El señor Joseph E. Stiglitz ha publicado un libro cuya traducción al castellano ya está disponible bajo el título "El Malestar en la Globalización". Con respecto éste, la revista The Economist escribió recientemente que el libro no trata de la globalización como pretende; que su crítica al FMI fue pobremente argumentada; que fue confusa y malamente escrito; que su tono fue insoportablemente auto apreciativas; que las políticas que propuso eran en muchos casos importantes inviables y que hizo acusaciones arbitrarias de malas conductas personales que eran completamente insostenibles. "Más allá de eso, a nosotros nos gustó mucho", agrega. El último juicio parece la negación misma en términos genéricos, pero era la tónica de The Economist, pero ése no es mi caso. Hay una parte del libro con la que indudablemente estoy de acuerdo y en muchos aspectos lo escribí antes que el señor Stiglitz, como son las críticas a las políticas del FMI, basadas en el denominado "enfoque monetario del balance de pagos" que es el sustento teórico del modelo de Polak.
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Según Stiglitz, la desregularización y liberalización de los mercados de capitales, lejos de mejorar la situación de los países en desarrollo, en muchos casos la ha empeorado. En otras palabras, la mal denominada globalización aparentemente habría producido más mal que bien. En ese sentido, Stiglitz señala, y coincidimos con su apreciación, que mientras los países desarrollados recomiendan la apertura de los mercados en los países en desarrollo, ellos hacen lo contrario y en particular subsidian la agricultura que es precisamente el sector en que aquellos tendrían ventajas comparativas.
En otras palabras, nosotros hemos sostenido que la globalización como tal no existe por las siguientes razones: en primer lugar, porque es cierto que se han liberado los mercados de capitales pero no se ha hecho lo propio con los mercados de productos; en segundo lugar, pero no menos importante, nos encontramos con que las comunicaciones han globalizado la información pero no la formación. Es decir que el mundo se entera de todo lo que pasa, pero sigue ignorando por qué pasa. Es así, entonces, que parece haberse aceptado que la división del mundo entre poseedores y desposeídos (have y have nots) es un hecho telúrico en el mejor de los casos, y en el peor como el resultado de una conspiración de los primeros para empobrecer a los segundos. Esta segunda tesis es la que parece adscribir Stiglitz en su crítica a las políticas del FMI.
Coincidimos con Stiglitz en su juicio respecto a que el aumento de las tasas de interés como medio para combatir la inflación puede resultar y así ha ocurrido que el remedio es peor que la enfermedad. Igualmente es verdad que la entrada de capitales puede provocar, y de hecho así ha resultado, la sobrevaluación de la moneda nacional, y la consiguiente pérdida de competitividad. Es indudable que la rebaja de aranceles al mismo tiempo que se expande el gasto público y se mantiene un tipo de cambio nominal fijo es una forma de destruir a los productores de bienes transables y consecuentemente se produce la desocupación. Pero nuevamente el problema no es la apertura, sino la sobrevaluación monetaria que surge de la incompatibilidad entre la política cambiaria y la fiscal. Pero lo que Stiglitz parece ignorar es que el determinante de ese desequilibrio es la incompatibilidad de la expansión del gasto público con el control monetario y la fijación del tipo de cambio nominal. Ésa es la causa de las elevadas tasas de interés que atraen el capital en tanto y en cuanto perciben que se mantendría el tipo de cambio nominal como ancla para evitar la inflación. Es nuestro criterio que indudablemente esta política confunde los fines con los medios y el desequilibrio se produce como consecuencia de que la tasa de interés real supera ampliamente la tasa de retorno de la economía, particularmente de los productores de bienes transables. Esto fue lo que ocurrió en el Sudeste de Asia así como en México y está ocurriendo en Brasil y por supuesto en Argentina.
O sea que nuestra discrepancia parte de la razón de ser del desequilibrio. Y éste surge como consecuencia de que el aumento del gasto público como un intento de igualar los ingresos a través de crecientes derechos (privilegios) sociales resulta en un nivel de impuestos que es impagable para una gran parte del sector productivo. En ese sentido debe tenerse en cuenta que el nivel de gasto público sustentable depende de la productividad de cada economía. Cuando existe una baja productividad, el aumento del gasto en términos reales determina un incremento en el costo de producción y una caída en la rentabilidad. Finalmente, cuando los impuestos no se pagan, surge como consecuencia el déficit fiscal, que dada una política monetaria restrictiva se financia con crédito externo y finalmente se produce tanto el default como la devaluación.
Por último, no se puede olvidar que el denominado sistema financiero no son las instituciones cuyo capital en muchos casos no llega al 3% del ahorro que administran. Por tanto, cuando se está en contra del sistema financiero, en la realidad se está en contra de los ahorristas, es decir, de los depositantes. Un colapso del sistema financiero internacional significa no otra cosa que la pérdida de los ahorros y, peor aún y tal como pasó en el 29, la caída vertical de la economía mundial. Esto debemos tenerlo muy en cuenta en La Argentina.. Nunca subestimemos la estupidez humana.
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