20 de noviembre 2009 - 00:00

Arnold Wesker, de lo social a lo subjetivo

Una escena de «Raíces» en la puesta de Luciano Suardi. Algo desgastado su mensaje social de antaño, la obra de Wesker reluce hoy por sus contenidos más intimistas.
Una escena de «Raíces» en la puesta de Luciano Suardi. Algo desgastado su mensaje social de antaño, la obra de Wesker reluce hoy por sus contenidos más intimistas.
«Raíces» de A. Wesker. Dir.: L.Suardi. Int.: M.Bianchi, M. Petriella y elenco. Esc.: O. Puppo. Vest.: M. Albertinazzi. Luces: J.Pastorino. Mús.: C.Baliero. (Teatro Regina).

Entre el drama social y la comedia costumbrista, «Raíces» (1959) sigue siendo una de las piezas de Arnold Wesker más aclamadas mundialmente. Es el segundo título de una trilogía integrada por «Sopa de pollo con cebada» y «Hablo de Jerusalén», obras con las que el autor logró introducir en la escena británica los hábitos y conflictos de clase trabajadora, rompiendo así con el predominio de los personajes de clase media alta.

Beatie, la conflictuada heroína de «Raíces», vive en Londres con su novio Ronnie, un joven socialista de origen judío -e inclinaciones pigmaliónicas- que intenta a toda costa llevarla hacia el mundo del arte, la cultura y la militancia política. Ronnie es uno de los protagonistas de la citada «Sopa de pollo», pero aquí solo está presente a través de los discursos y peroratas que ahora Beatie repite como un loro, para fastidio de su inculta familia que sigue viviendo en el campo.

El padre cuida cerdos, los hermanos se desloman con la cosecha y la madre mira la vida por la ventana, más interesada en vigilar el horario en que pasa el autobús del pueblo que en escuchar los incomprensibles reclamos de su hija más mimada. Ésta llega de visita dándoselas de culta y liberada. Lo cierto es que ya no aguanta la falta de ambiciones de los suyos, esa abulia ancestral que les impide reclamar por sus derechos. Pero, tras quince días de estadía y con un novio que a último momento decide borrarse de todo compromiso, Beatie cae en la cuenta de que su enojo con la familia se debe a la frustración de ver reflejadas en los suyos sus propias carencias y limitaciones.

La puesta de Luciano Suardi realza la entrañable humanidad de estos personajes subrayando sus ritmos lentos y los rituales cotidianos que dan sentido a sus días. Empezando por la madre, una mujer muy básica pero de imbatible sentido común que en manos de Martha Bianchi brinda los momentos más poéticos y vitales de toda la obra. También se destaca Mario Albarden, un viejito, borracho e incontinente, que no se priva de galantear. El resto del elenco cumple sus respectivos roles con elogiable convicción.

Hubo un tiempo en que el teatro de Wesker cumplía en diagnosticar y exponer los problemas de la clase trabajadora incluyendo alguna tesis de cambio. Hoy, por lo contrario, «Raíces» puede interesar por asuntos más subjetivos e individualistas, como la difícil búsqueda de un camino propio que emprende la protagonista mientras aprende a pensar por sí misma, sin recurrir a posturas elitistas ni a un mesianismo trasnochado.

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