Después que el conflicto sirio ha causado ya unos 100.000 muertos en sus más de dos años de duración sin provocar una intervención militar exterior, los países occidentales se preparan para reaccionar a la muerte de unos cientos de personas causada por un ataque con gas tóxico el pasado miércoles 21 cerca de Damasco.
"Este caso demuestra el lugar sumamente especial que ocupan las armas químicas en la panoplia de armamentos", estima Olivier Lepick, de la Fundación de Investigación Estratégica (FRS). "Hay una dimensión psicológica muy fuerte. La gente asocia las armas químicas a una muerte dolorosa, a la asfixia y la dificultad respiratoria", agrega.
El arma química es considerada asimismo como "arma no discriminatoria", que alcanza tanto a los combatientes como a los civiles. "Un obús apunta en principio a una posición, pero cuando se lanzan cientos de litros de gas, el ataque no es circunscripto", explica.
Emmanuel Goffi, oficial de la Fuerza Aérea francesa y profesor de Derecho Internacional, señala que el arma química "causa sufrimientos inútiles y desproporcionados con respecto a sus ventajas militares".
En una guerra hay siempre víctimas, pero "el objetivo es actuar de manera que la gente muera sin sufrimientos injustificados". "Cuando las personas agonizan lentamente se crea terror y se deja de respetar una cierta idea del fin de la vida humana", dice. "Por lo demás, todas las armas prohibidas son las que producen sufrimientos inútiles, como las minas antipersonas o las bombas racimo", señala.
"Ya el Derecho Romano estipulaba que no se debía pelear con armas envenenadas", recuerda Lepick.
En el siglo XIX, las Convenciones de Bruselas (1874) y de La Haya (1899) prohibían el empleo de armas envenenadas y de proyectiles cargados con gas tóxico. Pero "la primera guerra química moderna" fue la Primera Guerra Mundial, señala el experto.
En abril de 1915, cerca de Ypres (Bélgica), el ejército alemán lanzó una nube de gas clorado que causó la muerte de 15.000 soldados.
"La primera utilización por los alemanes en el frente fue percibida inmediatamente como un crimen de guerra", indica la historiadora Annette Becker, especialista en la guerra de 1914 a 1918. La indignación no impidió que los aliados recurrieran a su vez a ese tipo de armas, y el célebre "gas mostaza" (iperita) dejó huellas profundas en la conciencia colectiva.
"Los gases han sido considerados como uno de los grandes causantes de muertes en la Primera Guerra Mundial, aunque (sólo) mataron a varias decenas de miles de muertos, frente a los millones de soldados muertos bajo las balas y las bombas", recalca Becker. "Después de la guerra, una de las pasiones del Derecho Humanitario fue hacer desaparecer los gases", agrega.
Esos esfuerzos desembocaron en el protocolo de Ginebra de 1925, que prohibió el uso de armas químicas y biológicas, pero no su fabricación. Hubo que esperar a los años 1980 y la utilización de armas químicas por parte de Irak contra Irán para lograr la firma de la Convención de París (1993) y la prohibición total de la preparación, fabricación, almacenamiento y utilización de armas químicas. Siria es uno de los escasos países que no firmó esa convención, con Corea del Norte.
Pero más que el Derecho Internacional, es el argumento moral y el temor de un efecto dominó lo que argumenta hoy EE.UU. No obstante, la "línea roja" que mencionó el presidente estadounidense, Barack Obama, "equivale a decir que se puede matar sin temor con armas convencionales. Tanto desde un punto de vista moral como diplomático, es una actitud inaceptable", considera Lepick.
| Agencia AFP |

