27 de agosto 2009 - 00:00

Chanel, una flor en el pantano

Audrey Tautou,  Alessandro Nivola y Benoît Poelvoorde integran el triángulo en el que la directora Anne Fontaine eligió centrar «Coco antes de Chanel», un retrato bello pero exterior de la famosa diseñadora.
Audrey Tautou, Alessandro Nivola y Benoît Poelvoorde integran el triángulo en el que la directora Anne Fontaine eligió centrar «Coco antes de Chanel», un retrato bello pero exterior de la famosa diseñadora.
«Coco antes de Chanel» (Coco avant Chanel, Francia, 2009, habl. en francés). Dir. y guión: A. Fontaine sobre libro de E. Charles-Roux. Int.: A. Tautou, B. Poelvoorde, A. Nivola, M. Gillain, E. Devos, L. Cohen.

La vida de Gabrielle Chanel, vale decir Coco (1883-1971), es un cuento de hadas. Abandonada en un orfanato a los 12 años, alrededor de los 20, alternó por un tiempo un empleo de costurera con el de cantante de cabaret. Después, con talento, una determinación a toda prueba y los contactos adecuados, se convirtió en el ícono de la moda que conocemos al tiempo que un paradigma del triunfo de una mujer en un mundo en el que todavía no se discutía demasiado la «supremacía» masculina.

De ahí que de antemano pareciera buena la idea de Anne Fontaine («Natalie X») de contar la primera parte de la vida de Chanel, sólo conocida por lectores de memorias y chanelianos. Aunque no es exactamente lo esperado, la concreción de esa idea no está mal, ante todo porque hay que ser muy torpe para no entretener con una historia semejante. Por lo demás, la ambientación, el vestuario (naturalmente) y las imágenes en general llegan a deslumbrar y las actuaciones son parejamente buenas, salvando dos extremos: el almidonado «britanismo» del norteamericano Alessandro Nivola en el papel de Arthur «Boy» Capel, y la extrardinaria composición de Benoît Poel como el inclasificable Etienne Balsam. En el medio de ambos están Audrey Tautou y la Coco Chanel que diseñó Fontaine.

Para Virginia Woolf, el principal motivo de que tantas biografías fracasen es que «Dejan fuera la persona a quien le ocurren las cosas; la razón es que es muy difícil describir a un ser humano. Dicen Esto es lo que pasó, pero no dicen cómo era la persona a quien le pasó». De algo así adolece la película de Fontaine.

Su Coco cumple con todos los signos exteriores: el cuerpo escuálido, perfecto para la caída de la ropa, su ropa; siempre un cigarrillo en la mano, ese tipo de detalles. El problema es otro. Demasiado fascinada por la leyenda de Chanel, la guionista y directora la pone a salvo de toda degradación al investirla de esa tan tentadora pero poco creíble integridad sin mácula de la flor en el pantano, así se la vea cantando «¿Quién vio a Coco en el Trocadero?» (posible origen de su seudónimo) para una sarta de borrachos en el cabaret o siendo humillada por Balsam, el primero que eligió para benefactor. Esto último es literal: se presentó en su castillo de Royallieu, se instaló allí, absorbió usos y costumbres como una esponja y no se fue ni aunque la echaran hasta lograr que su amante le financiara el primer negocio de sombreros. Este dato histórico -que bien precisa el libro del editor de «Vogue», Edmonde Charles-Roux en el que se basa la película-, está falseado, como varios otros hechos, en aras de la «dramatización». En este caso, eso se hace para centrarlo todo en un fantasioso triángulo entre Balsam, Coco y el empresario inglés «Boy» Capel, el hombre que supuestamente ella más amó y que más la amó a ella (aunque se casó con otra más presentable por ese entonces) y que acá se quiere mostrar como su descubridor y mecenas. Este punto de vista deja flotando la improbable creencia de que la vida de Chanel habría sido muy otra si Capel la hubiera desposado.

Ese y otros detalles hacen que el asunto (y buena parte de la actuación de Tautou) resulte un poco ñoño. Por lo que se sabe de Coco Chanel, para caracterizarla debidamente hacía falta mucho más que las caritas enfurruñadas que le hace poner Fontaine a la actriz protagonista. Esta no es la mujer que durante la segunda guerra coqueteó si no con el nazismo, al menos con un nazi, que no trepidó en comprarle su casa a precio vil a su amiga Colette cuando el marido de la escritora estaba quebrado, y que consideraba los intentos reivindicatorios de sus empleadas como una injuria.

Por eso, lo que mejor pinta al personaje en esta historia son los momentos en que se muestra la génesis del arte de Chanel: la manera en que mira o toca las telas, el convencimiento con que arranca plumas, flores o puntillas de vestidos y sombreros, la concentrada avidez con la que vigila cada detalle de las modelos en la escena final de la película. Ahí aparece, por fin, la figura mítica que liberando a las mujeres de corsets y otras torturas cambió para siempre la industria de la moda. Y es también ahí donde Audrey Tautou termina de sacarse de encima el ya fastidioso fantasma de «Amelie».

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