A veces los héroes no tienen pinta de héroes. Ni los distribuidores de cine-arte parecen lo que el público supone que debe ser un difusor del cine-arte. Por ejemplo, Pascual Condito, tano gruñón, distribuidor de obras de artistas mundiales y sobre todo de aspirantes locales, productor enfrentado a los grandes molinos, incluso actor, es un auténtico héroe del negocio cinematográfico. Aunque no lo parezca. Y aunque en alguna parte de este documental nos recuerde más bien a Homero Simpson de entrecasa.
Así lo vemos en sus esfuerzos cotidianos dentro de la casona que supo tener en Riobamba. Detalle valioso: ahí mismo funcionaba el Ente Nacional de Calificación Cinematográfica, vulgo censura. Ocupar ese edificio fue como una justicia poética. Cuando existía el Ente, él estaba a la vuelta, en un sucucho donde había que entrar de a uno, pero que era su atalaya contra la censura. Y antes de ese sucucho dormía en un depósito, entre las latas de películas de un distribuidor amigo. Ahora se fue allá por Chacarita. La película registra esa mudanza, y refiere de paso otras mudanzas, relativas a los gustos, los compromisos, su intenso amor al cine y su variable estado financiero.
Registra además diversos episodios, charlas inefables con colegas, directores jóvenes, amigos, familia, pacientes y leales empleadas, y hasta consigo mismo. Poco antes de morir, el director italiano Salvatore Samperi quiso hacer una película sobre Condito. Y ya hay una miniserie sobre él, Este documental de Marcos Martínez deja un poco con ganas, pero es un buen aperitivo, y toda una enseñanza de vida para quienes quieren saber lo que hay, no solo detrás de la pantalla, sino detrás de las boleterías.
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