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“Arlt prefiguró la fiebre informativa”
La investigadora franco-mexicana Rose Corral muestra al brillante analista político que fue Roberto Arlt en sus crónicas hasta hoy olvidadas.
Corral nació en el sur de Francia, en Lourdes, hizo su carrera de Letras en Toulouse, viajó a México a realizar su doctorado y se quedó a vivir allí. Hoy es profesora en El Colegio de México, institución de investigación y de enseñanza que dicta doctorados en Letras Hispánicas y Lingüística, por cuyas aulas pasaron como becarios Octavio Paz, Luis Cernuda y Juan Rulfo, entre otros. Dialogamos telefónicamente con ella cuando concluía una de sus clases en la famosa academia del Distrito Federal de México.
Periodista: ¿Cómo surgió su interés por Roberto Arlt?
Rose Corral: Cuando estaba estudiando cayó en mis manos «El jorobadito», el libro de cuentos de Arlt, la primera de sus obras. A partir de allí seguí con sus novelas, con su teatro, con las «Aguafuertes». Así decidí hacer mi disertación doctoral sobre su obra. Esa tesis apareció hace 17 años como el libro «El obsesivo circular de la ficción. Asedios a Los siete locos y Los lanzallamas de Roberto Arlt». A partir de ahí, centré mi interés en la literatura del Río de la Plata. Amigos míos que se dedican a las letras mexicanas y saben esto, un día me dijeron que vieron el nombre de Arlt en «El Nacional», un periódico muy importante en los años 30 que apoyaba al gobierno de Cárdenas, un gobierno muy adelantado a su tiempo. Así fue como aquí, en la Biblioteca Nacional, luego de hurgar mucho, descubrí 73 crónicas de Arlt, a partir de 1937 y hasta 1941, en la página editorial, un lugar de lujo. Esas crónicas, que se llamaron primero «Tiempos presentes» y luego «Al margen del cable», parten casi todas de noticias internacionales.
P.: Esto supone una valoración mexicana de los trabajos periodísticos de Arlt.
R.C.: «El Nacional» también reprodujo, en su suplemento dominical, algunos cuentos de Arlt que habían aparecido en la revista «Mundo Argentino», pero por lo visto el mayor interés fue por las crónicas, porque seguramente se dieron cuenta de su excelencia. Es más, cuando en 1939 sacan una edición con «Los mejores artículos del año» allí está la crónica de Arlt sobre Hitler. Es decir que eran concientes de su altísima calidad. Es por eso que me resultó extraño que nadie hubiera buscado esas crónicas antes. Así fue como hice una edición con esos 73 trabajos aparecidos en «El Nacional», que publicò Losada, y surge la idea de reunirlas todas las crónica que escribió Arlt, pero eso hay que hacerlo en la hemeroteca de la Biblioteca Nacional, en Buenos Aires, explorando en las páginas del diario «El Mundo». Esa búsqueda llevó varios años, hubo que rastrearlas, digitalizarlas, hasta reunir las 236 crónicas que se publicaron con el título de «El paisaje en las nubes».
P.: Hasta ahora eran muy conocidas las «Aguafuertes» pero poco y nada las crónicas, era un género que había sido dejado de lado del mundo de Roberto Arlt.
R.C.: Eso tiene varias razones. Primero porque Arlt en vida publicó en 1933 una selección de sus «Aguafuertes porteñas», y en 1936 sus «Aguafuertes españolas». Hay por esos trabajos un interés inmediato, que tiene que ver con los tipos de Buenos Aires, las costumbres, las escenas callejeras. Las crónicas ya no tienen como escenario Buenos Aires sino el mundo, la gran mayoría son sobre los que sucede en Europa, la ascenso del nazismo, los cismas políticos inquietantes que ocurren en Asía, en África, que él va decodificando. El valor de esas crónicas se reconoce ahora porque las crónicas que valen se miden en el largo tiempo, y se ve hoy la agudeza de Arlt, la certeza de su mirada critica, todo lo que previó, lo que entendió de la escena internacional, además de la excelencia de sus crónicas como género literario. Esto resulta para un lector de hoy, que tiene una enorme perspectiva para poderlas juzgar, una serie de textos verdaderamente impresionantes.
P.: ¿No cree que con muchos de esos textos Arlt se adelantó a lo que décadas después se llamaría «nuevo periodismo»?
R.C.: Sin duda hay coincidencias. Como podría haberlas como algunas «Crónicas costeñas» de Gabriel García Márquez. Y hay diferencias. Arlt observa una escena lejana, y asombra la forma en que va leyendo signos, decodificando los discursos de los nazis, por ejemplo, a partir de detalles mínimos y como eso le sirve para mostrar la mentira del gobierno de Hitler y el real proyecto nazi. Es deslumbrante su agudeza critica sobre ese momento, y recordemos que Arlt muere en julio de 1942, y no conocerá el desenlace de la Segunda Guerra Mundial. No sabrá de los campos de exterminio y sin embargo habla críticamente y mucho de lo que los nazis denominan «Campos de Trabajo», intuye la fragua de toda esa locura.
P.: Indica, por ejemplo, el peso de la astrología en algunas ideas de los jefes nazis.
R.C.: Tema que apasionaba a Arlt, no por nada se inventó un astrólogo político en «Los siete locos» y «Los lanzallamas», que tiene mucho de presagista prenazi y de revolucionario. Captó una vez más el aire de su tiempo. No sólo los nazis, que eran adictos a la Ciencias ocultas, utilizaban astrólogo para sus fines, sino que también los Aliados usaban la astrología, según recientes documentos desclasificados de Churchill, para intentar derrotar a Hitler. A los 20 años, cuando escribe «La ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires», ya advierte la trágica relación entre mágica y política.
P.: Es notable que esas crónicas las haya escrito por encargo.
R.C.: A esa altura ya ha conquistado su lugar en el periodismo y eso le da cierta libertad. Él elige sobre qué va a escribir. Cuando regresa de España titubea, empieza una columna sobre el cine por septiembre de 1936, algo que le interesa mucho, pero no es sobre eso de lo que quiere hablar. Sabe que no puede repetir las «Aguafuertes» porque es un ciclo cerrado. Entonces encuentra en los cables una veta que hace fructificar de una manera increíble. Toma noticias mínimas, una frase de un discurso, un detalle de una foto, y construye a partir de ahí un texto que alude a la actualidad, y la trasciende siempre.
P.: Con una ironía que explica el carácter de sus crónicas, escribe en el diario «El Mundo»: «los diarios no dicen nada».
R.C.: Está diciendo: los periódicos nos inundan de noticias ahora veamos lo real, la trama que hay atrás. Hoy por Internet tenemos una avalancha de noticias, pero ¿estamos informados? Lo que Arlt advierte con mucha ironía, se ha multiplicado. Él se dio cuenta que podía ofrecer otra lectura de las noticias, y para eso cambia de registro y de contexto las noticias y las proyecta a otra dimensión.
P.: ¿Qué piensa de los aportes que hizo Arlt a la literatura y al periodismo?
R.C.: Arlt muere sin ese reconocimiento que no ha parado de crecer. Se quejaba que lo calificaran de «realista de pésimo gusto», pero tuvo su valoración como novelista y dramaturgo. Su reconocimiento se inicia con la generación de «Contorno», a mediados de los años 50, que lo eligen políticamente para oponerlo a Borges. Creo que Arlt tuvo la ventaja de morir antes del peronismo, y de no participar en ese pleito tan argentino. Arlt representa una literatura ciudadana, anarquista, libre, y, además, no tiene ningún pecado político. Lo que empieza como una polémica ideológica que enfrente a Arlt con Borges, termina dando espacio a los dos, que fueron estrictos contemporáneos. La perspectiva del tiempo coloca a Arlt como innovador, como el que empieza una novela urbana. La novela urbana ya existía como escenario en Manuel Gálvez, pero es la mirada de Arlt la que la transforma, la que cambia ese entorno urbano a fines de los años 20, como Juan Carlos Onetti lo hace con Montevideo a fines de los años 30. Onetti reconoció a Arlt como su «padre literario». En 1934 le lleva a Arlt, a la redacción de «El Mundo», su primera novela «Tiempo de abrazar», que quedaría inédita muchos años. Arlt la hojea, y le dice: dado que yo no escribí nada este año, ésta es la mejor novela del año. Ese guiño es según Onetti lo que lo vuelve escritor.
P.: ¿Cuál es su valoración de esas crónicas que resurgen 70 años después?
R.C.: Si importan es porque recuperar la tarea concretamente periodística de Arlt, esa escritura de calidad que ofrece junto a una extraordinaria lucidez crítica. Es una parte de la obra de Arlt que nos faltaba.
P.: El titulo del libro «El paisaje en las nubes» se vuelve en metáfora de la obra de Arlt, en una suerte de despedida, en esa intención metafísica que el escritor argentino tantas veces manifestó.
R.C.: La idea de ese título tan hermoso fue de la editorial, del Fondo de Cultura, y se lo agradezco. Corresponde a la última nota que dejó sobre su escritorio del diario. Que comienza «los hombres no eligen a sus padres ni a sus destinos» y cuenta sobre George Zabrieskie, un hombre pobre y negro, conductor de un taxi, que recibe una beca Guggenheim para escribir. Hay una identificación de Arlt con ese hombre que por fin iba a poder dedicarse a escribir y no ya trabajar todo el día para dedicarse a escribir por las noches. Impresiona que esa notable crónica fuera lo último que el autor de «El juguete rabioso» escribiera. La importancia que ya tenía Arlt quise documentarla publicando la presentación que de esa crónica hace el diario el 27 de julio de 1942, el día después de la muerte del gran escritor, donde sus colegas señalan que esa es «la última expresión de un espíritu excepcional en quien todos veíamos un hermano eminente» siempre «propenso a destacar el lado paradójico de la vida».
P.: ¿En qué está trabajando ahora?
R.C.: A fin de año aparecen los ensayos «Roberto Arlt una poética de la disonancia», y estoy trabajando en un libro sobre Juan Carlos Onetti.
Entrevista de Máximo Soto


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