10 de marzo 2011 - 00:00

Concierto inverosímil pero que entretiene

La visión optimista del rumano Mihaileanu («Tren de la vida», «Ser digno de ser») vuelve a evidenciarse en «El concierto».
La visión optimista del rumano Mihaileanu («Tren de la vida», «Ser digno de ser») vuelve a evidenciarse en «El concierto».
«El concierto» («Le concert», Fr.-It.-Rum.-Bel.-Rus., 2010, habl. en rus. y fr.); Dir.: R. Mihaileanu; Guión: R. Mihaileanu, A.M. Blanc, M. Robbins; Int.: A. Guskov, D. Nazarov, M. Laurent, V. Barinov, M. Miou, F. Berleand, L. Abelanski, A. Komissarov. 

Radu Mihaileanu estuvo años atrás en Pinamar. Alto, delgado, de pelo negro, lleno de historias, en un almuerzo hizo bailar, entre plato y plato, a todos los asistentes, incluso a China Zorrilla, que sostenida por él y otro grandote bailó felicísima la danza de Zorba el griego. Así, más o menos como él, son sus películas.

Lo suyo es el engaño colectivo por una buena causa. Así ocurre en la comedia «Tren de vida», donde toda una aldea judía se hace pasar por nazi para escapar del genocidio, y en el drama «Ser digno de ser», donde una madre somalí hace pasar por judío a su hijo, para que militares israelíes lo salven de la hambruna. Ahora, en esta comedia, el engaño corre por cuenta de viejos músicos rusos que fingen integrar la orquesta del Bolshoi y se embarcan rumbo a una actuación en Paris al mando de un antiguo director desplazado a ordenanza del teatro.

La cosa suena disparatada, pero en esta historia el primer disparate lo cometió años atrás el gobierno comunista al desplazarlos por judíos o amigos de judíos.

Pues bien, gracias a un equívoco ha llegado el momento de la revancha. Y del suspenso, porque en solo dos semanas el antiguo director debe conseguir representante, 55 músicos presentables, cada uno con su instrumento en buen estado, pasaportes, pasajes y dinero para todos. ¡Y no hay tiempo para los ensayos! En su auxilio concurren unos sujetos de apariencia poco recomendable pero ideales para lograr el éxito. Unos, por amor al arte, la aventura, la figuración, o algún negocio. Otro, viejo politiquero, tiene un motivo oculto. El antiguo director también tiene un motivo oculto. Por algo su única exigencia es tocar determinada sinfonía con determinada solista que vive en Paris.

De a poco se irán develando sus razones. Y mientras él vive su drama, la solista vive su indecisión, fruto de una mala información, y los músicos viven la vida loca en la Ciudad Luz, la hora del concierto se acerca. Y en el final -un ejemplo de montaje con idas y vueltas temporales al compás de Chaikovski- terminaremos sabiendo los detalles del desquite triunfal, y también los detalles de la tragedia que motivó todo, allá por 1981, cuando faltaban apenas ocho años para que cayera del todo la mentira del «socialismo real» (y empezaran otras).

De ese modo, combinando situaciones risueñas, figuras ridículas con o sin poder, recuerdos penosos, drama y comedia, fábula e historia, música clásica y popular, Mihaileanu va enganchando a su público, lo engaña él también, con una serie de trucos que se le perdonan, lo entusiasma, lo emociona, y hace bailar los corazones.

Es un loco lindo, causa alegría, pero su obra es más seria de lo que parece. Vale la pena.

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