta milagrosa que la destinataria de esa frase no es otra que la música, ante la cual, como el mismo Barenboim lo dijo, nadie tiene más derechos ni obligaciones que nadie. Poco importa: en esa noche irrepetible del miércoles la música y la alegría fueron una misma cosa.

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