- ámbito
- Edición Impresa
Bolaño provisional y cautivante

«Para Padilla, recordaba Amalfitano, existía literatura heterosexual, homosexual y bisexual. Las novelas, generalmente, eran heterosexuales. La poesía, en cambio, era absolutamente homosexual. Dentro del inmenso océano de ésta distinguía varias corrientes: maricones, maricas, mariquitas, locas, bujarrones, mariposas, ninfas y filenos. Walt Whitman, por ejemplo, era un poeta maricón. Neruda, un poeta marica. William Blake era maricón, sin asomo de duda, y Octavio Paz, marica. Borges era fileno, es decir de improviso podía ser maricón y de improviso simplemente asexual. Rubén Darío, una loca». Así, con una de sus provocativas bromas intelectuales, con ese sello que lo hizo inconfundible, comienza Roberto Bolaño esta dislocada novela dedicada «a la memoria de Manuel Puig y Philip K. Dick», en la que trabajó desde los años 80 y que la temprana muerte del escritor chileno dejó inconclusa.
Oscar Amalfitano, el que comienza la novela con sus recuerdos, que es el gran protagonista de una historia plena de personajes atractivos, es un profesor de literatura chileno con amigos escritores, lo que permite a Bolaño hablar de forma graciosamente irreverente sobre sus colegas. A Amalfitano el Golpe de Estado de Pinochet lo arroja al exilio. Viudo de una bellísima mujer se lanza con Rosa, su hija adolescente, a un largo peregrinaje por centros de estudio y ciudades. Sus mayores estadías, aquellas en las que se centra la novela, son en Barcelona, donde (con un cierto guiño a «Muerte en Venecia» de Thomas Mann) descubre su homosexualidad, y mantiene relación con el poeta Padilla y su grupo.
Al ser amablemente expulsado de la Universidad (o renuncia a su cátedra, o soporta un lindo juicio por corrupción), Amalfitano se ve necesitado de aceptar un cargo de profesor en México, en la remota ciudad de Santa Teresa, en el estado de Sonora, donde se encontrará con las hermanas Expósito y asesinatos de mujeres que remiten a los que ocurren en la realidad en Ciudad Juárez, y un conjunto de otros personajes tan disparatados como atractivos, como un mago, y dos hermanos gemelos, uno comisario y el otro rector universitario, que por momentos recuerdan a personajes de novelas de Leopoldo Marechal, como en su estructura libre tiene algo del Cortázar de «Rayuela». Amalfitano enseña a sus alumnos que «un libro es un laberinto y un desierto, que lo más importante del mundo es leer y viajar, que tal vez sea la misma cosa, sin detenerse nunca».
Y esta novela, que tuvo durante lustros entre sus manos Bolaño, es un laberinto y, al quedar abierta, también desierto. Pero un desierto que tras cada médano, en verdad una breve duna, aparece una magnética sorpresa, una nueva sucesión de impredecibles historias, un calculado estímulo, que lleva a seguir leyendo para saber de esas vidas atrabiliarias. O entregándose simplemente a esa escritura bolañiana tan provisional como visionaria. Y encima regala cada tanto esos juegos que más que metaliterarios, como ha dicho Mansoliver Ródenas, son intraliterarios. Por caso cuando ofrece una de esas divertidas listas, amadas por Umberto Eco, sobre «El papel del poeta» (Bolaño comenzó como poeta) donde el más feliz es García Lorca, el más ameno, Borges y Nicanor Parra, el banquero del Espíritu, T.S. Eliot, y sigue con todos los poetas que uno recuerde o imagine.
No es ésta la gran novela de Bolaño como «Estrella distante», «Llamadas telefónicas», o sus obras magnas «Los dectives salvajes» y «2666», pero es otra cautivante historia de uno de los mayores escritores hispanoamericanos de la segunda mitad del siglo XX; el que abrió caminos a la narrativa del siglo XXI.
M.S.


Dejá tu comentario