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Bobby McFerrin hasta hizo cantar y bailar
Bobby McFerrin: showman prodigio, hace con su garganta y su cuerpo lo que quiere, para mayor gloria del jazz.
La mayor virtud de Robert «Bobby» McFerrin es la de hacer con su garganta y con su cuerpo cosas que nadie, hasta su aparición, había podido hacer. Con eso, más una importante formación musical -que siempre queda mejor expuesta cuando se cruza con otros músicos en discos o conciertos o cuando dirige orquestas sinfónicas-, se ha ganado un lugar muy importante en el mundo de la música, tanto en el reconocimiento de la industria -que lo ha premiado con algunos Grammy- como del público y la prensa.
Este simpático neoyorquino de 61 años jamás había venido a la Argentina. Eso, más el reconocimiento del que hablábamos, le alcanzó cómodamente para colgar el cartelito de localidades agotadas es una fría noche invernal y en día laborable. Y si nos basamos en el enorme entusiasmo que atravesó todo el recital, deberíamos concluir que la multitud que llenó el Gran Rex sintió muy bien justificados los altos precios de las entradas -de unos u$s 100 para las mejores ubicaciones-.
McFerrin hizo un derroche de habilidades casi circenses con su garganta, con los palmoteos en su pecho, con los golpes de glotis, con los violentos y siempre impecables cambios de registros y timbres vocales, con el excelente aprovechamiento de su micrófono. Pero además, convocó a gente del público para bailar improvisadamente sobre sus propias creaciones en vivo, bajó a la platea para hacer dúos con sus fans, hizo subir a numerosas personas -pidió 16 voluntarios y terminaron siendo unos 40- para rodearlo de un coro amateur, planteó -y logró excelentes resultados- un juego didáctico con sus pies y un imaginario teclado, armó otros coros con toda la audiencia, citó a Johann Sebastian Bach
-siempre una referencia con sus acordes preludiados-, compartió con la gente el «Ave María» de Schubert. Y tuvo al acordeonista misionero Chango Spasiuk para compartir un rato de show, en una improvisación conjunta -y no tan lograda- primero, y en un chamamé clásico -»Kilómetro 11"- que tocó el argentino y él acompañó con humildad.
No es correcto decir que Bobby McFerrin «canta»; o al menos, no en el sentido más convencional de la palabra. Casi todo su espectáculo está basado en lo que se le va ocurriendo, y sólo pocas veces suenan melodías y/o letras reconocibles -»Blackbird» y «Body and Soul» fueron de los pocos casos-. McFerrin es, sobre todo, un gran entretenedor, un animador de masas, un artista de «stand up» musical -aunque actúa casi siempre sentado-. Es un hombre capaz de meternos en una fantasía infantil, divertirnos, hacernos cantar y bailar, y encima hacernos suponer que fuimos parte de un concierto de jazz.


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