• Papeles secretos I: Angola y Uruguay, amigos que pueden ayudar • Kofi Annan en función piloto • ¿Y si los marinos hubieran sido considerados como prisioneros de guerra? • Papeles secretos II: nadie quiso escuchar lo que dijo Cristina sobre la reelección • El envión para nacionalizar las elecciones legislativas de 2013 • La conveniencia de la oposición de provincializarlas.
J. Pérez de Cuéllar
Abundan en estas horas documentos discretos para tomar decisiones en la política, que navega sin luces. Por ejemplo, en lo que se refiere a la crisis por el cautiverio de la fragata Libertad, un entuerto que -como admite el Gobierno- recién comienza. Este diario puso en el bolillero al ghanés más famoso en el mundo, el exsecretario de la ONU Kofi Annan, como parte de uno de los escenarios analizados por expertos del Gobierno. Esa línea quedó condicionada a la gestión que prometió Ban Ki-moon a Héctor Timerman que hará ante el Gobierno de Ghana. También enfrió el entusiasmo por hacer jugar al exsecretario un dato que le acercaron al Gobierno: las relaciones entre Annan y el Gobierno actual no son las mejores. Como le ocurrió a Javier Pérez de Cuéllar (secretario de la ONU entre 1981 y 1992) en Perú, el tamaño de la leyenda de Annan le queda grande a la política de su país, cuyos dirigentes lo aíslan por temor a que se le ocurra ser presidente de Ghana. Annan queda en esta historia en función piloto para un nuevo round de negociaciones políticas, que no han terminado.
El documento de expertos más importante que analizó el Gobierno es el que indicó un camino alternativo al que se ha elegido hasta ahora -demanda ante organismos internacionales-. Aconseja una acercamiento político a dos Gobiernos, Angola y Uruguay. Con el primero hay buenas relaciones desde el último viaje presidencial; con el segundo existen diferencias en varios terrenos (dragado, contaminación en Botnia, barreras comerciales), pero la administración Mujica está dispuesta a mejorarlas en cuanto le den una oportunidad que Buenos Aires le demora. Esos dos países coordinan hoy una célula dormida que puede reactivarse para conmover al Gobierno de Ghana, el llamado Foro de la Zona de Paz y Cooperación del Alántico Sur (ZPCAS), creado en la ONU en 1986 y que integran 21 países africanos, más Brasil, la Argentina y Uruguay. La clave para una reactivación de esa vía de negociación con Angola en un foro obligado a acercar a las partes y evitar los conflictos es Ismael Gaspar Martins, representante de Angola ante la ONU y una de las personalidades más prestigiosas de ese país. En una crisis en la que se han destacado por su silencio otros sellos más conocidos, como Unasur, un empujón de dos amigos como Uruguay y Angola creará un terreno más fructífero que la elefantiásica y lenta burocracia de la ONU. El Gobierno tiene ya hasta el teléfono personal del embajador Martins, que sigue en gateras como Kofi Annan.
Para permitir estas vías que están abiertas hoy en los despachos oficiales para trámites que navegan sin luces, el Gobierno descartó otro escenario más ríspido y agresivo que ya no puede desplegarse: reclamar que Ghana tratase a la fragata Libertad como lo que es, una nave de guerra. Es decir, que asumiese ese Gobierno que no estaba deteniendo la prenda de un préstamo de escribanía sino un barco en misión militar y conducido por militares. En ese caso, los tripulantes habrían sido tratados como prisioneros de guerra, debieron recibir atención médica, alimentaria y psicológica según las normas de la Convención de Guerra de Ginebra. Debieron quedar detenidos, la nave debió ser mantenida con cargo al Gobierno de Ghana mientras esté en el puerto de Tema, o adonde quisieran correrla las autoridades. Escenario difícil y para espaldas anchas porque hubiera significado una señal hostil, casi de guerra, algo que no está en el libreto del Gobierno ni de ningún país de la región.
El dato más poderoso, y menos admitido por nadie, en la agenda actual, es lo que ha dicho Cristina de Kirchner sobre su reelección en público y en privado. Lo han escuchado todos pero, oficialismo y oposición parecen negar haberlo hecho. Se explica porque forzaría al oficialismo a buscar nuevos rumbos, un riesgo sin desencadenar una corrida política de cuadros hacia otras jefaturas (candidaturas) eventuales. También es comprensible en la oposición, porque reconocer que escuchó esos dichos le haría caer la campaña que desarrolla desde hace seis meses contra un nuevo mandato presidencial como manera de encontrar la ilusoria unidad de todo el arco detrás de una consigna. En Harvard, la Presidente respondió a la pregunta sobre un proyecto reelectoral con claridad: «No se trata de lo que yo quiero, sino de lo que debo o puedo. En realidad, es una cuestión abstracta porque la Constitución no permite mi reelección como Presidenta, o sea, va más allá de lo que yo quiera. (...) No es responsabilidad de esta Presidenta una reforma constitucional ni deseo de esta Presidenta una reforma constitucional, porque no depende de mí. (...) Se quiere instalar una discusión que puede existir en determinados sectores de la sociedad, pero no es competencia de esta Presidenta». En privado ha desmarcado del proyecto en términos más personales, y quizás más convincentes para quienes tienen una visión romántica de la política y entienden que la voluntad individual domina la necesidad, la hipótesis más que improbable y en la que cree mucho el público que mira la política, pero de la que descreen los protagonistas de ese oficio. Es un oficio en el que el voluntarismo declina ante la necesidad y suele llevar a sus actores a cierto fatalismo que, bien analizado, explica muchas veces sus decisiones.
Quienes han escuchado en privado la respuesta de la Presidente se han llevado una reflexión sobre la duración de los ciclos individuales y colectivos, como ocurrió en la última reunión de Cristina de Kirchner con ministros y Daniel Scioli, la semana anterior. Más entre cuatro paredes hay quien escuchó, en la misma línea sobre un nuevo mandato: «No sé, los ciclos se cumplen... Pero ojo, se cumplen para todos; para mí y para los demás». El interlocutor quiso precisiones y preguntó ¿para quien? «Y... -fue la respuesta-... para Grondona, por ejemplo». Desde esa fecha se devana el informante los sesos para saber a cuáles de los muchos Grondona que pueblan la vida pública se refirió. Aunque no admitan en el oficialismo el peso contundente de estas pruebas, se mueven ya con papeles para afinar la puntería para lo que viene, las legislativas del año próximo, en las que se jugará el peronismo la posibilidad de un nuevo mandato, para lo cual tiene que hacer una elección descomunal que los acerque a los 2/3 de los votos para una reforma constitucional. En su favor corre que la oposición manda a disputa la buena cantidad de bancas que ganó en 2009 y ese arco, para repetir el resultado, debe recomponerse, tarea más que difícil. En contra juega que en los principales distritos van a la reelección estrellas de la oposición que hacen sombra sobre la tierra y, por menos que junten, pueden llegar al piso que los mantenga en el Congreso. En Buenos Aires terminan, y buscarán reelegir, Francisco de Narváez, Ricardo Alfonsín, Margarita Stolbizer, Felipe Solá, Eduardo Amadeo. En Capital, Gabriela Michetti, Elisa Carrió, «Pino» Solanas. Córdoba tiene hoy un De la Sota enfrentado con Olivos. Santa Fe será escenario de la disputa de Hermes Binner (segundo en la última elección presidencial), Miguel del Sel y Agustín Rossi. Mendoza lo tiene a Julio Cobos de nuevo en carrera con aire de ganador. El peronismo tiene que ir a Entre Ríos -entre las provincias grandes en cantidad de votos- para confiar en un triunfo holgado.
Entre esos papeles que mueven los armadores del oficialismo se desenterró una hipótesis que siempre le ha funcionado al peronismo: en las ciudades de más de 50 mil habitantes la oposición tiene mejores chances de ganar, como ocurrió desde 1983 en la mayoría de los distritos. En esos conglomerados el peronismo puede mantener el piso del 32% de los votos. Pero en las ciudades de menos de 50 mil habitantes es donde mejor le va siempre al peronismo. Allí puede sostener elecciones con un piso del 40% que compensen los resultados más modestos de las grandes ciudades. La conclusión es obvia: una fórmula presidencial tiene que combinar a un candidato de provincia grande con otro, vice, de provincia con ciudades más chicas, seguramente del norte. Una legislativa tiene que adelantar ese escenario; por eso el dictamen de los gurúes que juntan fichas cerca del despacho presidencial es que en 2013 el peronismo tiene que nacionalizar las elecciones para polarizarlas. El llamador de tener los votos para una reforma no es despreciable; pero si no se llegase al número áureo de los 2/3, igual la cantidad de legisladores que obtiene cada uno de los polos, cuando una elección se divide en dos fuerzas, aumenta. La conveniencia de la oposición sería provincializar los comicios para lograr la renovación de las estrellas que vuelven al mercado electoral para renovar su empleo en el Congreso.
En este vértigo de especulaciones en el oficialismo se anotan las que refluyen sobre una división del peronismo en Buenos Aires. Las carpas están divididas entre quienes creen que habrá una escisión del peronismo no kirchneristas en cabeza del intendente Jesús Carilino que puede arrastrar a sectores del macrismo y del llamado peronismo federal y que tentará a un Sergio Massa para ser el candidato que enfrente a la Casa de Gobierno. Eso lo suman al sueño opositor de que Daniel Scioli se tiente a lo mismo. Del otro lado, con más argumentos, están quienes descreen de esa fantasía, entienden que el intendente de Tigre está atado como nunca al Gobierno y que es no entender el ADN del kirchnerismo eso de fantasear con un Scioli haciendo el «per saltum». De este lado lo ven a Massa como candidato a diputado nacional del oficialismo con la sola condición de que Scioli no hable más, por ahora, de una candidatura presidencial que Massa cree poder disputar también en 2015. El gobernador, hoy «candidato natural» del peronismo si no hubiera reelección, queda puesto en el rol que les cabe a quienes suben en la escala zoológica de la política: va por todo, pero tiene que hacerlo contra todos. Lo salva el hecho de que a Scioli no se le conozca, desde que debutó en política en 1995, ningún error estratégico.
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