29 de septiembre 2010 - 00:00

Casi un elogio a un autor pro nazi

Casi un elogio a un autor pro nazi
Enrique López Viejo, «Pierre Drieu la Rochelle. El aciago seductor» (Melusina, Madrid, 2010, 334 págs.) 

Hace unos 15 años, Mario Vargas Llosa confesó, en su artículo «El viejito de los juanetes», que lo intrigaba el culto que se ha ido coagulando en torno a la figura de Pierre Drieu La Rochelle, «la mitología que mana de él, su aureola de escritor maldito, cuyo suicidio, al final de la guerra, cuando iba a ser arrestado por colaborar con los nazis, clausuró una vida tumultuosa, de rebelde contumaz, agitador intelectual, don Juan impenitente (una de sus amantes fue Victoria Ocampo, a quien en Journal de Guerre se acusa de haberle sacado dinero valiéndose de tretas indignas) y con una nietzstcheana propensión hacia los excesos de la vida intensa y la muerte temprana». Al gran escritor peruano le producen «náuseas y una ilimitada repugnancia» los escritos de Drieu la Rochelle, y sólo salva, con entusiasmo, «El fuego fatuo», la novela sobre las horas finales de un heroinómano, que fue llevada al cine en 1963 por Louis Malle.

La biografía novelada que ofrece el historiador español Enrique López Viejo, si bien coincide en la repugnancia por la execrable ideología de Drieu, es mucho lo que de él salva, comprende y hasta pareciera perdonar.

Cierta vez que le recordaron que Borges en uno de sus cuentos había elogiaba la inteligencia de ese caballero que era «la distracción francesa de Victoria Ocampo», uno de los grandes amigos del autor de «El aleph» sostuvo que acaso era porque compartían, únicamente, los fervores por el heroísmo físico, el culto del coraje y la estética de las guerras. Y que para él Drieu era un petimetre, un borrador de cafiolo, un seductor profesional y un antisemita, un apologista nazi, un imperdonable fascista.

Hay algo teatral en la vida de Drieu, algo que López Viejo ve como agónico, melancólico, el emergente de una época violenta y decadente donde se enfrentaban ideas totalitarias. Un muchacho de la burguesía provinciana empobrecida, que decide ser un dandi, que mantendrá permanentemente como su uniforme de distinción. Sus dos casamientos, que no lo privan de visitas a prostíbulo, tienen una sospechable intención de lucro. Primero se une a la millonaria judía Colette Jeramec, que deja 8 años después, cuando ya le ayudó a establecer su carrera de escritor. Luego con Olesia Sienkiewicz, «la hija del único banquero pobre del mundo», que lo abandona por el médico Jacques Lacan. Desde Olesia a Christiane Renault, esposa del industrial Louis Renault, su última amante, Drieu, un infame misógino en su textos, construyó un extraordinario álbum de mujeres a su servicio.

López Viejo está entre los biógrafos que no creen que Drieu haya sido tan antisemita, porque no lo han leído con detenimiento. Lo cierto es que no era fácil dirigir durante la Ocupación la revista «Nouvelle Revue Francaise» si no se consideraba a Adolf Hitler como modelo de «el hombre nuevo». Y Drieu no sólo lo creía, lo escribió. Con la Liberación, los colaboracionistas fueron perseguidos, apresados y, en algunos casos, fusilados por los maquís. Drieu se escondió. Tuvo que hacer 4 intentos de suicidio para lograr escapar de este mundo. Dejó una cartita a su sirvienta: esta vez déjeme dormir. Como dijo Jean-Francois Revel, «si el fascismo y el comunismo, sólo hubieran seducido a imbéciles, hubiera resultado más fácil librarse de ellos».

M.S.

Dejá tu comentario