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Artificioso Almodóvar sólo para muy fans
Penélope Cruz (esta vez sólo linda) y José María Gómez en «Los abrazos rotos», auténtico folletín de tono melodramático, que pone el artificio por encima de la pasión.
¿Cómo decirlo? ¿Fracasa Almodóvar en este auténtico folletín de tono melodramático? ¿Simplemente, no es lo que el público esperaba? ¿O ambas cosas? Porque después de «Hable con ella» y «Volver», bien cabía esperar una tercera historia de amores singulares, confesiones y renaceres contada con la impresionante madurez y riqueza expresiva que el artista ha venido alcanzando. Riqueza hay, también historias enredadas de amores que van y vienen, confesiones, volver a empezar, etcétera. ¿Entonces?
La trama sigue los relatos de un director de cine actualmente ciego, que evoca las internas de su última y frustrada comedia, «Chicas y maletas», y sobre todo sus intensos amores con la protagonista, que era la mantenida del productor, una linda aspirante a actriz, fallecida trágicamente. Quienes lo escuchan también tienen algo que recordar, y que decir por primera vez en muchos años, o seguir callando. Los intérpretes son mayormente buenos, el reparto se engalana con participaciones especiales de conocidas actrices de Almodóvar (maravillosa y desperdiciada Angela Molina), hay unos cuantos momentos muy lindos, de esos que se recuerdan con gusto, y las citas a otras películas funcionan debidamente, con alusión especial a «Mujeres al borde de un ataque de nervios».
El detalle es que el asunto sería entretenido, cálido, hasta emotivo, si los artificios no pesaran tanto, si los diálogos tuvieran más brillo, el tono general vibrara un poco, y varias situaciones estuvieran mejor resueltas, porque quedan como subtramas perdidas, que sólo contribuyen a enredar y estirar las cosas. Ha tomado demasiado peso el mundo de la pantalla. Los personajes, las situaciones, los climas, responden sólo al mundo de la representación escénica en sus facetas más rebuscadas, como si esto fuera teatro o cine de viejo estilo con chiches nuevos. Por ahí, como una referencia, se muestra la escena de los amantes de piedra de «Viaje a Italia» («Viaggio in Italia», Roberto Rossellini, 1953), con Ingrid Bergman y George Sanders, pero ésa era, en el fondo, una historia realista. La de ahora, en cambio, más bien se parece a una puesta estilo Douglas Sirk (cosa que hizo con éxito en «Todo sobre mi madre») pero no en su directa acepción hollywoodense, que hubiera sido bueno, sino, ay, reelaborada a lo Rainer Maria Fassbinder: mucha estilización, absoluta suspensión de la incredulidad, retracción del glamour y del humor, figuras tiesas y estereotipadas, que sufren dentro del corsé, diálogos un tanto ridículos recitados de forma artificiosa, distancia fatal. Eso quiso hacer Almodóvar, y logró hacerlo, pero no era lo que buena parte de su público esperaba. Esta vez gustará sólo a sus fans.
De todos modos, y después de mucho folletín pretendidamente serio, termina con un paso de comedia. Y es mejor que «La mala educación». Notables José María Gómez, el productor, Blanca Portillo, la asistente, Carmen Machi, la del final, y muy agradable Kira Miró, la rubia que se levanta el ciego haciéndose el desvalido simpático. Solo linda, Penélope Cruz en la piel de víbora trepadora.


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