La semana pasada arrancó con la apuesta a que la Fed saldría el viernes al rescate del mercado. Esto no se dio, pero a los inversores finalmente pareció importarles poco y nada, extasiados como estaban con la excepcional suba de las acciones. Este éxtasis casi cercano a la exuberancia fue tal vez el principal motivo para que la rueda de ayer terminara con el Dow avanzando un 2,26% a 11.539,25 puntos, perdiendo apenas un 0,3% en el año (el índice Russell 2000 voló 4,75%, el NASDAQ un 3,32% y el S&P500 avanzó un 2,83%). Podríamos buscar argumentos políticamente más correctos, como el anuncio de la fusión del segundo y tercer mayor banco griego que demostraría la estabilización del sistema financiero helénico (sus números solos o combinados son horribles y parecen estar tratando de crear un demasiado grande para caer, lo que disparó la mayor suba de la Bolsa de Atenas en 20 años), los cálculos preliminares que dicen que el daño causado por el huracán Irene fue menor que lo que se temía, lo que derivó en una suba del 5% para las aseguradoras (curiosamente el viernes cerraron en suba, pero ahora enfrentan pérdidas inesperadas por cerca de u$s 3.000 millones), la venta del 50% de las acciones que tiene el Bank of America en el China Construction Bank Corp. haciéndose de u$s 3.300 millones (por algún motivo los u$s 5.000 millones de Buffet no le alcanzaron y debió deshacerse de la mitad de una de sus joyas), el anuncio de que el gasto de los consumidores creció un 0,8% el último mes, el incremento más grande en cinco meses (lamentablemente los ingresos crecieron poco menos de lo esperado y la venta de casas usadas cayó por primera vez en tres meses). Con apenas 3.600 millones de acciones en el NYSE, el volumen más bajo desde el 26 de julio y un 39,4% menos que el promedio del mes y un 18% menos que el del año, es fácil que los eufóricos manden.
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