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Cautivante culebrón de Allende

Pareciera como si Isabel Allende hubiera previsto hace un par de años, cuando se puso a escribir esta novela en su casa de San Rafael, California, frente la bahía de San Francisco, la llegada de Barack Obama a la presidencia de los Estados Unidos. Se podría llegar a pensar que Zarité Sedella, la protagonista de «La isla bajo el mar», se parece a Michelle Obama. Y la esposa del Premio Nobel de la Paz 2009 no se sentiría molesta para nada de ser la imagen de esa «esclava mulata que se enfrenta a las limitaciones e injusticias, que supera el sometimiento y la discriminación social, para forjar un camino de libertad y esperanza para futuras generaciones».
Hay, sin duda, un fondo claramente demócrata en las desventuras de esta esclava de origen guineano de fines del siglo XVIII, que a los nueve años trabaja en una plantación de azúcar del francés Toulouse Valmorin en Saint-Domingue, hoy Haití en «todo aquello que mi amo disponga». Es la epopeya hollywoodense de una superación personal, del sometimiento a la liberación, desde la isla de los esclavos al ascenso social en Luisiana, Nueva Orleans, Estados Unidos y los cuarenta años de dicha que allí tendrá, antes de que aparezcan los primeros nubarrones que preceden a la tempestad de la más absoluta segregación. Es la mujer que logra ese sueño mítico de los esclavos que es alcanzar la «isla bajo el mar», ese lugar paradisíaco donde seres divinos y humanos conviven en absoluta libertad.
Zarité entre sus poderes «realistas mágicos» tiene el de estar convencida de que no le va a ir mal en la vida, dice: «voy a vivir largamente y mi vejez será contenta porque mi estrella siempre brilla. Y ese ritmo de tambores que sale de la isla bajo el mar me atraviesa y se lleva mi pesares».
Isabel Allende sostiene que esta novela participa de su ciclo de novelas históricas, para las que tiene que investigar y documentarse, donde están «Hija de la fortuna», «Retrato en sepia» y «El Zorro, comienza la leyenda». Ha dicho que su obra tiene en algunos puntos cierta cercanía en el tema de la novela «El reino de este mundo» del cubano Alejo Carpentier. Podría haber agregado que, como confesó Borges de Macedonio, por momentos lo imitó «hasta la devoción y el plagio». Claro que Carpentier pertenece al canon de Harold Bloom en el que Isabel Allende no entrará jamás. Así como el nombre de este libro, su concepción de la historia como aventura, recuerda «La isla del día de antes» de Umberto Eco, pero nuevamente nada que ver, también es de otra especie. Poco puede importarle a Isabel Allende, sabe que su historia de una mujer que deja de ser sometida, que es amiga de una prostituta, una curandera, una cocinera, las sucesivas esposas de su amo, que vive peripecias, amores y amoríos, tiene mucho de cautivante telenovela.
S.M.H.


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