“Casi nadie escribió sobre la burguesía franquista”

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 «Uno de mis méritos ha sido saber aprovechar la suerte» dice con humildad Esther Tusquets, escritora que ha sido considerada «un clásico de las literatura femenina española de la segunda mitad del siglo XX», y que fuera conductora de la mítica editorial Lumen. Luego de novelas que provocaron escándalo o deslumbraron por su escritura, a los 73 años Esther Tusquets ha comenzado a publicar sus memorias, cuya primera parte es «Habíamos ganado la guerra». A su paso por Buenos Aires dialogamos con ella.

Periodista: ¿Qué es «Habíamos ganado la guerra»?

Esther Tusquets: Un libro de memorias, desde que recuerdo hasta los 20 años. Lo mío no son las memorias sino la ficción, donde cuento lo mismo pero con más libertad. El libro tuvo éxito, no me pregunte la razón. Mi hermano me escribió: «Me alegro que se venda, nunca pensé que las historias de tío Víctor y tía Sara le pudieran interesar a nadie». Yo tampoco. La gente se ha visto muy retratada, y no se ha sentido ofendida por nada. La burguesía catalana que yo pretendía ofender porque tengo muy bajo concepto de ella, ha estado encantada. Lo que les preocupa no es que fueron franquistas sino si la chica de la tapa es la Susy, que en el 36 era amiga de su prima o tal otra, y si esa que menciono es aquella fulana.

P.: ¿Qué intención la llevó a escribir estas memorias?

E.T.: Una, concreta, básicamente política. Un día en una fiesta en casa de una amiga, la poeta Marta Pesarrodona dijo: «la guerra la perdimos todos». No. Hubo muchos muertos, la pasamos mal, pero no la perdimos todos, y los que la ganamos tenemos que saber que la ganamos porque nos hemos beneficiado mucho. Y a los que la perdieron no les permitimos olvidarse de que la habían perdido. Ahí salió que se habían escrito muchos libros desde el punto de vista de la izquierda, que la habían pasado muy mal y habían escrito buenas novelas, y desde el bando de la burguesía franquista, que hoy casi nadie dice que lo era, muy poco. Entonces pensé que algunos recuerdos míos podían sorprender o interesar.

P.: ¿Por ejemplo?

E.T.: La tontería, que para hacernos los documentos no hiciéramos cola sino que la policía viniera a casa a hacerlos. Que cuando tuve una relación con un actor de teatro bisexual, estuvieran las fichas de la policía en manos de mis padres, eso era secreto. Si en vez de una persona humilde hubiera sido un niño bien, no hubiera habido ficha en la policía ni redada ni hubiera pasado nada de nada. La injusticia se daba así. Muchas chicas de mi clase, y hombres supongo que también, la debieron vivir de ese modo. De muy pequeña supe que aquello no podía funcionar, algo fallaba, era muy brutal. No entendía que se podía echar a una criada porque se vestía como una señora. O por qué no podía cantar mientras trabajaba. O el «no te preocupes, los pobres no tienen frío, lo sienten de otra manera». La gente como yo no conocía a nadie del otro lado. Cuando comencé a militar en la izquierda, recuerdo el día que dijeron: «¡tenemos un obrero, tenemos un obrero!» [Se ríe]. Éramos niños bien con mala conciencia. Habíamos vivido muchas cosas.

P.: No la pobreza.

E.T.: Para los pobres hacíamos obra benéfica, y lo que se tejía para ellos eran cosas horribles. Esa bufanda que estás haciendo no tiene por qué tener esos colores tan espantosos. Es para los pobres. En el colegio, el curso hizo una canastilla para un niño que iba a nacer en un barrio obrero, y fuimos a llevarla para que nos concienciáramos. A mí la pobreza extrema, el frío, la falta de luz, no me impresionó, pero la actitud de las mujeres que nos recibieron me dejó anonadada: darnos las gracias mil veces, decirnos que éramos maravillosas, unas santas. Llevamos unos zapatos que eran para un niño de 3 años. Fantásticos, le vendrán muy bien al bebé. Dios mío, cómo nos mienten. Era muy tremendo todo aquello. También en el aspecto religioso.

P.: Y su familia tenía un padre franquista y ateo.

E.T.: Que después se pasó al bando de los hijos. Èramos una familia muy rara, no había ateos en la burguesía. Todos decían que iban a misa y por ahí iban a una casa de citas, lo que más se encontraba en esos lugares eran misales y mantillas. Un tío a las cinco de la tarde decía «me voy al rosario», y todos sabíamos que se iba a ver a la fulana.

P.: Esa voluntad de mostrar lo que se oculta está en su obra de ficción, donde revela cosas que se ocultan de la mujer, de la sexualidad, cosas nada tradicionales en la narrativa femenina.

E.T.: No me di cuenta cuando comencé, en los setenta, pero ahora sí; cuando escriben sobre narrativa lesbiana, ponen mi libro «El mismo mar de todos los veranos» como el primero. Yo tenía miedo que se produjera mucho escándalo por mis hijos, lo demás me importaba nada. No pasó nada. En la vida debes hacer lo que sea y no pasa casi nunca nada.

P.: ¿Cómo se siente cuando la definen como una escritora clásica de las letras españolas de la segunda mitad del siglo XX?

E.T.: Me preocupan otras cosas. Por ejemplo envejecer. Merece la pena o no merece la pena vivir más. Si la vejez tiene algo maravilloso es que se está más allá del bien y del mal. Salvo el sufrimiento de los que quiero, el resto me es indiferente. De mi obra lo único que me molesta es que siempre me hablen de mi primer libro. No creo que sea el mejor, fue el primero y sorprendió porque era el primero. Es agradable vender, que te lean. pero nunca haré una gran novela. Eso sí, escribo bien, no soy una mala escritora, y si a la gente le gusta y le sirve, vale. A algunas mujeres les sirve más. Lo único importante es dar el máximo de felicidad posible para el máximo de gente posible. Todo lo demás no importa. Claro que para esto no hay que ser muy consciente, porque si piensas cómo están las mujeres en la cuarta parte del mundo y cómo está la humanidad en nueve décimas partes del mundo, no podrías vivir. No todo lo tenemos presente, nadie deja de dormir por lo que pasa en África, que se le da por perdida y a nadie le importa. Aquellas preguntas que nos hacíamos en la adolescencia, llega un momento que sabes que no tienen respuesta para nosotros.

P.: ¿Por eso escribió su dostoievskiana novela «Bingo», donde el juego manifiesta que se vive en constante pérdida?

E.T.: Escribí un relato que me gusta mucho en ese sentido de la pérdida ligada al tiempo. Está basado en una anécdota real, se llama «Dos viejas amigas» y pasa en Venecia. Una amiga me escribe diciéndome que necesitaba verme, que estaba muy mal. Cuando nos encontramos y nos dijimos lo que nos teníamos que decir, llegó lo que cada una le tenía que pedir a la otra. Tú que has estado en el antifranquismo a lo mejor tienes una pistola, para terminar. No tengo, pero yo venía a preguntarte si tú que tienes un hijo que es un gran científico, a lo mejor sabe la marca y la dosis exacta de las pastillas para que el fin sea poco doloroso, rápido y eficaz. Nos echamos a reír. Nos habíamos encontrado para lo mismo, y no porque nos pasara nada apremiante, horrible. Nos planteábamos si vivir más merece la pena. La risa nos respondió.

P.: Usted es recordada por ser la directora de una editorial mítica: Lumen, que comenzó de manera insólita.

E.T.: Totalmente insólita; me cayó encima. Uno de mis tíos, monseñor Tusquets, pudo escapar del comienzo de la guerra y en Burgos fundó una editorial de libros religiosos. Gracias a Paul Preston me enteré que se montó con dinero del cuartel general de Franco. Se llamaba Ediciones Antisectarios y era básicamente contra los judíos y contra los masones. Cuando volvieron de Burgos a Barcelona, le cambiaron el nombre y le pusieron Lumen, y comenzaron a editar libros para los cursos de religión y libros de santos y de mártires que eran un horror. El tío que llevaba adelante eso, que no era el cura, tenía una pequeña fábrica de perfumes, decidió poner todo su dinero en eso y le pidió a mi padre que le comprara la editorial, que se mantenía sola con lo publicado. A mi padre le dio cierta ilusión eso de editar. Nos dijo, a mi hermano y a mí, «ustedes cada tanto dicen éste libro no se traduce y debería estar en español, ahora tienen cómo hacerlo».

P.: Y lo hicieron.

E.T.: Al año sacamos tres libritos. Y todos se chiflaron con la editorial. Y a mí, que acaba de recibirme de licenciada en Historia, me pusieron allí. Mi padre dejó todo y se puso al frente de la editorial, mi hermano a diseñar. Nos decían que teníamos vida para dos años. Pero tuvimos una suerte loca. En Frankfurt, un agente de comics le ofreció a Carlos Barral «Mafalda», y él le dijo «qué me vienes con dibujitos», y su mujer: «los de Lumen que están comenzando han hecho libros con dibujitos, a lo mejor les interesa». A mí me había divertido la historieta, hice una edición de tres mil; no sabía que tenía un best seller mundial. Con Umberto Eco fue algo parecido. Barral no quería editarle un libro de artículos y nos lo pasó. Era «Apocalípticos e integrados». Y Eco estuvo encantado, por eso cuando escribió «El nombre de la rosa» se lo dio a Lumen, por una cantidad ridícula. Y así con tantos otros. Si tengo un mérito, es de haber sabido aprovechar la suerte.

Entrevista de Máximo Soto

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