11 de noviembre 2010 - 00:00

Caída y resurrección como en un buen tango

Eugenia Ramírez Mori, actriz que canta expresivamente, se luce en «La cantante de tango», una historia chica de desengaño y recuperación con pocas palabras y bellas imágenes.
Eugenia Ramírez Mori, actriz que canta expresivamente, se luce en «La cantante de tango», una historia chica de desengaño y recuperación con pocas palabras y bellas imágenes.
«La cantante de tango» (Arg.-Bel.-Hol.-Sui., 2010, habl. en esp. y fr.). Dir.: D. Martínez Vignatti. Guión: D. Martínez Vignatti y L. Jabon. Int.: E. Ramírez Mori, B. Todeschini, O. Ferrari, D. Baret, A. Piro, P. Embrechts, J. Otero, P. Descamps.

Como es sabido, hay algunos tangos que, casi diríamos desde siempre, expresan mejor que uno ciertos momentos de la vida sentimental. Por ejemplo, la dolida y a la vez asombrada «Quién hubiera dicho», esa que comienza diciendo «¡Qué cosas, hermano, que tiene la vida!», y que aquí entona el maestro Oscar Ferrari, un verdadero regalo, a cuya memoria está dedicada la película.

La protagonista, Eugenia Ramírez Mori, actriz que canta, y lo hace bien expresivamente, se luce en varios temas, sobre todo en dos que de algún modo conducen la historia, y ella interpreta con diferentes matices, según van doliendo o curando las heridas de su personaje: «Alma en pena» («y yo que voy aprendiendo hasta a odiarte, tan sólo a olvidarte no pude aprender») y otro con letra del valioso director de nuestra época de oro Luis César Amadori, «Olvido» («Si pensara alguna vez en lo que fui, no tendría ni la fuerza de vivir»).

Por ahí va la historia, que avanza a través de unos pocos diálogos, varias canciones, y unas cuantas imágenes memorables, de la mujer queriendo acariciar por última vez la mano del hombre que ya no la ama, o caminando por una costanera lejana desde donde intenta llamar a quien no ha de contestarle, amasando el pan, acariciando el rostro de otro hombre, o sonriendo después de un largo tiempo. Una historia chica, de desengaño, abatimiento, resurrección y recuperación, sólo eso, y nada menos que eso.

Y también, claro, una historia con hermosos temas, buenos intérpretes, algunos guiños cinematográficos, locaciones en el país y el norte europeo, algunas situaciones oníricas bien colocadas, y hasta un par de temas de otro género, uno de ellos «Le temps du muguet», que acá se conoció como «Medianoche en Moscú» (y con una letra bien diferente a la original). Autor del film, el bahiense Diego Martínez Vignatti, a quien muchos registran como director de fotografía del mexicano Carlos Reygadas, si bien ya hizo dos películas muy personales, de buenos méritos, «Nosotros» y «La marea», ambas con la misma actriz, que es también su esposa en la vida real. Singular, disfrutable, vale la pena.

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