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“Buscamos divertirnos desde y con la literatura”
En sus tres novelas publicadas, Luis y Franco mezclan peripecias literarias con policiales, situaciones reales e inventadas, usan fotos, textos, poemas y documentos falsos que parecen ciertos.
Periodista: Hay dúos de escritores que partieron de ser amigos para escribir algo en común. Grandes ejemplos son Erckmann-Chatrian, y Borges-Bioy Casares. ¿Ustedes cómo se conocieron?
César Franco: En talleres literarios. Yo iba a uno que dictaba Martha Lynch, en la Librería Española. Después de unos tres meses de trabajos sobre el cuento, pasamos a reunirnos con ella en un departamento de Avenida del Libertador. A la vez se fue formando un grupo autónomo que se reunía en bares y en una casa de San Telmo. Ahí nos conocimos con Carlos, que coordinaba ese taller paralelo y traía las consignas con las que se trabajaba. Con los años, fundamos juntos la revista «Maniático Textual».
Carlos Luis: Esa revista la sacamos en 1989, en época de hiperinflación. Aparecía mensualmente hasta que tuvimos que sacarla cada dos meses y se acabó. Duró tres años, pero hacerla fue muy divertido; había juego, humor y literatura, algo que luego estaría presente como algo central en nuestros libros.
P.: ¿Cómo se pusieron a escribir novelas juntos?
C.L.: En los talleres se fomentaba la escritura creativa en común. Así como cada uno, éramos siete, producía sus textos, se nos ocurrió hacer una novela colectiva. Fue un fracaso espantoso, pero quedó la idea. En un momento determinado parecíamos miembros de una familia y eso atentaba contra la escritura. Dimos por terminado el taller y seguimos juntos los más amigos, como César y yo. Unos años después, decidimos juntarnos a trabajar en una novela. Partimos de una nota que sacó César en la revista sobre un escritor perdido. Empezamos a inventar su historia, y encontramos en un ejemplar de la revista «Martín Fierro» de los años 20 una foto de una cena en honor a un pintor, donde al pie está el nombre de todos los asistentes, salvo uno, que era N.N.. Ahí dijimos: éste es Ignacio Urriza. Ahí vimos el rostro del escritor de la nota de César.
C.F.: En mi artículo contaba de un «escritor anonimista», que no había publicado nunca nada con su nombre y del que sólo se habían encontrado fragmentos, principios de novelas, finales de cuentos. Era hijo adoptivo de una familia japonesa, porque los padres murieron en un accidente ferroviario. Carlos tuvo la idea de una editorial perdida, declarada en quiebra, cuyos papeles van a parar a un volquete. Eso nos permite diversificar el trabajo: uno se va a dedicar a descubrir qué material hay en el volquete y el otro a la investigación del escritor desconocido. Aunque los dos hacíamos aportes en ambos sectores.
C.L.: En el volquete había de todo un poco, cartas, poemas, fragmentos, recibos. Ulises Petit de Murat le cuenta al editor que el folletín «El enigma de la calle Arcos» que salió en «Crítica» lo había escrito Borges, pero que como tenía aversión a ese género, no quería reconocerlo como propio. Hay un proyecto de Roberto Arlt, poemas de Alfonsina Storni, borradores de Macedonio Fernández, un rechazo de «Cien años de soledad» y, entre otras cosas, un reportaje donde aparece el movimiento literario del «anonimismo». Barrales, dueño de la editorial Centella, contrataba escritores. Le interesaba la obra, pero no el autor. En esa situación cayó hasta Rulfo, y también el buscado Urriza, que así supimos que era amigo de Manzi y que, según se dice, fue amante de Mujica Láinez, esto porque se sabe que estuvo mucho tiempo viviendo en «El Paraíso». Llegamos a publicar avisos en Clasificados de «Clarín» buscando datos del escritor Ignacio Urriza, y tuvimos algunas curiosas respuestas.
P.: Luego de «El escritor perdido» escriben «La máquina de matar lectores» y «Las vidas posibles de Angélica Inés», todas con características metaliterarias y metaficcionales, con relaciones constantes con figuras de la literatura argentina.
C.F.: Lo descubrimos después. En la primera tratamos del autor perdido y las imposiciones del editor, una metáfora sobre las dificultades del oficio del escritor. La segunda es un policial sobre el lector en la antinomia entre el libro de papel y el libro electrónico. La investigación se reparte entre un detective privado, un investigador literario que busca la supuesta autora de una obra erótica a punto de publicarse y un policía que tiene que entrar en «el sospechoso mundo de la literatura». El punto de partida es que alguien mata a un hombre en la Biblioteca Nacional sacudiéndole en la cabeza «Los Sorias» de Alberto Laiseca, novela grande y gruesa. Y la última trata de un personaje de novela que pide ser reivindicado. Elegimos a Angélica Inés, una de las escasas mujeres de Onetti, porque él divide sus mujeres entre locas y putas, y ella no entra en esas categorías y siempre aparece tangencialmente.
C.L: Angélica Inés está harta de la vida de porquería que le dio Onetti. Va a ver al editor Barrales, hijo del dueño de editorial Centella, que tiene un fichero con personajes que leyó o que conoció, para pedirle si puede encontrar historias donde ella participe con mayor trascendencia. Barrales recurre para eso a Carlos Correa, el escritor que ayuda en la búsqueda de «La máquina de matar lectores».
P.: Tomaron la figura de un escritor del Grupo Contorno, un amigo de Oscar Masotta y Juan José Sebreli.
C.L.: Se le parece sólo un poco. Nuestro Correa es un perdedor porque escribe ideas que parecen sinónimos, salvo excepciones. En «La máquina de matar lectores» un e-book, con un texto de Correa, es usado para intentar matar a Reynoso, el investigador literario que intervenía en textos, que trató de salvar a Gregorio Samsa de su metamorfosis y de aclarar lo que había sucedido en la «Casa tomada». Pero, volviendo a Correa, al final logra editar su libro de cuentos en la misma editorial que nos publica a nosotros. Pero sigue atado a Bertolini, un librero que se dedica a comprar textos y revenderlos y es a quien Barrales le pide que le acerque un escritor que sea capaz de desarrollar un folletín donde Angélica Inés sea la figura principal. Correa es contratado. Ahí comienza, como ocurre en todas nuestras novelas, una danza de personajes reales y de ficción, tan desaforados unos como otros.
P.: En la primera novela homenajean a la bohemia de los años 20, en la segunda a la generación de los 60, de Correa a Piglia y Laiseca, en la última juegan con formas posmodernas. Lo más curioso es que las historias son entretenidas, y muestran que se divirtieron creando situaciones.
C.F.: Jugamos con la seriedad con que juegan los chicos cuando juegan de verdad. Intentamos divertirnos seriamente con una herramienta que es, dentro de los modos expresivos del arte, la que más nos interesa.
C.L.: Buscamos un género popular, el policial, porque como dice Piglia todo relato en el fondo es policial. Quisimos hacer algo que tuviera humor, que fuera linealmente entretenido, relatar muchas historias pero que se integran fácilmente, y para eso nos sirvió la estructura del policial. En «El escritor perdido» es un grupo literario que realiza la búsqueda de un autor desaparecido. En «La máquina de matar lectores» se investiga un crimen que se realizó con uno de los diez ejemplares especiales de «Los Sorias» que Laiseca entregó a quienes lo ayudaron a publicar su monumental novela. Entre esos diez está Piglia. Para el policía, los 10 son sospechosos, pero las claves que acercan a la verdad las logra el investigador literario. En «Las vidas posibles de Angélica Inés» hay diversas historias individuales donde figura esa mujer como protagonista, y tiene un investigador con un rasgo diferente, presenta la violencia con que se presenta habitualmente la autoridad en nuestro país.
P.: ¿Y ahora qué?
C.F.: Yo tiro puntas y voy al pie.
C.L.: Hasta ahora hicimos trilogía. Pero contamos con el estímulo de haber tenido muy buenas críticas y comentarios de las tres novelas. Algún amigo en broma nos dijo si escribíamos para la calle Púan [sede de Letras de la UBA], quien nos lea sabrá que no. En cuanto al futuro, nos pasamos debatiendo qué aspecto de la literatura ahora nos puede inspirar.
Entrevista de Máximo Soto


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