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“Cerrar un cine es como si te cortaran un brazo”
Enrique González Macho inaugurará esta noche en el Gaumont la cuarta edición de «Madridcine», una semana de preestrenos españoles.
Periodista: Ante todo, ¿es cierto que le regaló las cuatro salas Renoir de Zaragoza a una sociedad de espectadores?
Enrique González Macho: No lo podían creer. Iba a cerrarlas, se asociaron para no perderlas, me pareció una idea muy bonita, romántica, de un colectivo popular en defensa de su cultura, y se las di enteramente equipadas, con todas las butacas y los contactos para que puedan trabajarlas con otro nombre. Pero no durarán. Sé lo que cuesta la lucha diaria.
P.: ¿Cuántas salas integran su cadena de cinearte Renoir?
E.G.M.: Vamos a ver, así de memoria no lo sé, pero (saca cuentas) entre cuatro ciudades me quedarán unas 60. Las de Palma de Mallorca, Zaragoza y seis de Barcelona ya no las cuento. También tengo buenas salas comerciales pero los edificios no son míos, y hoy sus dueños reciben ofertas demasiado tentadoras de firmas textiles. Antes nos invadieron los bingos. Es muy triste ir cerrando las salas. Así, de a una. Como si te cortaran el brazo en rodajas.
P.: Encima existen las bajadas de Internet.
E.G.M.: No estoy en contra, yo mismo fui pionero con el portal Filmin, pero para que eso funcione en beneficio de todos cada bajada debe aportar un retorno que permita la continuidad del negocio. Hasta ahora ese aporte es simbólico, sin peso positivo concreto en la economía. Al contrario, afecta a las salas, y ni los países más avanzados hallaron todavía la fórmula para mejorar esa relación. Los jóvenes de la generación «todo gratis» no lo entienden, pero ¡nada es gratis! Ni el aire que respiramos, que muchas veces lo deben purificar.
P.: ¿Y qué pasó con el IVA?
E.G.M.: Pues que subir del 8 al 21% los espectáculos de cine, teatro, toros y música es una salvajada. Habrá que trasladarlo al precio de la entrada, la gente se quejará, habrá menos comercio, por tanto menos tributación y más carne de paro, es decir, más porteros y acomodadores despedidos, por empezar. Pero ya veremos. La decisión todavía no se publicó en el Boletín Oficial.
P.: ¿Es decir que aún pueden hablar con el gobierno?
E.G.M.: Hombre, con todos los gobiernos se puede hablar. Lo difícil es que te escuchen. Como decía el lema de la revista satírica «La codorniz», «Pregúntame lo que quieras, te contestaré lo que me dé la gana». Los políticos son así, recién cuando se están yendo empiezan a conocer algo del tema sobre el que han decidido. Quizá sería mejor bajar el IVA, como hizo recientemente Holanda, que es un país civilizado.
P.: Vamos a temas menos molestos: ¿cómo se siente en la Academia?
E.G.M.: Da mucho trabajo pero no me quejo. Es muy activa, edita libros, organiza homenajes, tiene unas diez proyecciones diarias, es respetable y respetada. Al menos, no nos atacan. Y los socios que se van, generalmente se van por fallecimiento y no por voluntad propia. Ahora, yo pretendo que sea apolítica. Aunque alguna vez el 99% de sus miembros llegue a estar a favor de un determinado sector politico, no puede darle su apoyo en nombre de la entidad. Muchos miembros son muy politizados, y algunos son más mediáticos y se los oye más, pero todos deben ser iguales dentro de la Academia. Esa es mi opinión.
P.: ¿Cómo es su papel como coproductor con América latina?
E.G.M.: Casualmente acabo de participar en «El páramo», una película colombo-hispano-argentina que los americanos ya compraron para hacer su remake en plan bestia. Pasa algo interesante en Colombia, el presidente Juan Manuel Santos ha proclamado una Ley de Cine de tres folios muy claritos, donde ofrece un sistema de desgravaciones de hasta el 40% de los gastos salariales, de equipo, etc. Eso activará la coproducción. Y me gustó que en su discurso demostró gran conocimiento del cine. Si un presidente mío habla siquiera un minuto, mete la pata.
P.: Usted también ha posibilitado una difusión mayor del cine latinoamericano en España.
E.G.M.: Sí, más que productor creo que mi papel decisivo ha sido llevar y exhibir el cine latinoamericano a España, cuando no lo llevaba nadie. A la función privada de «Nueve reinas» no fue casi nadie, pasé una vergüenza enorme con el pobre Fabián Bielinsky, que en paz descanse. Ricardo Darín era desconocido, al estreno fueron unas pocas personas. Pero al día siguiente hubo más y así, hasta convertirse en un éxito que abrió las puertas a otras buenas películas argentinas. Ahora hasta hay cierta publicidad española con acento argentino, porque muchos perciben ese acento como símbolo de calidad. Y Darín es una garantía, en España es uno de los pocos actores cuyo nombre lleva gente al cine. No digo uno de los pocos actores argentinos, sino uno de los pocos en general. «Elefante blanco», un asunto difícil, se estrenó bien porque está él. Pero yo me cuido: si llega a actuar en una mala, no la llevo, porque me arruinaría la posibilidad de las siguientes y hasta la buena fama de las anteriores. El único cine que puede hacer bodrios con total impunidad es el americano.
Entrevista de Paraná Sendrós


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