18 de junio 2010 - 00:00

Cafés para respirar la cultura de México

El Café de los Azulejos atrae desde su colorida fachada. El palacio colonial del siglo XVI hoy es propiedad del millonario Carlos Slim. Las enchiladas suizas son el plato preferido por los parroquianos.
El Café de los Azulejos atrae desde su colorida fachada. El palacio colonial del siglo XVI hoy es propiedad del millonario Carlos Slim. Las enchiladas suizas son el plato preferido por los parroquianos.
Entró al bar, hizo 15 pasos entre las toscas mesas de roble, y en uno de los puntos oscuros pegó un tiro hacia el techo. Así dice el relato que los meseros -tal como se llama a los mozos en México- cuentan a los curiosos que entran a la cantina La Ópera, ubicada en el casco histórico del Distrito Federal en el país azteca. Sin embargo, nadie sabe con certeza si la leyenda que protagoniza uno de los jefes de la revolución mexicana verdaderamente ocurrió. Pero eso no importa, la excusa funciona para que todos entren a ver los agujeros en el alto techo de este bar de fines del siglo XIX.

Éste es uno de los puntos obligados del recorrido turístico, luego de mirar en detalle los murales de Diego Rivera en el Palacio Nacional, caminar por el Zócalo, haber entrado a la Catedral y deambulado por el Palacio de Bellas Artes. Queda a escasas cuadras de todos estos puntos, sobre la calle 5 de Mayo. Los precios no son mucho más elevados que en otros bares de la zona. Una comida puede costar alrededor de u$s 40 por persona. Tomar un trago, u$s 10.

No sólo los turistas concurren a La Ópera para ver las huellas de los tiros de Pancho Villa. Los mexicanos saben que sirven abundantes platos, razón que justifica esperar para conseguir una mesa. Además, se sienten transportados en el tiempo a una cantina de principios de 1900: todavía conserva los muebles de esa época que dan una mezcla de encanto particular, aunque un tanto lúgubre y oscura. Salvan el lugar los espejos y las pequeñas ventanas.

Multifacética

Mucho más luminoso es el Café de los Azulejos, a dos cuadras de La Ópera, sobre la peatonal Madero. Al caminar por esa calle un día de fin de semana se puede encontrar una muestra de la cultura multifacética de México: cruzarse con mujeres de clase alta, que fueron de compras; familias enteras de paseo por el casco histórico; o escuchar a un violinista y a un saxofonista tocar el tango «Por una cabeza».

El Café de los Azulejos está en el corazón de una de las tiendas Sanborns, cadena que pertenece al multimillonario mexicano Carlos Slim. Es un palacio colonial del siglo XVI que debe su nombre precisamente a que su fachada está recubierta por azulejos. Pero el encanto no reside solamente en el exterior: hay cuatro salas distintas donde se pueden degustar platos típicos (el de mayor éxito, las enchiladas suizas), postres, tragos y antojitos mexicanos. En la planta baja está el restorán principal, en la parte medular del edificio. El techo deja pasar la luz del día, que recrea el patio de este palacio que fue residencia principal de los condes del Valle de Orizaba. Tiene unas delgadas y altas columnas y hasta una fuente.

Al subir la amplia escalera que lleva al primer piso, donde se encuentran las otras tres salas, un mural de José Clemente Orozco impresiona. Ya su nombre lo prenuncia: «Omnisciencia», que pertenece a su primer período como muralista. Arriba se puede tomar un té en un salón preparado para esto (que tiene unos simpáticos balcones desde donde se ve el Palacio de Bellas Artes), algunas botanas en el segundo restorán, o tomar un trago o unas chelas (cervezas) en el bar, de pisos y revestimientos de madera, en donde hay un piano de cola.

Aunque también tiene azulejos en su interior, el Café de Tacuba se enorgullece más de algunas de sus pinturas al óleo, creaciones de Carlos González, inspiradas en distintas etapas de extracción del cacao y de sus diferentes usos. Además, sus puertas de madera labradas, las pinturas de personajes coloniales, la niña en traje rojo, el retrato del benemérito José de la Borda, la dama engalanada y la presencia serena de Sor Juana Inés de la Cruz en copia del famoso óleo de Miguel Cabrera terminan de demarcar el estilo sobrio, pero a la vez alegre de este café, que fue fundado en 1912.

No falta algún día de fin de semana en que grupos de mariachis canten, mesa por mesa, algunas de sus lloronas canciones para los extranjeros. Pero hay otra relación con el mundo musical: la banda de rock Café Tacuba tomó su nombre inspirada en este café. Pese a la invasión turista, sigue siendo uno de los lugares preferidos por los ciudadanos aztecas. Entre los platos típicamente mexicanos están el pollo al mole poblano; tamales de dulce, de chile y de manteca; enchiladas y, para la tarde, panes dulces con chocolate, canela y manteca.

Estas tres son sólo algunas de las cantinas mexicanas, lugares que abundan en el Distrito Federal. Sólo en el centro histórico de la ciudad más poblada del continente americano hay cientos. Entrar a alguna de ellas es sumergirse un poco más en la manera de ser mexicana para no sólo ser un visitante extraño que observa con distancia cultural los murales de Diego Rivera, el Palacio Nacional o el Zócalo.

* Enviada especial a México

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