18 de mayo 2011 - 00:00

Baricco, entre Bataille y Buñuel

Baricco, entre Bataille y Buñuel
Alessandro Baricco «Emaús» (Anagrama, Barcelona, 2011, 149 págs.)

Cuatro adolescentes de 17 años, con una formación profundamente católica y pertenecientes a la baja clase media, van a descubrir a través de experiencias fuertes, dolorosas, y en algunos casos trágicas, que los prejuicios religiosos suelen provocar ceguera, que hay cosas que por estar demasiado a la vista, por exceso de luz, no se ven. Esos muchachos, Luca, Santo, Bobby y el narrador (alter ego de Baricco) viven en el Turín de los años 70, alejados de enfrentamientos políticos y la lucha armada que en esa época se vivía también en Italia. Estudian y forman una banda con la que tocan en la iglesia, hacen tareas solidarias en un hospital de pobres, siguen las enseñanzas del Dios de los Evangelios, doctrina de salvación que, creen, los protege del mal y el dolor.

Pero en ese escenario comienza a destacarse Andre, que no sólo tiene un nombre que suena a masculino sino que se divierte mostrándose andrógina y absolutamente desprejuiciada. Andre es una chica de la alta burguesía, seductora, hedonista, con una ausencia de límites que provienen de tener una familia donde se mezcla el poder del dinero con las diversas expresiones de la belleza, del arte a la meramente física. Andre, como una tentadora demoníaca, los enfrenta a otra cara de la realidad, los lleva de lo espiritual a lo carnal, de lo ideal a lo duramente real. Una realidad de la que ellos están ciegos, o de la que eligen estar ciegos.

Es por eso que Baricco recuerda el episodio del Evagelio de Lucas donde días después de la muerte de Cristo, a dos hombres que van camino a la ciudad de Emaús discutiendo sobre lo que había sucedido en el Calvario y los rumores sobre sepulcros abiertos y tumbas vacías, de pronto se les acerca un hombre interesado en lo que hablan y les pide que le digan lo que ha ocurrrido, así le cuentan de la muerte de Cristo, y lo que pasó después, sin darse cuenta hasta que el hombre desaparece que han estado con Jesús resucitado. Esa enseñanza evangélica lleva a Baricco a sostener que «nuestros pequeños corazones alimentados de grandes ilusiones, nos enceguecen ante la realidad de amigos y amores que no reconocemos, fiándonos de un Dios que ya no sabe nada de sí mismo». Enfrenta a la espiritualidad cristiana con la carnalidad pagana. Y si bien hay instancias morales, divagaciones religiosas y reinterpretaciones teológicas, lo central son las constantes y variadas situaciones sexuales.

Ese juego recuerda ciertas estrategias narrativas de Georges Bataille cuando mezclaba con rasgos sadianos sexualidad con religión, y de modo más claro aún con películas del inolvidable Luis Buñuel. Claro, eso dentro del estilo que le dio una impronta personal a Baricco desde sus primeras novelas, «Tierra de Cristal», «Océano mar» y «Seda», en adelante.

«Emaús» tiene desde sus primeras páginas un atrapante estilo cinematográfico, y eso proviene de lo que enseña Baricco en su famosa Escuela Holden de Escritura Creativa: «si se quiere escribir una novela hay que escribir un guión de cine, para eso hay que pensar en un comic, al que se llega sabiendo hacer una obra de teatro». Así en «Emaús» pasa de la escena de un choque de autos al narrador y del narrador al grupo de amigos, para luego volver al narrador, y termina en un final de la iglesia con un zoom back y palabras en off. En el fluir de secuencias deja que los muchachos alcancen sus dramas, que el que iba a ser cura encuentre un encierro muy distinto al del monasterio, que su moralismo se trasmute en amoralidad, que el mayor amigo el narrador caiga en un oscuro enigma, que otro se pase a paraísos que no son los bíblicos. Así, Baricco logró renovar las fábulas en la literatura contemporánea, dejando que la moraleja la resuelva el lector.

M.S.

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