21 de octubre 2009 - 00:00

Confirman ballottage en Afganistán

Kabul - La amenaza de un caos general en Afganistán ha pasado. Al menos por el momento. Dos meses después de las elecciones presidenciales había demasiada presión sobre el presidente Hamid Karzai. El mandatario fue conminado hasta último minuto entre bastidores por representantes de Estados Unidos y de la comunidad internacional a aceptar las irregularidades en los comicios. Durante una rueda de prensa de ayer en Kabul, retrasada en varias horas, Karzai intentó ponerle al mal tiempo buena cara y aceptó unos resultados electorales que lo colocaron debajo del 50%, la marca necesaria para la mayoría absoluta. Así anunció después una segunda vuelta entre él y su rival Abdulá Abdulá, prevista para el 7 de noviembre.

Karzai había sostenido hasta ahora que él no había ordenado ningún fraude electoral y que, de todas maneras, las manipulaciones no habían sido tan considerables como reportaban los medios internacionales.

Un diplomático occidental, que pidió el anonimato, señaló todavía el domingo que Karzai creía en una conspiración de Estados Unidos y el Reino Unido para robarle su segura victoria electoral. La Comisión Electoral Independiente (CEI), cercana a Karzai, consideraba que el presidente había alcanzado el 54,6% de los apoyos, muy por delante del 27,8% de Abdulá.

La sospecha del presidente no se vio tampoco despejada del todo con el anuncio de los resultados de ayer: según la CEI, Karzai no alcanzó la mayoría absoluta por una diferencia mínima, con un total de apoyos del 49,67%.

Los partidarios de Karzai se han quejado cada vez con más claridad sobre la «influencia desde el extranjero» sobre la Comisión de Quejas (ECC, por sus siglas en inglés), a cargo de investigar el fraude. El hecho de que la ECC, respaldada por la ONU, cambiase la fórmula de cálculo en medio del proceso de revisión dio pie al rumor de que se estaban adecuando los métodos de investigación al resultado deseado por Occidente.

Temores

Pero en los últimos días se le recordó a Karzai constantemente que su Gobierno no podría sobrevivir sin la ayuda internacional. Hasta que cedió. Con ello se evitó que la crisis siguiera escalando.

Se temía que Karzai no aceptase la investigación de la ECC, que es inapelable según la propia Constitución afgana. Las consecuencias para el proceso democrático y elecciones futuras en el país asiático hubieran sido incalculables.

Pero la comunidad internacional no ha conseguido imponerse del todo, ya que la misma hubiese preferido un Gobierno de unidad nacional, en el que también participase Abdulá.

Oficialmente se descartó una posible coalición como un asunto de los afganos, en los que los países occidentales no querían inmiscuirse.

La segunda vuelta es una bendición y una maldición a la vez. Lo primero, porque podría devolver un poco de legitimidad al desacreditado proceso electoral. Y una maldición porque pone al país y a la comunidad internacional frente a inmensos problemas.

Quedan dos semanas y media para organizar las elecciones. Más plazo no hay, debido a la próxima irrupción del invierno. Salvo que los comicios se aplacen hasta comienzos del próximo año y con ello, la incertidumbre.

Los talibanes volverán a aprovechar las elecciones para demostrar su poder. Ya el pasado 20 de agosto pasó a la historia afgana como el día con más atentados y ataques desde el comienzo de las operaciones militares en el país. La esperanza expresada ayer por Karzai de que en lugar de seis millones de personas, como el 20 de agosto, el próximo 7 de noviembre acudan de «diez a 15 millones» a votar, es una quimera. Los expertos temen que la participación caiga por debajo del 38,7% registrado por la CEI en la primera vuelta.

Si nadie va a votar, la legitimidad de un futuro gobierno volvería a estar en entredicho. Las principales preocupaciones, sin embargo, tienen que ver con el posible fraude. Y es que nadie puede garantizar que en la segunda vuelta no se vuelvan a manipular votos como en la primera jornada.

Agencia DPA

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