Claves y señales (para entender)

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• Chocaron de nuevo estilos y estrategias • Los tres grandes cargos que no tienen reelección • Pelear medios es también revisar amigos y enemigos en la Justicia para proyectos más importantes • ¿Final del romance con la Corte? • En el Congreso pasaje mata sesión.

  • La fronda de las últimas 24 horas en el Congreso de los diputados pareció entregar toda la política a la batalla de estilos. ¿Los gritos acusadores del diputado Andrés Larroque, también llamado «Cuervo» (por sus amigos, claro), fueron una decisión estratégica del bloque del Frente para la Victoria o un exabrupto individual del legislador? Si fuera lo primero, estuvo a punto de voltear la estrategia de su bancada y del oficialismo porque la baja de edad electoral salió con apenas dos votos más de los 129 necesarios por ser una norma electoral (exige la mitad más un voto de la totalidad de la Cámara), total al que contribuyeron dos adversarios del Gobierno (Omar Plaini y Facundo Moyano), y el propio Julián Domínguez. Si fue una cuestión de estilo individual del diputado, se explica la bronca de sus compañeros de bloque, que ayer lo buscaban para pedirle cuentas de por qué casi hizo caer el proyecto más importante del Gobierno. 

  • Lo que la gente llama política es un entretejido de decisiones que mezcla especulaciones estratégicas con fiorituras de estilo. Las primeras no se advierten porque quedan en el secreto de los decisores; las otras se sobreexhiben con la intención de que esa gente crea que toda la política es estilo y marketing. Uno de los hallazgos dialécticos del actual Gobierno es haber embarcado durante varios años -es algo que está pasando- a opositores y observadores de la prensa en la discusión de cuestiones de estilo. Que si Kirchner usa traje cruzado o mocasines, o si Cristina de Kirchner usa relojes de oro, o si los dos llegan tarde o temprano a los actos, o si les gustan o no las reuniones internacionales. Distraer a los adversarios con esas pequeñeces evita el debate de temas de fondo y, además, descalifica al contendor, que queda enredado en minucias. La mirada neorromántica que domina en la visión criolla de la política cree que los hechos son consecuencia de la psicología personal y de la voluntad de los protagonistas, que son héroes o villanos como quería el historiador romántico inglés Thomas Carlyle (1795-1881), a quien se le atribuye la teoría del héroe en la historia. Como nuestros talentos, además, han abrevado en las doctrinas de la psicología de la conciencia del freudismo, que es otro rostro del romanticismo, el público y los observadores relacionan con simpleza esas superficialidades de estilo con cuestiones de fondo. El estilo sería el espejo del alma del político. Una sandez en un oficio en donde impera la necesidad por sobre la voluntad y la psicología individual. Creer eso sería entender que la política es sólo marketing y que las campañas pueden resolver los conflictos públicos, ya fueran elecciones o decisiones de gobierno. Un error de estilo puede explicar el fracaso de una estrategia, pero nunca una estrategia equivocada puede imponerse, aunque se la recubra del estilo más seductor.

  • Los estilos dominan en tiempos de campaña como el que ya se ha disparado en la Argentina. El enigma a futuro se cifra en un solo dato, casi obvio, pero en el que se repara poco: los tres cargos más grandes en el vértice del poder están ejercidos por mandatarios que no tienen reelección en sus cargos (Cristina de Kirchner, Daniel Scioli, Mauricio Macri). En un país atravesado por una crisis política que no se inició con este Gobierno, sino que se remonta a 1999 (evaporación del peronismo gobernante de Carlos Menem, asunción de una rara alianza de dos partidos que habían vivido enfrentados -sólo se hacen alianzas con los amigos-) y la incertidumbre sobre lo que va a pasar horada cualquier proyecto, cualquier conducta, cualquier institución. El proyecto más solvente del oficialismo es buscar una reelección de Cristina de Kirchner buscando los votos para la Legislatura de 2013 a fin de superar la inhibición constitucional. Para la oposición es feo pero está dentro de la ley intentarlo. Este proyecto oficial, como el de la oposición de desbaratarlo, pertenece al universo de la estrategia, que es donde hay que buscar la explicación de algunos hechos que no se reconocen en el nivel superficial del estilo. Por ejemplo, la constancia que gana terreno en el Gobierno de que vuelve a repetirse la pelea entre Gobierno, peronismo y la Justicia, considerada siempre por el partido que gobierna, antes y ahora, como dominada por el radicalismo y los intereses propios de los que llama «la corporación judicial». 

  • Esta constancia la tienen los operadores del Gobierno que cabalgan en la batalla por imponer la vigencia total de la ley de medios, recortada por el amparo sobre el artículo que obliga a los grupos concentrados a desinvertir y que los enfrenta -como le ocurrió antes a Menem- con el monopolio Clarín. Esta semana el Gobierno festejó dos hechos en esa batalla. Primero, que renunciaron dos camaristas subrogantes en lo Civil y Comercial abriendo la posibilidad de que sean reemplazados por algunos de los conjueces designados por el Senado a propuesta del Poder Ejecutivo. Ahora espera que la propia cámara abandone el criterio de que los reemplacen jueces que integran las cámaras que siguen en orden de precedencia, en este caso de la Cámara Federal en lo Contencioso Administrativo y que admita a algunos de los conjueces. Segundo, aunque no logró apartar al camarista Francisco de las Carreras del cargo con la recusación por haber hecho un viaje auspiciado presuntamente por el monopolio, por lo menos impidió con ese señalamiento que dictase una sentencia en favor de Clarín. El Gobierno esperaba que entre lunes y miércoles De las Carreras emitiese un fallo sobre un segundo amparo de los quejosos presentado después de la acordada de la Corte Suprema sobre el artículo 161 y del cual nadie había hablado hasta hace una semana. Según el Gobierno, no fue notificado en su momento de la existencia del nuevo amparo y la decisión que nunca ocurrió se haría sin traslado de la causa al Gobierno para opinar. La inminencia de ese fallo, que el Gobierno filtró en la última semana, justificó la recusación al magistrado, a quien el Consejo de la Magistratura le dio 20 días para que explique cómo y a qué viajó a Miami.

  • En el examen de este episodio el Gobierno ya se hizo un cuadro claro de la dimensión de la pelea con ese sector de la Justicia. Quienes han escuchado en las últimas horas opiniones de la Presidente sobre esta pelea de sumo en que se ha convertido la puja Gobierno-Justicia, transmiten su idea de que el terreno judicial es el más difícil hoy, y el desencanto con el desempeño de la Corte Suprema, cuya reforma consideró en su momento el oficialismo una de las medidas más importantes desde 2003. Ese cuadro que maneja el oficialismo afirma que los protagonistas de la Justicia enredados en esta pelea están disciplinados desde la presidencia de la Corte. Nadie reconocerá esto en público porque la figura de Ricardo Lorenzetti es protegida por todos y mejor no provocarlo. Pero en los escenarios más pesimistas que hacen en el Gobierno especulan con que la Corte está cerca de extender en el tiempo la incertidumbre sobre cuándo se aplicará la ley de medios. Nadie cree que dicte su inconstitucionalidad, pero sí temen que haya otro capítulo de amparo. Estas percepciones son tan firmes que hay quienes dicen que en realidad la intención del Gobierno, más que el enfrentamiento con el monopolio, lo que le interesa es producir, con ese motivo, un recuento de lealtades y deslealtades en la Justicia para cuestiones más importantes, como la eventual disputa sobre una reforma constitucional con reelección. 

  • Eso explica el vértigo en el estilo que aplicó ayer a la aprobación en dos comisiones de Diputados del «per saltum». Ahí debe enfrentar un cortocircuito porque en ese plenario se enfrentan Diana Conti (presidenta de Asuntos Constitucionales), que apoya el proyecto; y Jorge Yoma (presidente de Justicia), quien se opone a la iniciativa de darle injerencia inmediata a la Corte en asuntos de gravedad institucional. Para el Gobierno la ley de medios reviste ese carácter; se apoya -y no es una ironía- en el escrito que presentó el monopolio contra el art. 161, en el cual al patrocinante caratula el reclamo en una demanda «por gravedad institucional con reserva del caso federal», expresión ésta que asegura -si cupiese- la intervención del tribunal que preside Lorenzetti. Esa prisa se encuadra en un gesto de estilo porque no expresa la necesidad estratégica que cree el Gobierno tiene para sacar esa reglamentación del «per saltum» cuanto antes. Cree que le mejora el terreno e impide que actúen sus adversarios con nuevas medidas que puede tener el favor de la familia judicial. Si actuasen movidos por ese interés, los diputados del oficialismo sesionarían la semana que viene para sancionar la ley. Pero pese a las prisas de estilo de ayer -cuando las comisiones aprobaron el dictamen en sesión citada en la tarde del miércoles, apenas la votó el Senado-, la aprobación ocurrirá dentro de 15 días. En la semana que se inicia muchos diputados han preferido viajar como observadores a las elecciones del martes en los Estados Unidos. En el Congreso es ley que pasaje mata sesión y, salvo que desde Olivos suspendan esos viajes, el trajinado «per saltum» deberá esperar hasta el regreso de los viajeros.
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