El pasado 23 de noviembre, la relación entre las Coreas alcanzó un punto crítico cuando el régimen comunista atacó la isla surcoreana de Yeonpyeong, operación que dejó dos militares y dos civiles muertos.
Ése fue el ataque de mayor magnitud contra territorio con población civil desde el fin de la guerra, en 1953.
Tras el ataque, el Gobierno surcoreano debió desprenderse de su ministro de Defensa, Kim Tae-young, y, más tarde, del jefe de las Fuerzas Armadas, Hwang Eui-don. Ambos fueron criticados en su país por la supuesta imprevisión ante la hostilidad de Corea del Norte.
Pyongyang (aliado de China) y Seúl (apoyado por EE.UU.) no cesaron desde entonces de realizar ejercicios bélicos y aprestos «preventivos».
Mientras, el hermético régimen de Kim Jong Il avanza con su programa nuclear. EE.UU. denunció la semana pasada que Corea del Norte tendría una nueva planta secreta de enriquecimiento de uranio, con tecnología más avanzada de lo que se suponía.
Ya en noviembre, el régimen comunista había mostrado a un científico estadounidense un complejo secreto de enriquecimiento de uranio.
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