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Aversión al ajuste: falta consenso social
A veces, los economistas comentemos el error de diagnosticar problemas demasiado temprano. Es un defecto (cuando debería ser una virtud), porque vemos las cosas cuando el debate está puesto en otro lado y nos apuramos en el afán de querer influir en la agenda de política. Frente a esto tenemos que lidiar con la visión estereotipada que nos acusa de cometer errores tanto cuando nos equivocamos en pronosticar crisis que no van a venir como cuando le erramos hasta en pronosticar la crisis que ya pasó. Pero la verdad es muy distinta de esta imagen construida. Hablar de la crisis energética hace 10 años, del error de intervenir los datos del INDEC hace siete años, de la crisis inflacionaria hace cinco o de la crisis cambiaria hace tres es un ejemplo claro de que el poder de diagnóstico de la profesión va camino a restablecer su prestigio, derrumbado después de la crisis de 2001. Le tenemos que estar profundamente agradecidos al kirchnerismo por hacerlo posible.
Hace cuatro años, FIEL decidió encarar un proyecto muy importante para alertar que veíamos un cuadro muy preocupante de elevación inusitada del gasto público en medio de un severo deterioro de indicadores de eficiencia y eficacia del Estado. Lo bautizamos "Eficiencia.gov.ar: hacia la construcción de un Estado eficiente en la Argentina". Fue todo un esfuerzo para FIEL poder retomar este tema bajo una óptica amplia y post-Consenso de Washington, lo que requería de una dosis de reflexión autocrítica y comprensión de restricciones político-sociales al tiempo de proponer soluciones operativas aplicables en la práctica. No pudimos barrer todos los espacios de los bolsones de ineficiencia estatal, pero logramos medir y diagnosticar problemas en varios frentes críticos de la gestión estatal que cubren, por ejemplo, la infraestructura, educación y salud. Cuando viajamos al exterior a hacer la propuesta para recolectar fondos, dado que en la Argentina había una deserción temerosa en apoyar el estudio de estos problemas, les explicamos a nuestros donantes que el tema iba camino a ser muy relevante y, por ende, muy demandado por la sociedad. Lamentablemente, no fue así y la dinámica del gasto público ineficiente sigue su curso, como un camioncito chocador camino al barranco del ajuste por las malas. Mucho más allá del Gobierno, la mayoría de la oposición en la Argentina no compra la discusión de un Estado eficiente; eso no está en la agenda de la política argentina. El lenguaje de la política está paralizado por la aversión al término ajuste, aunque éste sea la obvia e inevitable corrección del desajuste previo. Esto opera como una parálisis mental y labial de los muchos que no quieren ser encasillados mal en el juego estratégico de oportunismo político. O de la bomba puesta en las manos del oponente, dado que el ajuste alguna vez se hace solo, y eso ya nos llevó al desastre varias veces. Y por ello los argentinos estamos pagando y vamos a pagar consecuencias terribles si no se establece un nuevo consenso social, que incluya una discusión abierta del tamaño, el financiamiento y la eficiencia del Estado. Y la política no hace lo que tiene que hacer para que dicho consenso por un pacto fiscal pueda emerger.

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