Ornette Coleman ofreció un concierto estupendo, donde citó musicalmente a Bach y a Stravinsky.
Actuación de Ornette Coleman (saxo alto, trompeta, violín). Con Denardo Coleman (batería), Al MacDowell (bajo eléctrico) y Tony Falange (contrabajo). (Teatro Gran Rex; 7 de mayo; repite el 12/5 en el teatro Argentino de La Plata).
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El hombre, negro, esbelto, ataviado con un traje gris-celeste -que casi parece un pijamas-, con una vitalidad que no permite suponer que es casi octogenario, es un prócer de la música. Con Miles Davis y John Coltrane, a sus respectivos modos, y seguido de cerca por Anthony Braxton, es el creador de algo que luego quedaría bautizado como «free jazz».
Esto es: en su saxo crudo y con poca «dulzura», en su manera de concebir la música, en su libertad para la improvisación, en su no sometimiento a las reglas de la armonía tradicional, Ornette Coleman fue de los primeros en subvertir el orden establecido en materia de jazz, en permitirse jugar con melodías y acordes sin atarse a las convenciones, en atravesar sin prejuicios -en permanente viaje de ida y vuelta- los límites entre lo culto y lo popular, entre lo tonal y lo atonal, entre las formas conocidas y cerradas y el discurso lineal con resolución inesperada.
Pero Coleman se demoró demasiado en venir a la Argentina. Y ya no son los mismos miles que lo hubieran querido escuchar hasta hace unos 25 años, cuando todavía el mundo creía en los artistas revolucionarios. La posmodernidad reinante y unos precios en las entradas que no están acordes a los tiempos de crisis, hicieron que Coleman debutara tardíamente en la Argentina. Esa injusticia frente a semejante figura no la compensó siquiera la evidente presencia de muchísimos invitados.
El artista hizo sobre el escenario lo que podía esperarse de él: un concierto atrevido, sólo apto para mentes y oídos curiosos. Tocó una serie de piezas propias -algunas muy breves, como pequeñas pastillas melódico-rítmicas-, y citó a Johann Sebastián Bach, en el contrabajo con arco para el comienzo de la «Suite Nº 1 para cello», y a Igor Stravinsky, el del solo de fagot de «La consagración de la primavera», otra vez con el excelente contrabajo de Tony Falanga como introducción a «Sleep Talking».
Como sus composiciones, como su manera de presentarlas, la formación de su grupo es también atípica. Los dos bajos se repartieron los lugares, haciendo bases o al frente como solistas; el de caja utilizado como un violoncello, el eléctrico haciendo las veces de guitarra. La batería de Denardo, su hijo, fue el sostén rítmico y le dio estructura a un concierto armado como una continuidad tímbrico-estilística.
Y el propio Ornette manejó los hilos desde el saxo alto, el único instrumento usado verdaderamente como «melodista», y aportó pequeños toques tímbricos, a la manera de efectos, con el violín o con la trompeta.
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