17 de enero 2011 - 00:00

¿Chispa libertaria para la región?

El Cairo - ¿Sumirá la revolución tunecina al país en un estado de caos o lograrán el Ejército y la oposición restaurar rápidamente el orden? De estabilizarse la situación, los tunecinos podrían convertirse en ejemplo a seguir por los insatisfechos desde Rabat hasta Damasco.

No fue un golpe de Estado ni tampoco una presunta liberación con tanques estadounidenses, sino una revolución árabe. Por eso, el levantamiento de los tunecinos podría adoptar un carácter modélico para millones de árabes que desde hace décadas sufren la corrupción de sus dirigentes.

Sin embargo, si el experimento resulta un fracaso y los ciudadanos y el Ejército no logran en los próximos días poner fin a los saqueos y a la práctica de tomar la justicia por su mano, entonces la situación podría paracerse a la resaca tras la invasión estadounidense en Irak.

«Un presidente se derroca sin tanques y sin una declaración de un nuevo líder. Esto es una novedad en la historia árabe», afirmó un comentarista del diario Al Hayat. «El pueblo tunecino pagó el precio por la libertad y derrocó al tirano», alabó el partido de izquierda egipcio Karama.

Y también el centro Al Quds de estudios políticos, en Jordania, cree que otros árabes deberían aprender de la «revolución tunecina».

Pero no sólo los movimientos de oposición y la mayoría silenciosa del mundo árabe deben sacar sus conclusiones por el derrocamiento del régimen de Ben Ali en Túnez. También la mayoría de gobernantes árabes se apresuró, superado el primer shock, a tomar posiciones.

Algunos de ellos se solidarizaron con los revolucionarios, posiblemente también para evitar que la chispa revolucionaria pasara a sus propias poblaciones.
El Ministerio de Exteriores egipcio destacó que respeta la voluntad del pueblo tunecino, mientras el diario sirio Al Watan, cercano al Gobierno, escribía que «la lección de Túnez no puede ser ignorada por ningún régimen árabe».

Los únicos que se situaron sin peros del lado del presidente caído Zine el Abidine Ben Ali son los sauditas, que acogieron al ya ex mandatario y a su familia, y el jefe del Estado libio, Muammar Gadafi.

Pese a que Gadafi lleva en el poder más de 40 años, sigue haciéndose llamar «líder de la revolución», aunque no le gusta que haya otros revolucionarios a su alrededor. «Túnez se ha convertido en un país gobernado por bandas», criticó.

Pero no sólo los gobernantes árabes se vieron sorprendidos por la rápida caída de Ben Ali, sino también los islamistas de la región, que ansiaban su caída, se vieron superados por los acontecimientos. Sus líderes y partidos saludaron la revolución de los tunecinos, desde Hizbulá hasta el clérigo televisivo egipcio Jussif al Karadawi. Pero al mismo tiempo se podía palpar su decepción ante el hecho de que no fueran los islamistas quienes hubieran derrocado a un jefe de Estado árabe prooccidental.

Agencia DPA

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