26 de agosto 2014 - 00:00

Buitres: cuando uno no elige

Economista jefe de FIEL
Economista jefe de FIEL
Hace exactamente un año escribí una nota en esta columna ("Los holdouts y el juego de la bomba") que empezaba criticando el cortoplacismo de no tomar en serio la resolución de la Corte de Apelaciones de EE.UU. respecto del fallo del juez Griesa, y pasaba a explicar por qué el Gobierno tiene bastante razón en su postura frente a los holdouts, y terminaba imaginando un cambio de jurisdicción que nos exponía a una situación de rebeldía frente a la ley norteamericana y planteando la necesidad de alguna acción colectiva. Aquí estamos un año después en este preciso escenario. El Gobierno reclama apoyo para validar su estrategia de confrontación que es mostrar que se sigue pagando la deuda, pero que no resuelve el fondo del problema de cómo evitar un default abierto y no repudiar un proceso judicial limpio y transparente. La oposición ve ahora claramente estos problemas. Y no quiere ser usada para una aventura que termine en un default envuelto en una falsa antinomia. Pero la oposición tampoco tiene un diagnóstico claro de cómo resolver el problema de fondo y en cambio existe el peligro de que varios segmentos se vean atraídos, aunque digan lo contrario, a apostar a un escenario en donde la bomba le explote al Gobierno.

Vayamos a revisar la posición del Gobierno y olvidémonos por un momento de la crítica obvia de si no lo debería haber pensado antes. Lo que la movida del Gobierno argentino intenta hacer es elevar la apuesta para que el sistema internacional de resolución de disputas por deuda soberana no termine con los gobiernos atados de rodillas a mecanismos extravagantes de implementación en los juzgados de los domicilios de pago. Lo que la Argentina está haciendo valer es su condición de país soberano frente a la emergencia de mecanismos que van a dejar precedentes muy preocupantes en el sistema económico mundial. El Gobierno sostiene que la aceptación de someterse a los juzgados de EE.UU. no implicaba aceptar caer en mecanismos como los que estamos viendo y que si la doctrina del juicio se impone vamos a ver mucho más que un problema de holdouts futuros en el mundo. La doctrina es llevar a resolver el problema de los default de deuda soberana dejando de llamar soberana a esa deuda. Nada va a detener que la declaración de un default soberano venga acompañada de un bloqueo financiero y comercial. Y eso no puede ser admisible en las relaciones internacionales del siglo XXI.

Ahora vayamos a las dudas y el problema de la oposición. ¿Dónde nos lleva este planteo del Gobierno? ¿Cómo hacer esto compatible con una política de Estado sostenible que nos devuelva a la normalidad? ¿Es relevante el comportamiento de la oposición ahora para determinar las expectativas de los mercados? ¿Puede la oposición hacer un señalamiento que ayude a que los tenedores de deuda tengan paciencia? Éstas debieran ser las preguntas del millón para la oposición frente al debate y la votación que se abre ahora. Decir que no se va a acompañar esta ley es una posición táctica (y compatible con el juego de la bomba) pero esto no hace desaparecer el problema de fondo. Porque la oposición tampoco ha expresado una visión global del problema. Una parte de la misma piensa que tal problema global no existe. Y la que sí acepta que existe no está de acuerdo en acompañar con el voto. Al contrario, este sí es un problema global y la solución por su naturaleza y magnitud (y dadas las reservas que tenemos) tiene que ser global y asistida por los organismos financieros del sistema económico mundial. Pero esto es, justamente, lo que el Gobierno no está en condiciones de hacer. Aquí es donde se debería abrir la fisura insalvable entre el Gobierno por un lado y la oposición por el otro. En tomar la votación de esta ley como la oportunidad para ir definiendo cómo va a hacer la Argentina para conseguir el apoyo político y financiero internacional que la ayude en 2016 a revertir este juicio y establecer las bases para un sistema de resolución de deuda soberana más eficiente y justo. La oposición puede empezar a señalar que va a buscar una solución asistida por los organismos multilaterales y contribuir a que las expectativas de los tenedores de deuda no terminen precipitando un default generalizado. En un sentido mucho más amplio, a la oposición le falta todavía encontrar al Raúl Prebisch que la ayude a pensar cómo manejar económicamente al país después de una década de populismo, al tiempo que lo haga mirando al mundo y reclamando, con solvencia y no con adjetivos descalificativos, un orden económico internacional más justo. El problema de encontrar a este Raúl es que no está claro que la oposición ni siquiera quiera buscarlo.

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