2 de agosto 2012 - 00:00

Bernanke usa la aspirina (vienen las elecciones)

Entre reunión y reunión, la economía perdió vuelo, y la Fed lo registra en el comunicado oficial, pero aun así prefirió mantener sin cambios su política. Las expectativas de que emergiera la sorpresa de alguna tibia innovación se basaban en la magra velocidad de crucero de la economía de EE.UU. en el segundo trimestre (las ventas finales crecieron sólo al 1,2%), los titubeos del mercado laboral, la caída de los precios de la energía con su correlato de menores presiones inflacionarias y la tenaz amenaza que supone Europa. Todo ello (y algún apunte más) está consignado en el parte de la Fed, pero no fue motivo suficiente para provocar una alteración del plan prefijado de navegación. Como era previsible. Un trío de voces muy activo -los presidentes de distrito, Evans, Rosengren y Williams- militó a favor de una vuelta adicional de estímulo. La resolución final: no ha lugar. Y a la hora de contar los votos no surgieron objeciones. Fueron once los sufragios (incluyendo el del propio John Williams) que apoyaron la tesis de dejar todo como está. Solitario, Jeff Lacker, de la Fed de Richmond, votó, una vez más, en disidencia. Pero Lacker no pide más relajación, sino acotar la seudopromesa de mantener las tasas cortas al ras del suelo hasta fines de 2014. Si por él fuera, las tasas deberían subir ya. Ni lo uno ni lo otro. Quizá la Fed no esté cómoda en su posición -no puede estarlo con una economía que, tras arrojarle toneladas de estímulo, se arrastra como una babosa-, pero tampoco piensa moverse de allí.

Ya se explicó en su momento: la Fed movió sus fichas a fines de junio. Fue entonces cuando decidió ir por la aspirina -la operación Twist 2- y no por el decadrón -el remanido QE3-. Se diseñó la segunda ronda del Twist pensando en una cobertura hasta fin de año (la Fed, dicho sea de paso, es reacia a ejecutar dos operaciones no convencionales superpuestas, y de hecho nunca lo hizo). Y, a esta altura, las elecciones presidenciales de noviembre suponen, según los códigos usuales, una tácita veda política. Por supuesto, si ocurre una catástrofe, la Fed no dudaría en intervenir. Pero sería después de una contingencia grave, y muy visible, y no antes.

También se escribió que la Fed no ignora las dolencias que afligen a la economía de EE.UU. De contar en su botiquín con una medicina adecuada, ya hubiera actuado para remediarlas. Resulta obvio que la Fed está en falta con su mandato dual. La tasa de desocupación se ubica por lo menos dos puntos por encima de lo que sería compatible con el pleno empleo (y la tasa de inflación, en las actuales circunstancias, no es un impedimento para un accionar más expansivo). Ahora bien, salvo Charles Evans de la Fed de Chicago, nadie más está convencido en atar la política monetaria a un objetivo de tasa de desempleo. Se entiende: si no hay quórum para el QE3, menos lo habrá para embarcarse en la compra sostenida de bonos de largo plazo hasta que la desocupación se arrime a lo que sería su tasa «natural». ¿Y la posibilidad de copiar al BCE y eliminar la remuneración de las reservas bancarias excedentes? ¿No habría espacio para emular a los europeos (el Banco de Dinamarca fue más allá y hoy cobra por custodiarlas) en aras de aguijonear un crecimiento más vigoroso del crédito bancario? Se comprende, por lo que se dijo líneas arriba, que la Fed esté en la búsqueda de un vademécum más amplio. Se especuló que esta decisión podría ser la sorpresa del mitin de agosto. Error. La Fed ni siquiera la mencionó (se sabrá, en tres semanas, si la sometió a consideración). La Fed se manifestó siempre reacia a llevar la tasa específicamente a cero por temor a perturbar el funcionamiento de los mercados monetarios (y herir de muerte a los fondos que allí operan). Por lo visto, el resquemor subsiste.

No había que esperar nada de la Fed, y sí mucho del BCE. No es Bernanke el funcionario de EE.UU. a quien hay que seguirle los pasos, sino Tim Geithner, el secretario del Tesoro. Su viaje relámpago fue una síntesis perfecta del quién es quién de la eurozona: primero visitó a SchTMuble (ministro alemán de Finanzas), después a Draghi (mandamás del BCE) y, por último, al ministro español De Guindos. La tranquilidad posterior de Geithner, desde ya, tranquiliza. Obama precisa que Europa se enderece urgente, y deje de bombardearle el camino a la reelección. Washington no luce presa de los nervios. Y, por cierto, la Fed tampoco.

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