2 de febrero 2011 - 00:00

“Con su producción sin fin, el mundo nos está ensordeciendo”

Ramón Andrés: «La poesía española está domesticada por el propio idioma, y existe en ella un exceso de anécdota, una exaltación del ego, que resulta tan pueril como aburrido».
Ramón Andrés: «La poesía española está domesticada por el propio idioma, y existe en ella un exceso de anécdota, una exaltación del ego, que resulta tan pueril como aburrido».
Nacido en Pamplona en 1955, Ramón Andrés es músico, escritor, investigador, poeta, traductor y editor. «Johann Sebastian Bach: los días, las ideas y los libros» (sobre la biblioteca del compositor y otros aspectos menos conocidos de su biografía), «El mundo en el oído» (acerca del nacimiento de la música en las culturas de Oriente y Occidente), y «No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio» son sólo algunos de los volúmenes surgidos de su trabajo, obras profundas, originales, rigurosas y a la vez amenas. En estos días la Editorial Lumen está lanzando además su libro aforístico «Los extremos». Dialogamos con Andrés acerca de su labor literaria y musical.

Periodista: En «El mundo en el oído» usted recuerda que en la Antigüedad los conceptos de músico y poeta no estaban disociados, y el suyo es el caso. ¿Cuánto pesa su condición de músico a la hora de escribir poesía?

Ramón Andrés: Es cierto que en sus orígenes la música y la poesía formaban un todo. Los antiguos tenían la convicción de que debían ser oídos por los dioses, de ahí que elevaran los cantos hacia ellos, en la idea de que la divinidad era llamada «físicamente» por los hombres. Hoy sabemos que la mayor parte de los rituales eran cantados. Es notable pensar que entre los egipcios, la representación de una oreja se asociaba con Amón, con su escucha, toda vez que el oído era una alegoría de la inteligencia. En mi caso, la música me ha ayudado a entender que el poema es, sobre todo, una estructura armónica.

P.: ¿La vocación por ambas disciplinas nació en usted en forma paralela?

R.A.:
Desde la infancia estuve familiarizado con la música. Mi padre tocaba el violín, todo el día sonaba en casa la música de Wagner, y tanto fue así que después estuve muchos años sin acercarme a sus obras. Fui un adolescente solitario, estudiaba música y escribía poemas. Eso me llevó a no disociar ambos ejercicios, aun a sabiendas de que se trataba de dos lenguajes distintos que perseguían un mismo fin.

P.: ¿Cuál es su método de trabajo?

R.A.: Ha cambiado mucho con el tiempo, porque cuando era plenamente joven estaba guiado, como es natural, por el impulso. Ahora escribo con método, casi espartano, muy aislado. Una de mis escasas virtudes es la paciencia, así que trabajo horas y horas para conseguir algo, que a veces resulta ser muy poco.

P.:¿Qué hábitos de lectura tiene y cuáles son los libros o autores que más lo han marcado?

R.A.: La lectura me enseña y consuela. No soy lector de novelas, sino de ensayos y filosofía, y, desde luego, de poesía. La verdad es que no tengo autores predilectos, aunque siempre acabo regresando a Montaigne. Últimamente he vuelto a leer a Rilke en profundidad. En cuanto a los libros que me han marcado puedo decir que son incontables. Cada libro, que lo sea de verdad, deja una huella. La lectura de obras tan dispares como La epopeya de Gilgames, el De rerum natura, de Lucrecio, el Tao o el Eclesiastés, por referir algunos escritos del pasado, me resultaron esenciales en su momento.

P.: ¿Qué lugar ocupa el silencio en los tiempos actuales en que los sonidos se multiplican y superponen más que nunca?

R.A.:
El silencio no es únicamente algo físico, sino también mental. Resulta difícil reflexionar, ser libre, rebelarse, sin poseer una capacidad de silencio. El mundo, con una idea de progreso no siempre bien entendida, nos está ensordeciendo con su producción sin fin, con su velocidad que no conduce a ninguna parte. La nuestra es una desesperada búsqueda de sentido, y se olvida que el sentido verdadero es, simplemente, vivir. Se está perdiendo la esencialidad; el individualismo lo está arrasando todo. Quizá el silencio sirva para detener, en nuestro interior, este espejismo que se manifiesta como locura.

P.: Johann Sebastian Bach es uno de los compositores a los que usted más se ha dedicado. ¿Cuál es a su entender la razón de que la obra de este autor haya permanecido ignorada para el gran público desde su muerte hasta mediados del siglo XIX?

R.A.:
Bach, aunque parezca contradictorio, fue más importante para la música de los siglos XIX y XX que para la del XVIII. En su tiempo empezó a surgir otro tipo de música, aparentemente más sentimental, que deseaba romper con el pasado. Pero Bach pertenecía a la tradición, que transformó y revolucionó. Sus contemporáneos lo tuvieron por un gran maestro, y poco más. Fue después, tras el redescubrimiento a cargo de Mendelssohn, que quedó deslumbrado por la «Pasión según san Mateo», cuando las nuevas generaciones se dieron cuenta de que Bach había sido portentoso, crucial. Él abrió la puerta a la nueva música, como bien dijo Anton Webern.

P.: ¿Qué reflexión le merece la fascinación que la música de Bach y Mozart aún ejerce en nosotros hoy en día?

R.A.:
-Su música habla directamente a los oyentes. Se diría que, en lo más íntimo, no hay mediadores entre ellos y quienes les escuchan. Ambos, aunque muy distintos, tienen una profunda dimensión metafísica. Si añadimos que la construcción de sus partituras es prodigiosa, a veces milagrosa, veremos que se trata de maestros capitales, no sólo para la música, sino para la cultura occidental.

P.: ¿Su dedicación actual a la escritura sigue dejándole espacio a la práctica de la música?

R.A.:
Muy poco. Pasado el tiempo soy tan feliz recordando una fuga de Bach, un motete de Dufay o el Lux aeterna de Ligeti que no necesito más. Dado que mi trabajo me lleva a menudo a los terrenos de la música, a pensarla, no me duele dejar de ser intérprete. Ésta es una actividad que precisa de una dedicación exclusiva; es demasiado importante, inalcanzable para alguien que entrega su tiempo a los libros y la escritura.

P.: ¿Cómo ve el presente y el futuro de la poesía en nuestro idioma?

R.A.:
Lamentablemente no conozco a fondo la poesía argentina actual. No sé si sucede como en España, donde todo me suena a repetido. La poesía española está domesticada por el propio idioma, y existe en ella un exceso de anécdota, una exaltación del ego, de la autobiografía, que resulta tan pueril como aburrido. Tengo la impresión de que aquí el romanticismo todavía dura. Faltan temas verdaderos, que planteen nuevas cosas al lector, que está cercado por los tópicos y la blandura de los poetas.

Entrevista de Margarita Pollini

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