Condenaron a uno de los últimos criminales nazis

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Múnich - En el que podría ser el último gran juicio por el Holocausto, la Audiencia de Múnich condenó ayer a cinco años de cárcel al «trawniki» (voluntario) ucraniano John Demjanjuk por su participación en el asesinato de 28.060 judíos en el campo de exterminio nazi de Sobibor. Con todo, fue dejado en libertad a causa de su edad avanzada (91 años) y porque pasó dos años en prisión.

Tras un juicio tortuoso contra un anciano que expuso los límites de la Justicia tardía, la corte consideró comprobado que Demjanjuk, guardián de ese campo en Polonia, participó en la matanza de judíos entre marzo y septiembre de 1943.

Exactamente dos años después de haber sido entregado a Alemania por Estados Unidos, el 12 de mayo de 2009, el nazi ucraniano escuchó ayer su sentencia en la misma posición y actitud que mantuvo durante todo el juicio: sin abrir la boca, sentado en su silla de ruedas, con la cabeza cubierta con una gorra y los ojos ocultos bajo sus anteojos de sol.

La condena fue por «complicidad en el Holocausto» y por «participación en la maquinaria nazi de exterminio», según la sentencia del juez Ralph Alt. Es decir, no se le atribuyó responsabilidad directa en el asesinato de ninguno de los 28.060 judíos que, según documentó la fiscalía, murieron en ese campo de la Polonia ocupada en los seis meses en que el acusado sirvió como voluntario.

Demjanjuk, quien en 1988 fue condenado a la horca en Israel como el supuesto «Iván el Terrible» de Treblinka -pena revocada cinco años después al probarse que esa identidad correspondía a otro ucraniano-, renunció en la última vista a pronunciarse sobre los cargos, siguiendo la línea del año y medio que duró el juicio.

La acusación -en su mayoría, de familiares de judíos holandeses deportados y muertos en Sobibor- aspiraba a una sentencia de seis años de prisión, no porque quieran ver a un nonagenario en la cárcel, según insistió la fiscalía en su alegato, sino por entender que incluso en un juicio tardío, como éste, debe impartirse justicia.

El abogado de Demjanjuk, Ulrich Busch, argumentó hasta último momento que su defendido no fue cómplice sino víctima del nazismo, ya que la alternativa a convertirse en «trawniki» era la ejecución.

Nacido en Ucrania en 1920, Demjanjuk fue capturado como soldado soviético en 1942 por los nazis y convertido en guardia de Sobibor.

A diferencia de otros campos nazis, donde se confinaba a presos para que trabajaran como esclavos, Sobibor fue concebido como lugar de exterminio masivo, donde se asesinaba a judíos en las cámaras de gas apenas unas horas después de su llegada.

Ni la acusación particular ni la fiscalía pudieron presentar a testigos que identificaran a Demjanjuk como uno de los «trawniki», ya que apenas hubo supervivientes, o los que había admitieron no poder reconocerlo dado el tiempo transcurrido.

Con estas limitaciones, arrancó el juicio en Múnich el 30 de noviembre de 2009, meses después de que fuera entregado por Estados Unidos a Alemania tras agotar su familia todos los recursos de apelación.

La principal carta de la acusación fue la hoja de servicios con el número 1.393, según la cual Iwan Demjanjuk -su nombre antes de emigrar a Estados Unidos en los años 50- fue uno de los 120 «trawniki» de Sobibor, a las órdenes de unos 60 oficiales nazis.

De acuerdo con ese documento, el procesado sirvió en Sobibor entre marzo y septiembre de 1943, año en que se desmanteló el campo, período en el que fueron asesinados allí 28.060 judíos -cómputo algo mayor que los 27.900 estimados en la apertura del juicio-.

De poco sirvió el argumento de la defensa, según el cual negarse a servir como «trawniki» equivalía a ser ejecutado. Tampoco que Busch recordara que varios de los oficiales de las SS encargados de darle órdenes fueron absueltos por la Justicia alemana en 1966.

La percepción actual no es la de los años 60, argumentó la fiscalía, frente a un Busch cuya estrategia consistió en recriminar no haber impartido justicia con el mismo tesón a los nazis alemanes.

«Pretendió imponer una lógica destructiva, tal como hace (José) Mourinho en el fútbol, si se me permite la frivolidad. Son estilos que no suelen ayudar a ganar, ni en una audiencia ni en una liga», apuntó en un aparte del juicio cerrado Hans-Joachim Lutz, de la acusación.

Mientras Busch buscó pruebas exculpatorias, y alargó con ello el calvario judicial de su defendido, éste optó por no prolongarlo ni una audiencia más, al renunciar a dar la última palabra antes de escuchar la sentencia.

El acusado asistió al año y medio de proceso en silla de ruedas, sin pronunciar una palabra más que a través de su intérprete al ucraniano. Por imperativos médicos, su juicio se desarrolló con un máximo de dos audiencias por semana, de no más de 90 minutos cada una.

Agencias EFE, AFP, DPA, ANSA y Reuters

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