Cappa critica con humor nuestra idiosincrasia

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«La verdad». Dramaturgia y Dir.: B. Cappa. Int.: R. Tamburrano, S. Piacenza y otros. Dis. Vest.: P. Delgado. Dis. Luces: C. Del Bianco. (Beckett Teatro).

Las obras de Bernardo Cappa tienen la virtud de introducir al espectador en ambientes que rebasan los límites del escenario. Y esto se debe a que los conflictos en juego están íntimamente ligados al espacio por donde circulan los personajes. En «Amor y Tiros», por ejemplo, una guarida subterránea daba albergue a una misión policial y a un conflicto de pareja; mientras que en «La verdad», el público acompaña a tres frustrados viajeros durante una extensa madrugada, junto a una tienda de camping.

La sensación de estar a la intemperie se agudiza bajo esa penumbra nocturnal, apenas interrumpida por el uso de algunas linternas. La noche lo envuelve todo, desdibuja los límites entre escenario y platea, y coloca al espectador en la situación de alguien que espía.

En la carpa conviven Hugo (Ricardo Tamburrano) y Helena (Soledad Piacenza), una pareja en crisis, y Luis (Christian García), amigo de Hugo y reciente divorciado. La situación es incómoda: los dos hombres se jactan de ser escritores y compiten entre exageradas muestras de afecto. Helena, en cambio, está harta de los dos. Desprecia sus peroratas intelectuales y los contradice con una lógica absurda e hilarante. Por otro lado, es una seductora incorregible que nunca se hace cargo de sus histeriqueos.

Luego de este inicio en clave de comedia -y cuando ya todos duermen en calma- surge un nuevo conflicto con la aparición de dos extraños visitantes de traje oscuro (Martín Bertani y Yamil Chadad) conductores de un Fairlane que no quiere arrancar. Su pedido de ayuda suena amenazante y algunas de sus expresiones parecen trasladar la acción a los años 70, por ejemplo cuando afirman que están esperando «a Perón». Pero sólo se trata de una broma, entre otros engaños que irán enturbiando la situación hasta volverla cada vez más extraña y cambiante.

En un tercer giro argumental, los dos matones revelarán su verdadera misión (el traslado de una figura icónica de la Argentina, un cuerpo que podría ser el de Evita o el de Mirtha Legrand). Y aquí la trama deriva en un desenlace fantástico que habilita múltiples lecturas.

Más allá de estas divertidas peripecias, la pieza toca varios temas ligados a nuestra historia y a nuestra idiosincrasia y lo hace con humor crítico y a través de excelentes interpretaciones.

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