Aunque el jazz aliente las improvisaciones, el equipo de producción de Ornette Coleman y su hijo, el baterista Denardo, terminaron por ceder ante algunas de las pautas rígidas que a veces la vida exige: así, después del susto que corrieron antes del recital del jueves en el Gran Rex, decidieron contratar a los tres patovicas argentinos que desde entonces, rotando cada ocho horas, impiden que el gran artista se vaya nuevamente de paseo por el Gran Buenos Aires, sin rumbo fijo.
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La precaución no fue inútil: ayer, a las 6, pocos minutos después de que empezara su turno el custodio de la mañana, se abrió la puerta de la suite en el Panamericano. Coleman, vestido como para salir, se asomó al pasillo y descubrió al guardián, sentado en un banquito en el pasillo, quien abandonó de inmediato la lectura de su ejemplar de «Condorito» para clavar sus ojos sobre los del maestro. Se miraron sólo un instante y, como en una jam session, no hizo falta decir nada. Coleman retrocedió, sin dejar de inclinar la cabeza a la manera de saludo, y volvió a encerrarse en su habitación, seguramente para volver a la cama. El concierto de esta noche en el Argentino de La Plata está asegurado.
Al mediodía, acompañado por su equipo, fue a comer en San Telmo a la parrilla Lo de Hugo, de Estados Unidos y Bolívar. Fueron muchos los automovilistas que, al verlo pasar, lo saludaron tocándole bocina, y él respondía con una sonrisa y levantando la mano.
A la mesa, como siempre, se mostró frugal; se negó a las especialidades criollas y sólo pidió una ensalada verde y un pollo asado del que sólo probó la mitad, tal como había hecho con el guisito en la comisaría de Benavídez. Eso sí: en lugar de postre, reclamó otro vasito más de vino. Estaba muy a gusto, e hizo esperar un tanto a los fotógrafos del semanario que, por la tarde, lo estamparon con el Obelisco de fondo, y para quienes obedeció dócilmente posando según le reclamaban, a unos pasos de la boca del subterráneo donde había iniciado su periplo.
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