23 de diciembre 2013 - 00:00

Aversión al ajuste: falta consenso social

Cuando las políticas públicas quedan atrapadas en medio de la fe ciega de paradigmas ideologizados, la sociedad sufre porque los que están en el poder no demuestran tener ningún mecanismo mental de reconocimiento y corrección de errores. Una actitud común a esta altura es decir que lo que estamos viendo ocurre porque la medicina no ha sido suficiente e insistir en la profundización del modelo como respuesta a la adversidad de resultados. El final de la convertibilidad tuvo algo de estas posturas, que no admitían el fracaso de ese modelo. Pero lo que estamos viendo ahora es mucho peor. Porque no sólo aparece en el discurso oficial que día a día escuchamos, frente a un ya numeroso cúmulo de evidencia de errores en las políticas públicas que van desde la economía hasta la seguridad. Para peor, se mezcla también con otras actitudes de una parte significativa de la oposición política, empresarial e intelectual. Muchos de éstos lucen como admiradores ocultos de los principios estatistas de la década y se niegan a aceptar en público que el despliegue descontrolado de gasto público ha sido un error que llevó a un despilfarro de recursos insostenible. Algunos creen que el mayor gasto público no alcanzó para lograr un Estado eficiente sólo porque se gastó mal. Pero otros que es porque no se pudo revertir la destrucción del Estado asociada a políticas anteriores a esta década. Esto último ya suena a demasiado mambo. Se le atribuye a Néstor Kirchner haber dicho en algún momento que había que mejorar las neuronas del Estado argentino, en referencia a que teníamos un Estado bobo. Pero ahora sí que estamos con un Estado super-bobo y se sigue diciendo que se necesita mucho más Estado.

A veces, los economistas comentemos el error de diagnosticar problemas demasiado temprano. Es un defecto (cuando debería ser una virtud), porque vemos las cosas cuando el debate está puesto en otro lado y nos apuramos en el afán de querer influir en la agenda de política. Frente a esto tenemos que lidiar con la visión estereotipada que nos acusa de cometer errores tanto cuando nos equivocamos en pronosticar crisis que no van a venir como cuando le erramos hasta en pronosticar la crisis que ya pasó. Pero la verdad es muy distinta de esta imagen construida. Hablar de la crisis energética hace 10 años, del error de intervenir los datos del INDEC hace siete años, de la crisis inflacionaria hace cinco o de la crisis cambiaria hace tres es un ejemplo claro de que el poder de diagnóstico de la profesión va camino a restablecer su prestigio, derrumbado después de la crisis de 2001. Le tenemos que estar profundamente agradecidos al kirchnerismo por hacerlo posible.

Hace cuatro años, FIEL decidió encarar un proyecto muy importante para alertar que veíamos un cuadro muy preocupante de elevación inusitada del gasto público en medio de un severo deterioro de indicadores de eficiencia y eficacia del Estado. Lo bautizamos "Eficiencia.gov.ar: hacia la construcción de un Estado eficiente en la Argentina". Fue todo un esfuerzo para FIEL poder retomar este tema bajo una óptica amplia y post-Consenso de Washington, lo que requería de una dosis de reflexión autocrítica y comprensión de restricciones político-sociales al tiempo de proponer soluciones operativas aplicables en la práctica. No pudimos barrer todos los espacios de los bolsones de ineficiencia estatal, pero logramos medir y diagnosticar problemas en varios frentes críticos de la gestión estatal que cubren, por ejemplo, la infraestructura, educación y salud. Cuando viajamos al exterior a hacer la propuesta para recolectar fondos, dado que en la Argentina había una deserción temerosa en apoyar el estudio de estos problemas, les explicamos a nuestros donantes que el tema iba camino a ser muy relevante y, por ende, muy demandado por la sociedad. Lamentablemente, no fue así y la dinámica del gasto público ineficiente sigue su curso, como un camioncito chocador camino al barranco del ajuste por las malas. Mucho más allá del Gobierno, la mayoría de la oposición en la Argentina no compra la discusión de un Estado eficiente; eso no está en la agenda de la política argentina. El lenguaje de la política está paralizado por la aversión al término ajuste, aunque éste sea la obvia e inevitable corrección del desajuste previo. Esto opera como una parálisis mental y labial de los muchos que no quieren ser encasillados mal en el juego estratégico de oportunismo político. O de la bomba puesta en las manos del oponente, dado que el ajuste alguna vez se hace solo, y eso ya nos llevó al desastre varias veces. Y por ello los argentinos estamos pagando y vamos a pagar consecuencias terribles si no se establece un nuevo consenso social, que incluya una discusión abierta del tamaño, el financiamiento y la eficiencia del Estado. Y la política no hace lo que tiene que hacer para que dicho consenso por un pacto fiscal pueda emerger.

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