24 de marzo 2011 - 00:00

Comedia triste, con final feliz y moraleja

Darín hace una nueva creación en el papel de un ferretero poco sociable, e Ignacio Huang es una auténtica sorpresa como un inmigrante chino sin plata ni diccionario.
Darín hace una nueva creación en el papel de un ferretero poco sociable, e Ignacio Huang es una auténtica sorpresa como un inmigrante chino sin plata ni diccionario.
«Un cuento chino» (Arg.-Esp., 2011, habl. en español y mandarín). Guión y dir.: S. Borensztein. Int.: R. Darín, M. Santa Ana, I. Huang; P. Seijo, I. RomaV. Jaber.

Ejemplo de cuento chino: el envase del producto anuncia algo que adentro no se cumple. Otro: los vendedores del mismo prometen satisfacer el reclamo pertinente. Y otro: en pleno día de sol llueve una vaca del cielo, cae sobre un humilde pesquero japonés, lo atraviesa y lo hunde. Los dos primeros no deberían ser posibles, pero lo son, y con bastante frecuencia. El último tampoco debe ser posible, pero lo fue. Ocurrió promediando los 90, cerca de Siberia, y al final de «Un cuento chino» se ve el registro de esa noticia, como un bonus junto a los créditos de cierre.

Esa vaca inspiró al director Sebastián Borensztein para hacer esta película sobre un ferretero porteño poco sociable, un inmigrante chino sin plata ni diccionario, y una vecina enamorada que viene del campo y tiene vaca propia, pero le falta marido. De cómo los tres coinciden en el mismo lugar, ya es habilidad del cuentista, que los reúne, pone sobre la mesa virtudes y aflicciones humanas, así como absurdos de la vida, provoca la sonrisa permanente, nos regala un inesperado momento emotivo despejando simultáneamente un par de incógnitas, satisface reclamos y hasta ofrece una moraleja.

Comedia triste con lindo final feliz, dentro de lo que cabe, la obra soporta algunas objeciones menores (¿por qué al segundo día no se compraron un diccionario o llamaron al chino del delivery para entender mejor las cosas?) y las supera fácilmente gracias a la simpatía que causan los personajes y la expectativa que sabe despertar Borensztein en su segunda obra, menos graciosa que «La suerte está echada» pero más intensa. Darín hace una nueva creación, alguien que por algún motivo se ha vuelto un hombre del pasado, solo, seco, metódico, y harto de clientes y proveedores. La ascendente Muriel Santa Ana aprovecha a gusto pero sin incómodas ostentaciones su primer personaje cinematográfico con hueso, al que ella le pone la carne y la ilusión de una chica de barrio. E Ignacio Huang da la sorpresa. Hace rato que viene apareciendo en cortos de estudiantes y en ocasionales largos. Pero aquí se luce a pleno. Parece simple lo que hace, apenas un chinito muy respetuoso y paciente todo el tiempo con cara de apaleado, pero cuando la cámara lo toma en primer plano y al fin dice lo suyo, bueno, de veras emociona. Y eso que habla en mandarín, sin subtítulos. Emociona, no es cuento.

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