Consecuencias económicas de la dictadura militar

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Matías Tombolini (*)

Economista





La evidencia empírica da cuenta que una mayor volatilidad en las tasas de crecimiento económico termina perjudicando la tendencia de la misma tasa. En criollo, el sube y baja constante de la economía, el modo espasmódico de expandir nuestro producto, termina atentando contra el crecimiento sostenido a lo largo de los años.

Esta volatilidad en el ciclo económico es perjudicial debido a que cuando la economía contrae su producto, necesita algunos años luego para recuperar el nivel que tenía, mientras los países que crecen a una tasa más o menos constante, ven mejorar el stock de capital, la productividad de los factores y por ende su competitividad y consecuentemente el nivel de vida en forma constante.

En este sentido, las políticas económicas llevadas a cabo durante la dictadura tuvieron efectos de largo plazo al haber sembrado la semilla de la crisis de deuda de principios de los 80.

Argentina, al igual que varios de sus pares en la región, se embarcó en un ambicioso programa de endeudamiento a mediados de los años 70. Lógicamente, esto aumentó la fragilidad y exposición de la economía doméstica ante shocks externos que no tardarían en aparecer. En 1979, la Fed-presidida por Paul Volcker- decide elevar significativamente los tipos de interés, complicando el pago de servicios de la deuda de los países muy expuestos en ese momento, puesto que una parte importante de la de la misma estaba atada a tasas de interés flotante. Por otro lado, este shock negativo tuvo la contracara de reducir los precios de las commodities provocando un abrupto shock externo en nuestra economía que había estatizado deuda privada por casi 40 mil millones de dólares desde los apenas 7 mil millones con cuales empezó el último Gobierno militar.

La escasez mundial de divisas terminó traccionando depreciaciones del tipo de cambio y sumadas a la explosiva dinámica de deuda terminaron estallando en una crisis que marcaría una enorme carga sobre el fisco. Como resultado de un Estado insolvente hoy se recuerda a los años 80 como la década perdida (en términos económicos): una economía de desempeño errático que naufragó entre la alta inflación y la hiperinflación.

También la composición de la actividad surgida de la estrategia del Gobierno militar ha resultado clave hasta el día de hoy. La construcción cayó 30%, la industria 13% y la intermediación financiera creció un 40%. Ese cambió aún hoy se percibe en la estructura económica subyacente, si bien la misma encuentra su origen mucho antes, casi en las postrimerías del siglo XIX.

La economía estudia la acción del hombre, la cual sucede bajo determinadas reglas que a veces tácitas, a veces explícitas, se llaman instituciones y se han roto durante este período. Luego se han vuelto a resquebrajar durante los sucesivos abusos contra la propiedad privada en plena democracia. La interrupción de la democracia con el golpe de 1976, ha hecho de nuestro sistema político actual un sistema democrático principalmente caracterizado por su inmadurez en cuanto a la estabilidad de las reglas de juego.

Recientemente el blog Foco Económico publicó un muy ilustrativo ejercicio en base al tradicional modelo de Crecimiento de Solow, cuyos resultados sugieren que desde 1950 hasta 1975 la economía argentina se encontraba en una trayectoria de crecimiento de la productividad del 1,1%, mientras que a partir de 1975 la trayectoria se desplazó hacia abajo con un crecimiento implícito de la productividad de 0,5%.

A simple vista parece una diferencia despreciable, pero son diferencias que se van acumulando a lo largo del tiempo. De hecho, si tomásemos únicamente a la productividad como driver del PBI per cápita (olvidando la acumulación de capital per cápita), llegaríamos a la conclusión de que hoy tenemos un nivel de bienestar 30% más bajo del que pudimos haber tenido si sosteníamos la tendencia de crecimiento previa a la dictadura.

Consecuencias invisibles de un experimento que no solo se caracterizó por su dimensión atroz respecto del estado de derecho sino que además demostró un nivel de ineptitud comparable al de aquellos que hacen de la improvisación un modo de gestión cotidiana.



(*) Titular del Consejo Económico y Social (CESBA)

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