En la declaración final de Cristina de Kirchner y Luiz Inácio Lula da Silva hubo, más allá de los acuerdos firmados, fuegos artificiales sobre la política internacional. Ambos se comprometieron a no reconocer las elecciones de diciembre en Honduras y manifestar públicamente una vez más el malestar de los dos países por el establecimiento de bases estadounidenses en Colombia.
El encuentro más impensado estuvo a punto de darse ayer en la estación militar de Aeroparque. Cristina de Kirchner y su comitiva llegaban en el Tango 01 desde Brasilia. En el hall de esa estación esperaba Ricardo Alfonsín a que llegara Julio Cobos. Al vicepresidente le habían dejado utilizar un Foker F-28 de la Fuerza Aérea para viajar a Mendoza con el grupo de radicales. Pero los tiempos estaban cronometrados. Mientras el helicóptero de la Presidente despegaba hacia Olivos, la caravana de Cobos recién entraba en ese sector de Aeroparque.
El esguince presidencial fue protagonista ayer de la recepción que Lula da Silva le dio ayer a Cristina de Kirchner en Itamarati, la sede de la Cancillería brasileña. En el ingreso a ese palacio, la Presidente tuvo que recorrer la alfombra roja rodeada de la guardia de honor de la presidencia brasileña, pero esta vez con zapatos de taco bajo y una fuerte venda que debajo de sus medias negras le sostenía el tobillo derecho.
Habían terminado las reuniones entre los dos presidentes y llegado la hora del almuerzo de gala en el primer piso de Itamarati, frente a una terraza desde donde se domina Brasilia. Y aunque no parecía que el conflicto comercial se hubiera solucionado, comenzaron los discursos en el comedor, donde estaba todo listo para empezar la comida. Era un self service de pollos, carnes, pescados, batapá (sopa tradicional de frutos de mar bahienses) feijoada, verduras, todo servido en bandejas con campanas de plata que se mantenían con calentadores desde abajo.
El discurso de Lula no fue breve, pero estaba dentro de lo previsto. Cristina de Kirchner, como además debió responderle indirectas por la dependencia de la economía argentina, se tomó más tiempo de la cuenta. Los calentadores así no pudieron esperar más: en el momento en que Cristina de Kirchner propuso el brindis final, uno de ellos estalló incendiando parte de la mesa. La Presidente no se inmutó y siguió con la ceremonia mientras los mozos echaban mano a botellas de agua mineral para apagar el incendio.
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