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Cómo convertir lo artesanal en una exquisitez
El mago Pablo Kusnetzoff, uno de los hallazgos de «Espíritu pequeño», obra que hace convivir entre bellísimas imágenes, el cabaret, el ilusionismo y el teatro de títeres.
Aún apostando al humor y a situaciones que bordean el disparate, esta deliciosa comedia ambientada a comienzos del siglo XX logra hacer creíble lo increíble. Se trata, en pocas palabras, de una aventura retrofuturista cuya intriga principal gira en torno a un experimento científico del que varios intentan apoderarse tras la muerte de su autor.
El cuerpo de este inventor se halla dentro de un minúsculo ataúd, y a esta extraña circunstancia se suman otros misterios -como la desaparición de su viuda- que se irán conociendo, poco a poco, a través de una alocada serie de incidentes, que al igual que en los sueños, van cambiando permanentemente de forma y sentido. Una velada elegante se transforma de pronto en velorio, acto público o en sesión de espiritismo (uno de los mejores momentos de este espectáculo).
La rica galería de personajes incluye a varios confabuladores (un vicealmirante, un abogado, el intrigante cura del ukelele, un mayordomo que cambia el final de su cuento de acuerdo a quien lo escuche), entre otros individuos que se ven arrastrados por los acontecimientos: la médium con equipo tecnológico, la enfermera afecta al alcohol y a la libre asociación mental y el hijo del científico que a pesar de sus 26 años se comporta como un niño.
Paula Broner, Víctor Malagrino y Bernardo Sabbioni, se han inspirado en el movimiento dadaísta y en la producción plástica, fílmica y fotográfica de autores como Man Ray, Marcel Duchamp, René Clair y Luis Buñuel para recrear una época en la cual se le dio mucha importancia al progreso científico y a las nuevas técnicas artísticas y se puso de moda el ocultismo y el culto a lo irracional.
«Espíritu pequeño» recupera la atmósfera de aquellos tiempos en clave de caricatura. Además de divertir con sus diálogos, mantiene atrapado al público con sus copiosos enredos, secreteos (en francés) y algunos hechos de sangre.
La escenografía y el vestuario son muy sugerentes, así como el diseño de luces de Magali Acha que construye climas y realza con sus candilejas los momentos musicales de esta divertida «stravaganza». En ella también conviven el cabaret, el ilusionismo (muy bueno el truco de la llave) y el teatro de títeres. Todo muy artesanal y exquisitamente verosímil.


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