9 de noviembre 2012 - 18:14

Claves y señales (para entender)

• La plaza y el aparato político de Scioli. • Piquete y cacerola, la lucha es una sola. Acá y en todos lados, y desde hace 10 años. • Pasó el teórico de la muchedumbre que justifica el activismo de la burguesía. • Cristina, ausente en la celebración de la constitución liberal de Cádiz.

Daniel Scioli
Daniel Scioli
  • En momentos de euforia Daniel Scioli se ufana, alzando su teléfono celular: «Éste es mi aparato político». Señala la novedad que otros buscan con sociología barata en hipótesis sobre el cambio cualitativo que significan en la política las convocatorias, como la de ayer, por las redes sociales. Al gobernador le ha bastado el invento de Graham Bell para llegar adonde ha llegado. Se trata, mirados con tranquilidad, usos nuevos del viejo teléfono, que es por donde los ciudadanos alcanzan una sensación de poder que les niegan los partidos políticos y las estructuras de Gobierno. La protesta de ayer, sobre la cual se derramarán infinitas conclusiones de parte, son otro revés a la incapacidad de partidos e instituciones de canalizar los deseos y proyectos de una sociedad que ha prescindido ya de esos moldes vacíos superados por la realidad. No es un fenómeno ni de este Gobierno ni de este país, no nació ahora. La Argentina, que adelanta todos los fenómenos que después se despliegan en el resto del mundo, vive esa situación desde hace más de una década, cuando Eduardo Duhalde dijo, ejerciendo la presidencia de la Nación: «Si yo no fuera presidente, sería piquetero».  

  • El caceroleo es una forma simpática del piqueterismo, algo que sancionó, también hace diez años, la consigna «Piquete y cacerola, la lucha es una sola». En los finales del menemismo, y con picos altísimos de vigencia desde 1999, el piqueterismo era la forma de acción política de una nueva generación de dirigentes barriales que desplazaron del liderazgo a otras formas ya inútiles de contención de las pulsiones sociales. El piquetero de finales de los años 90 le ganó de mano al cura, al intendente, al narco y a los punteros de los partidos tradicionales. El caceroleo por teléfono de estos días ignora los intentos de contención de los gobiernos, repudia los amagues de los políticos opositores de monetizar esa protestas y convertir tuits en votos, una mediación más que improbable. El voto nunca contradice estos movimientos tectónicos de la sociedad, pero seguramente tampoco los expresa de manera lineal. Ayer el Gobierno, reunido en Olivos con Cristina de Kirchner en ocasión de un encuentro de ministros y gobernadores de la Argentina y Chile, se manifestaba inquieto por esta fatalidad de la protesta centrada en la Capital. La orden fue que nadie de primer nivel manifestase rechazo a un fenómeno que tampoco puede sorprenderlo. Prefirió que pasase como el huracán Sandy y esperar al recuento de daños en los próximos días. Tampoco la oposición -tan cuestionada como el oficialismo- puede exagerar el entusiasmo: la protesta mayor fue en la Capital, donde gobierna tranquilo Mauricio Macri después de dos elecciones del 60% de votos y que nunca le reconoció representación importante al peronismo. No hacía falta un cacerolazo para enterarse de ese ánimo social. Creer que lo de ayer fue una sorpresa o una revelación, es una inocentada.

  • El movimiento sí tiene aristas para la perplejidad. La Argentina cultiva desde el siglo pasado el mito de las patas en la fuente. Lo explota el peronismo, que acuñó la expresión en 1945, pero los otros partidos siempre sueñan con su 17 de octubre (al que hoy se llamaría 17-O). Ahora ven que no es ningún partido el que se apodera de estos hallazgos del teléfono que le hacen creer al vecino que la tecla «send» es un voto, o un fusil. Crea en el usuario la misma sensación de quien corre en una cinta en el gimnasio y cree estar haciéndolo en el maratón de San Silvestre. Le cuesta más al peronismo comprender que el método de la plaza y las patas en la fuente se lo arrebatan sectores de clase media. Para entenderlo lo trajeron la semana pasada al máximo teórico que hay hoy en el mundo en teorías de la insurgencia, el italiano Tony Negri, un exguerrillero que estuvo preso por activismo violento en su país y que ha desarrollado de manera más fina la teoría de la multitud o la muchedumbre como actor social. La posición de Negri es de un comunismo en el sentido literal, cerca del anarquismo (combate la existencia misma del estado) y tiene como principal enemigo al socialismo, al que considera cómplice del capitalismo y el neoliberalismo. Habló en la Casa del Bicentenario y en la universidad de Avellaneda y sus dichos quedaron registrados en el tubo, para quien quiera mirarlo a lo largo de dos horas y media (y tenga la paciencia suficiente para entenderlo o, como él diría, «decodificarlo»).  

  • Fascina Negri a los herederos de Perón cuando sindica a la muchedumbre como principal actor, pero no tiene explicación para ese formato que le ha dado en la práctica la Argentina cimarrona: el poder constituyente quiere cambios desde el Estado -cuando en la teoría de Negri es la muchedumbre la que los reclama- y la calle es dominada, como ayer en el caceroleo, por el poder constituido de sectores medios que lo que menos quieren es que les cambien la forma de vida, sus proyectos, deseos ni que les arrebaten sus conquistas, como el empleo, el salario -horadado por la inflación-, la capacidad de ahorrar en moneda fuerte o de elegir su destino de vacaciones sin anotarse en ningún registro. La frase clave de su disertación dice; «El problema político de nuestro tiempo pasa por llegar a revelar cómo esta multitud virtual, que contiene el común, logra expresarse» y sirve para justificar la leyenda de las patas en la fuente y también la protesta de la burguesía de las grandes ciudades de ayer. (El «común» en el pensamiento de Negri, es una forma de designar al Estado, que para él no es el patrimonio de todos los ciudadanos. Designa lo que no es de nadie, cerca de un anarquismo roussoniano). Debieron explicarle a Negri que el peronismo es un partido que nació de un Gobierno, por obra de un militar y con dinero del Gobierno. Eso lo acerca cada tanto a quimeras de vanguardia iluminada, algo de lo cual trata de eludir Cristina de Kirchner y por hacerlo se ha mantenido en el vértice del poder. Sabiendo esto, los entornistas no le avisaron a la Presidente de la visita de Negri al país. «¿Estuvo Negri?», preguntó cuando el italiano ya se había ido a Chile.

  • Consuelan más (y con menos) a los peronistas que leen libros las conclusiones de Ernesto Laclau, que teoriza también sobre la incapacidad de las instituciones de contener los procesos sociales, para lo cual aconseja las recetas del populismo clásico. Este intelectual, de responsabilidad limitada, vive en una universidad inglesa desde la que se mueve por el mundo haciendo campañas en favor del Gobierno y del modelo populista, que sus lectores en el Gobierno aplican a medias. Suele llamar a funcionarios para que le habiliten viáticos cuando se traslada por el mundo y les recuerda a muchos de ellos su pasado de militancia en el FIP de Jorge Abelardo Ramos -cantera de muchos kirchneristas de hoy y menemistas de ayer-. Lo califica lo que escribió en un prólogo a una obra del recordado «Colorado», que fue embajador en México de Carlos Menem, cuando dice que «Jorge Abelardo Ramos es el pensador político de mayor envergadura de la segunda mitad del siglo XX». Queda en zona para que lo atiendan los revisionistas del Instituto Dorrego. 

  • El comunicado de los médicos presidenciales le dio un cierre con decoro diplomático al dilema de Gobierno sobre si Cristina de Kirchner iba a viajar el fin de semana que viene a Cádiz, España, para participar de la última cumbre de mandatarios iberoamericanos que recordará, además, la sanción en 1812 de la Constitución liberal de España que votaron diputados de ultramar llegados también del Río de la Plata. Los galenos le aconsejaron que no viaje. Anoche el embajador Carlos Bettini se subió al avión en Madrid para tomar noticia de lo que hará el Gobierno. Estuvo hace dos semanas en Buenos Aires intentando convencer a la Presidente de que debía viajar. Cristina de Kirchner quiere estar lo más lejos posible de Mariano Rajoy, a quien considera un contradictor ideológico y además de un hombre con mala suerte al que le va mal en su intento de domar con recetas ortodoxas la crisis de su país. Bettini tenía argumentos para convencerla, por ejemplo que es la última cumbre en el formato con el que nació hace 22 años, que es uno de los actos finales de la monarquía de Juan Carlos. Cree que el sistema de cumbres ha perdido vigencia, pero que tuvo una importancia fundamental cuando los países de América Latina no se hablaban entre sí en la delicada época de salida de la crisis de la deuda de los años 80 y en países que cambiaban hasta de sistema. Decidieron explicarle mejor a la Presidente lo que significa la Constitución de 1812 en el pensamiento político mundial, como primicia del constitucionalismo liberal y como intento de sepultar el absolutismo fernandino. Ayer un enviado del Partido Popular, que esperaba tener algún contacto con el Gobierno, pidió en público que Cristina de Kirchner viajase a Cádiz o que en su defecto enviase una delegación del máximo nivel. Fernando López-Amor habló en un coloquio sobre el futuro de las relaciones económicas de España y la Argentina que organizó José Roberto Dromi en la Universidad del Salvador. A la hora cuando pedía esto, se enteraba de que la delegación argentina que viaja a Cádiz la encabezarán Amado Boudou y Héctor Timerman. En Olivos, entre ministros y gobernadores, Cristina de Kirchner enumeró los viajes que tiene hasta fin de año y sumó referencias a visitas en enero a Chile y a los países árabes. Pero para Cádiz no basta salud.
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