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Campo: fusiones y compras en una industria de u$s 100.000 M

Los orígenes de estos movimientos tectónicos se remontan a la irrupción biotecnológica de mediados de los 90. Monsanto apostaba no solo a cambiar el negocio de las semillas sino también a destruir al negocio de fitosanitarios con eventos de tolerancia a malezas, insectos, absorción de nutrientes y tolerancia a distintos tipos de estrés, entre otros.
El lanzamiento de la soja tolerante a glifosato fue un claro ejemplo de destrucción creativa al mejor estilo schumpeteriano. La introducción de esta innovación generó un estremecimiento en el mercado de tal magnitud que cambió los fundamentos del mismo. La combinación de glifosato con una semilla tolerante al mismo parecía imbatible a punto tal que las grandes empresas del sector abandonaron sus proyectos de investigación sobre herbicidas y se focalizaron en fungicidas e insecticidas de nueva generación. Aún más, los grandes jugadores de la industria siguieron los pasos del gigante americano y volcaron sus presupuestos de investigación y desarrollo hacia una combinación de biotecnología-semillas.
Esta revolución tecnológica generó un mercado de semillas transgénicas por un valor superior a u$s 21.000 millones al tiempo que redujo el mercado de fitosanitarios en más de 10.000 millones de dólares y cambió dramáticamente la composición del mismo convirtiendo al glifosato en la molécula más utilizada en el mundo.
A pesar de todo y en forma gradual este mercado comenzó a recuperase impulsado por la imparable demanda mundial de granos que generó un mayor uso de tecnología por hectárea así como la expansión de la frontera agrícola, principalmente en Mercosur. Asimismo, la caída del precio del glifosato generó una elasticidad precio-volumen que también ayudó a recuperar su valor original por sobre los u$s 45.000 millones.
Finalmente, desde el inicio de esta década hemos sido testigos del crecimiento explosivo de los problemas de resistencia de malezas y de insectos catapultando el uso de viejas moléculas que llevaron al mercado a un record de u$s 57 mil millones. La naturaleza se rebela frente a la mano del hombre y hay que recurrir a productos como el 2,4D que fue descubierto en 1945 ya que no hay ningún herbicida nuevo disponible para hacer frente a esta problemática.
Frente a los nuevos desafíos del agro entendemos que las soluciones requieren de la combinación de todas las tecnologías disponibles y que si bien la biotecnología ha sido la gran protagonista del mismo no es una solución mágica para todos los problemas como se llegó a pensar en el pasado.
En paralelo, la industria ha observado que el mercado de fitosanitarios no solo muestra signos de gran vitalidad a pesar de la caída de patentes sino que la próxima ola de eventos transgénicos no producirá cambios dramáticos similares a los generados hace 20 años.
Sin innovaciones que puedan generar desequilibrios dignos de Schumpeter, la industria opta por consolidarse. Se desató un frenesí de compras y fusiones que prometen cambiar la cara del sector en tiempo record. Monsanto encaró decididamente la compra de Syngenta pero ChemChina le ganó la pulseada. Ni cortos ni perezosos Dow y DuPont anunciaron una fusión mientras Bayer lanzó una oferta hostil para comprar a Monsanto que pasó de depredador a presa. Todo ante la mirada cautelosa de BASF, la empresa química más grande del mundo.
Este proceso recién comienza. Las oportunidades, amenazas, temores y consecuencias para el resto de los participantes del mercado (productores, distribuidores, competidores, entes públicos, etc.) se vislumbran borrosas e inciertas y esto genera nerviosismo en el complejo e interconectado ecosistema global del agro.


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